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POH J 0 S 3 FLETCHER (CONTINUACIÓN- ¿D e modo que Delardier puso á Spring én antecedentes de todos los hechos contrarios a él? -sugirió Perivale. -S í asi me parece. Creo que contó a Spring todo lo que usted y Pelabos le habían dicho. Y o quise contener a Delardier, pero fué inútil. Estaba ciego con la preocupación del diamante. ¿Y mencionó Delardier al individuo que conocemos por Ecks? -S í dijo a Spring que se sospechaba que él se había puesto en combinación con E c k s para apoderarse del diamante y del dinero confiado a Auberge. -En suma, que Delardier lo desembuchó todo... ¡Q u é equivocación! Pero no me ha dicho usted lo que Spring respondió. -N o dijo nada hasta haberse enterado de todo. Entonces adoptó un aire de absoluta indiferencia. D i j o que la información de Delar. dier era completamente exacta respecto a un hecho. Efectivamente, había estado en Folkestone la noche en cuestión. ¿Admitió eso? -Abiertamente. N o puso la menor dificultad. D i j o que estaba interesado financieramente en cierta propiedad de Eolkestone que había pertenecido a su familia durante varias generaciones, y que a primera hora de la m a ñ a n a del día en que marchó recibió un telegrama del agente que administra aquella propiedad rogándole que fuese a verle en seguida para verle y tratar de una transacción relacionada con la finca. Y en prueba de ello sacó inmediatamente de su cartera, y nos mostró a Delardier y a mí, el telegrama de que hablaba y que conservaba todavía. ¿L o vio usted? -S í lo v i lo cogí y lo leí. D e c í a Conviene me vea personalmente en seguida para tratar nuestro asunto. ¡O h s í! E l telegrama era auténtico. M e fijó en el sello de la oficina telegráfica y en la fecha. ¿Y él pretendía haber ido por causa de aquel telegrama? ¡E f e c t i v a m e n t e! Todo lo demás dijo que era una coincidencía. Se dirigió inmediatamente a Eolkestone, vio a su agente, que era, según él, el hombre con quien le vieron hablar fuera de la fonda en Los Prados; pasó allí la noche y a la m a ñ a n a siguiente volvió a toda prisa a P a r í s por Newhaven y Dieppe. ¿Y en cuanto a Ecks? ¿Desmintió que lo conocía? -E n absoluto, como también desmintió que supiese nada relacionado con Auberge, con el asesinato, con el robo del diamante y del dinero. ¿Y le creyeron ustedes? -Y o no supe qué pensar... por el momento. Pero me acordé de una cosa que me pareció le favorecía. Cuando él, Delardier y yo nos hallábamos en Folkestone en el Koyal Pavilion Hotel, después de habernos enterado del asesinato, Spring se excusó una mañana diciendo que tenía una tinca en aquella ciudad y deseaba ver al agente que administraba allí sus intereses. Esto parecía indicar, por consiguiente, que nos estaba diciendo l a verdad. ¿P e r o le creyó también Delardier? Budini sacudió la cabeza, negando con decisión. ¡Delardier no le c r e y ó! Estaba excitado, furioso por el diamante. D i o a entender a Spring que todavía dudaba. Pidió m á s pruebas de la inocencia de Spring. Hasta que Spring se puso frío... reservado... exageradamente fino. H e oído decir, ignoro si es cierto, que debe uno guardarse de un inglés si en una disputa o reyerta se pone glacialmente fino. ¡S p r i n g se puso a s í! Pero Delardier insistió aún m á s Y bien lo pagó, señor Perivale. A l cabo de una hora o dos Delardier estaba muerto. ¿Cree usted que lo mató Spring? Budini se estremeció y extendió las manos, dirigiendo al detective una mirada extraña. -Señor Perivale, yo he averiguado ciertos hechos relacionados con el asesinato de Delardier. H a sido asesinado exactamente del mismo modo que A u b e r g e de una estocada rápida y limpia por la espalda, una estocada procedente de un arma extraordinariamente aguda y penetrante que le atravesó el corazón. Y o creo que Spring estuvo en Folkestone para maquinar algo contra Auberge en combinación con E c k s Y creo que uno de los dos, E c k s o Spring, probablemente Ecks, asesinó a Auberge. Pero de una cosa estoy completamente seguro; quienquiera que fuese el que asesinó a Auberge, esc mismo asesinó también a Delardier la noche pasada. E l caso es que tampoco yo me siento seguro... porque sé lo mismo que sabía IJelardier. -Usted está seguro aquí, señor Budini- -dijo Perivale- Y a lo v e r á usted mañana. Pero puesto que usted le conoció tan íntimamente, ¿n o puede ayudarnos a encontrar a Spring? Usted debe de saber sus costumbres. -N o tanto como usted se figura probablemente- -replicó. Budin i- H e tenido con él uno o dos negocios; pero siempre ha sido para mí un hombre algo misterioso. E s un individuo de pocas palabras, muy reservado... Ustedes los ingleses, señor Perivale, se distinguen por su reserva; pero Spring es m á s reservado que ninguno de los ingleses que yo he conocido. E s taciturno y observador... uno de esos individuos que pronuncia pocas palabras y escucha. ¿Y listo? -sugirió el detective. ¡A h! -exclamó. Budini- Es como si usted me preguntase si es listo el diablo. ¡Y a lo creo! ¡L i s t o y poco escrupuloso! ¿Y cree usted ahora que Spring se halla en posesión del diamante? -D e l diamante y de ese dinero de que nos han hablado a Delardier y a mí, aunque no nos interesa. S í o lo tiene Spring o lo tienen entre él y Ecks. ¿Y ese E c k s? ¿N o se ha dado todavía con su pista? -Todavía no- -contestó Perivale- pero la Policía de aquí está haciendo cuanto puede. Budini sacudió la cabeza con duda y dijo: -Pues yo creo que al fin se averiguará que E c k s se ha marchado con el diamante y e l dinero, como también creo que para estas fechas Spring le ha seguido. Y eso que... ahora mismo estoy temiendo que Spring se presente de improviso delante de nosotros. Sólo de pensar en él se me hiela la sangre... -N o piense usted m á s en eso esta noche- -interrumpió Perivale- Duerma en esa cama tranquilamente. P o r l a m a ñ a n a Pero antes de que l a mañana llegase, y mientras Budini estaba todavía durmiendo en un rincón de aquel aposento, despertó a P e r i vale un golpe en la puerta... uno de esos golpes que indican se trata de un asunto que no admite aplazamiento. Salió al instante y se encontró con el portero de noche que había conducido a Budini hasta la habitación, pero esta vez con un sobre oficial. -De parte del señor Pelabos para que se le entregue a usted inmediatamente- -manifestó- Hace un momento que ha llegado. Perivale rasgó el sobre y sacó una hoja de papel en la que aparecían borrajeadas unas cuantas palabras con una letra que Perivale reconoció como de Pelabos: Venga en seguida a verse conmigo. Y a le encontré. CAPITULO XXIV s Lo que vio Bougaud. L a forma indefinida de este mensaje obligó a Perivale a leerlo üos o tres veces. ¿L e encontró? ¿Pero quién era aquel a quien Pelabos había encontrado? Spring? ¿E c k s? Desde luego, alguien era. Volviéndose hacia el portero, que aguardaba, le preguntó con viveza: ¿Quién ha traído esto? -U n ordenanza, -señor- -contestó el portero- E s t á esperando abajó. -Que suba inmediatamente- -dijo Perivale- Pero sin hacer ruido, ¿m e comprende usted? 1 portero hizo una inclinación dándose por enterado, y marchó. Perivale cerró la puerta y empezó a vestirse apresuradamente las prendas más indispensables. Budini seguía durmiendo y no daba señales de despertar, cuando sonaron por segunda vez golpes en la puerta. Perivale salió de la habitación. Allí, en el pasillo, estaban el portero y el ordenanza; el ordenanza en actitud impasible y reglamentaria, que contrastaba con la curiosidad evidente del portero. -Y a puede usted irse- -dijo Perivale al portero- Confío en sv discreción, ¿m e comprende? Y volviéndose al ordenanza, le preguntó sacando la nota: ¿E s el señor Pelabos quien me envía esto? ¿Dónde está? -E n la Prefectura de Policía, señor. -M e habla aquí de que ha encontrado a uno. ¿Q u i é n es? -Y o no sé nada. A mí me entregó la carta, encargándome que viniese inmediatamente con ella al hotel del señor. Pero me enteré de que había ocurrido una pendencia cerca de la Prefectura... un atraco a un individuo, y que la victima había sido trasladada allí. Un intento de asesinato me pareció entender. ¿N o vio usted al individuo? -Y o n o v i nada, señor. -Vayase abajo- -dijo Perivale- teme un coche y espéreme. Cuando el ordenanza desapareció por el pasillo silencioso, P e r i vale se volvió a su habitación, despertó suavemente a Budini y le encargó que estuviese tranquilo hasta su regreso. E n seguida se dirigió a las habitaciones de Cripstone y Lawson, y, después de haberles rogado que se vistiesen y fuesen a reunirse con él en la Prefectura lo m á s pronto posible, bajó corriendo hacia el vestíbulo y se reunió con el ordenanza, que para entonces había tomado ya un carruaie. Cuando partían, Perivale m i r ó al reloj. E r a n las cinco y media. Se coMimará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla