Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
POR J S. F L E T C H E R (CONTINUACIÓN) Llegaron por fin les licores, el café, los cigarros y cigarrillos, y Pelabos, inclinándose confidencialmente sobre la mesa, empezó su historia, anticipando unas cuantas explicaciones en atención a Cripstone y Lawson. -Han de saber ustedes, señores- -dijo- puesto que no están enterados de todos los detalles de este asunto, que antes de que el difunto señor Auberge saliese del Koyal Paviiion Hotel, de Folkestone, a eso de las nueve de la noche del lunes 23 de octubre para celebrar una entrevista con una persona cuya identidad desgraciadamente no hemos podido establecer, han de saber, digo, que depositó en el compíoir. del hotel un sobre con papeles, los cuales, al ser examinados, resultaron estar escritos con clave, listos papeles los traje yo a París últimamente, y, en compañía del señor Perivale, encontré en la oficina de Auberge una clave que me permitió descifrarlos. Descubrí entonces, señores, que la víctima era o un espía o un traidor... Ahora sé, por datos posteriores, que era ambas cosas. Por aquellos papeles averigüé que Auberge estaba iniciado en los actos y designios de cierta Sociedad secreta cuyo cuartel general se halla actualmente aquí, en París. E l objeto de esa Sociedad es promover la revolución en varios países europeos. Digo que Auberge era un espía... porque esos papeles, señores, constituían un informe confidencial para un personaje de Inglaterra, un informe en que se exponían todos los actos de la Sociedad. Auberge había entrado en ella evidentemente y había llegado a ser un miembro calificado, no porque aprobase sus proyectos, sino con el fin de enterarse de sus manejos secretos. Y era también un traidor, como lo demuestra un descubrimiento que no hice hasta ayer. Pelabos hizo una pausa, y, sacudiendo la ceniza del cigarro, estuvo fumando pensativamente durante un minuto o dos antes de continuar. ¡Sí, señores, un traidor! -continuó de pronto- ¿Qué descubrimiento fué ese? dirán ustedes. Pues ayer se me presentaron en secreta, conocedores del sitio donde yo estaba, dos hombres que eran presa, clarísimamente, de gran disgusto y ansiedad. Me confesaron que su excitación era de índole muy enojosa, me pidieron ayuda y consejo, me rogaron que respetase su conñdencia. Quise saber la razón de su visita y me dijeron que se habían enterado de que yo, Pelabos, tomaba parte en la investigación del misterioso asesinato de Luis Auberge en Folkestone. En seguida me puse alerta. Les pedí me dijesen qué sabían de eso. Y entonces, señores, implorando una vez más mi reserva, me comunicaron que ellos eran, respectivamente, el tesorero y secretario de cierta Sociedad... (yo, señores, sospeché inmediatamente, acerté mejor didio, qué Sociedad era) de la cual era Auberge un miembro calificado. Les pregunté de qué Sociedad se trataba y me rogaron con lágrimas en los ojos que no les acosase con esta pregunta ni tratase en aquella ocasión de saber más sino que era una Sociedad. Me hice cargo y me puse hasta tierno. Bueno, señores- -dije- dicen ustedes que una Sociedad; pero pudiera ser una Sociedad para la protección de los perros perdidos o para suministrar a los mineros de carbón pañuelos blancos de batista. Ya se dan ustedes cuenta, señores, cuál era mi objeto y propósito al no acosarles con detalles; pretendía obtener informes. Y los obtuve, efectivamente. -Todo el mundo sabe que el señor Pelabos es un maestro consumado en los recursos de su elevada profesión- -murmuró Perivale con galantería- Siga usted, amigo mío. Pelabos vació su copa y se inclinó hacia sus huéspedes. -E l señor Perivale me honra excesivamente- -dijo- Y o no soy más que un humilde aprendiz. Sin embargo, no me falta esa cualidad que ustedes los ingleses tan justamente admiran: la sensatez. Y en estos casos es prudente y político no preguntar demasiado... Además, señores, yo sabía ya dé qué Sociedad hablaban esos hombres. Bueno, prosigo. Y repito una vez más que obtuve la información. ¿Y qué información era? ¡A h! Pelabos hizo una pausa dramática y, después de pasar la mirada de un oyente a otro, se inclinó sobre la mesa y bajó la voz todavía más. ¡Esta Sociedad, señores, es rica! Posee grandes sumas acumuladas de varios puntos de Europa para fines de propaganda. Y deseaba, para los intereses de la Sociedad, colocar una suma considerable en uno de los Bancos de Londres. Esta misión le fué confiada, a Auberge. Desde luego el asunto había de llevarse con reserva. E l dinero, cincuenta mil libras esterlinas, había de ser depositado por Auberge en un Banco de Londres a nombre de los individuos que fueron a verle (los cuales me dieron el nombre que les y. H v e r i r- v v; r vp- o; ive lic: -n vario Auberge, como hombre de reputación, había de proporcionar todas las referencias que fuesen necesarias. Entre estos individuos, y Auberge surgió una discusión respecto al modo de llevar el dinero a Londres. Por ciertas razones que no necesité me explicasen, se decidió que Auberge lo llevase en billetes de Banco. Sé buscaron cincuenta de estos billetes, de mil libras de valor cada uno, y le fueron entregados a Auberge, encerrados en una cartera de tafilete negro, por mis dos visitantes la noche antes de su partida para Folkestone. Según ellos, Auberge les dijo que pasaría una noche en Folkestone y marcharía a Londres al día siguiente, donde había de depositar el dinero, como estaba convenido. Pelabos tiró la colilla de su cigarro y sacó otro de la pitillera. Sacudió la cabeza y, mientras cogía una cerilla de la caja que le presentaba Lawson, prosiguió: ¡Bueno, señores; la historia fué así! Esos hombres se enteraron del crimen... y se pusieron terriblemente preocupados por la suerte de su dinero. Sabían que, habiendo sido asesinado Auberge la misma noche de su llegada a Folkestone, tenía que llevar consigo el dinero cuando fué asaltado. Les invadió el temor- de que por un medio u otro hubiese llegado a conocimiento de alguna persona el hecho de que llevaba aquel dinero y de que Auberge hubiera sido perseguido y asesinado por esa causa, naturalmente, también a mí se me ocurrió esa idea y les rogué me dijesen si había ptras personas de su Sociedad que tuviesen noticia de aquella transacción, que supiesen que las cincuenta mil libras habian sido entregadas a Auberge. Me dijeron que sí. Lo sabía una especie de gabinete interior, una especie de Comité dentro de otro Comité. Les pregunté cuántos hombres componían aquel grupo íntimo, y me dijeron que cinco, exceptuándolos a ellos. Pero se apresuraron a asegurarme que los cinco eran hombres de la mayor probidad, fieles adictos a la causa a que la Sociedad se consagra y más allá de toda sospecha. A esto no les contesté, pero deduje mis propias conclusiones. Señores, en esa Sociedad hay otro traidor, y ése es quien ha matado a Auberge. ¿Quién será? Pelabos terminó con un gesto magnífico, y luego, cruzando los brazos sobre el pecho en actitud igualmente dramática, miró fijamente a Perivale, que estaba frente á él. Hubo un momento de silencio. Habló de nuevo y dijo: -Sí; eso es lo que yo pregunto: ¿Quién será? Perivale sacudió la cabeza. ¡Cuestión difícil! -exclamé) Pero la historia es rernmemente interesante. Probablemente la que yo tengo que contarle tiene alguna relación con la de usted. Pero antes de que yo la cuente quiero qué oiga usted a mi colega, el sargento detective Cripstone, acerca del hombre que se daba la denominación de Ecks en el hotel de Folkestone. Pelabos expandió las manos y exclamó: ¡Ah! ¡Yo también iba a hablarles de Ecks! Porque, señores, no ignorarán ustedes que se ha publicado hoy en nuestros periódicos la traducción de un artículo muy indiscreto sobre Ecks que apareció ayer, por la noche, en uno de sus periódicos de Londres, Es muy lamentable. Si Ecks está escondido aquí en París, como probablemente lo estará, ha de leer ese articulo y se pondrá, desde luego, más en guardia. Ha sido una grave indiscreción por parte de la Prensa de ustedes. -Estamos de acuerdo con usted- -dijo Perivale- Es un percance lamentabilísimo. Pero aquí, Cripstone, tiene algo que decirle y una fotografía que enseñarle. Déjele que cuente su historia. Pelabos escuchó atentamente al policía del Scotland Yard y se quedó mirando con fijeza y calma a la fotografía. Pero, lo mismo que miss Shepperson y el portero, sacudió la cabeza y dijo: -No, no tengo idea del hombre a que usted se refiere. ¿Dice usted que ha estado complicado en estafas, principalmente de jo -as, aquí en París? -Que se sospecha que estuvo- -corrigió Cripstone. ¡Ah! ¡Se sospecha! ¡Eso es muy distinto! -dijo Pelabos- No, yo no le conozco, ni tengo noticias de él, ni se me ocurre quién puede ser. Pero, ¡ánimo! Tenemos una base en que apoyarnos. Ese hombre tiene un lunar obscuro en su pómulo izquierdo, un defecto físico en una mano y el brazo izquierdo prolijamente tatuado. ¡Si fuese el hombre a que yo me refiero! -interrumpió Cripstone- Pero pudiera no ser. -Pero pudiera ser también- -rebatió Pelabos sensatamente- De todos modos hemos de atrapar a míster Ecks. Y a tengo tendidas mis redes. Y ahora- -prosiguió indinándose hacia Perivale- -la historia de usted, amigo mío. ¿Dice usted que puede tener relación con lo que yo acabo de contar? -A l fin comprobaremos, yo creo, que la tiene- -dijo Perivale- Pero primeramente necesito dirigirle algunas preguntas. Desde que le dejé a usted ayer, ¿ha mejorado usted su juicio sobre los tres hombres que forman el Sindicato que encargó a Auberge de negociar la venta dd diamante? ÍSe continuará W
 // Cambio Nodo4-Sevilla