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MALAGA. -Los alcaldes de la provincia reunidos bajo la presidencia del de la capital para tratar del problema agrario y del conflicto de los obreros parados. (Foto Aguilera. DRAMA Septembrino Estamos pasando por el mes de las capeas, de Jas fiestas taurinas en los pueblos. Corre el mes, como corre un auto por esas carreteras castellanas, dejando a un lado o a otro el barullo policromado de las fiestas. Las carretas se empotran unas con. otras en la plaza para formar los tendidos, de modo que las ruedas parecen una sola, repetida en el cinematógrafo. Y en cada aro, plateado por el rodar, una estrella de brillo, como en su órbita. Cuando l a masa humana, sudorosa, se amontona en las carretas a ú n entra con la basta proa del hombro un hombre, y otro, y otro... Y se encaraman en los carros buscando, para los pies, entrantes o salientes, y agarrados a los palos altos, de modo que nos sugieren una estampa de la Zoología le cuando éramos chicos, en la que el orang u t á n se disponía a trepar por un árbol. Nos toca ver la fiesta desde el castillo de la inquietud, y son almenas los cogotes rojos y agrietados de los pueblerinos. L a inquietud se fija en nuestra conciencia. Y nos acusamos, nos acusamos... de venir a los toros del pueblo a ver si la bestia cuelga al torero. Además, extendemos ¡a acusación sobre la multitud de las carretas, sobre toda la preparación y gastos de l a fiesta y sobre los alcaldes, los gobernadores y los ministros sucesivos de l a Gobernación. Claro que a nosotros lo que nos importa en conciencia es la confesión de nuestro pecado. Eramos chicos, y los muertos nos atraían y a l a vez nos daban miedo. E r a ir. os mayores, y nos hemos negado rotunda- mente, violentamente, a presenciar alguna ejecución, y era que nos taponábamos nosotros con precipitación el mal deseo de curiosidad, que nos temíamos que fuera a florecer como mala hierba. Pero a las capeas, a! as lidias pueblerinas podemos asistir, porque decimos que van vestidas de alegría. ¿Q u é tendrá que ver el hábito con el monje... Es, sólo, que nos hemos querido engañar. E n el Casinillo, envueltos en humó y en ruido de fichas, una hora antes hablábamos de que la fiesta era sol, mujeres, m ú sica, trajes de luces, flores y mantones, arte y alegría, y nos hacíamos creer que de todo eso nacía la emoción anterior... Pero el cigarro puro sabe, por cómo le sorbíamos, que nuestra inquietud era porque con estas plazas y estos novillos sería muy difícil que se escapara el diestro Drama profundo, crimen bien dispuesto y ya con su solera, muestra espantosa de la cobardía en serie, hipocresía miserable... Asomamos la cara por entre dos cogotes rojos, a ver, escondidamente, el riesgo de la fiesta, sin que en ningún momento encontremos en ella gracia ni arte. N o hay m á s espectáculo- -cerrado por l a ironía sangrienta de la masa- -que el que resultara de un hambriento que se pasara dos horas sacando de una caja donde guardaron una docena de pistolas- -tres o cuatro cargadas- -una de ellas cualquiera, que disparase en su sien; que disparase si por desdicha fuera de las cargadas. De cuando en cuando el novillo roza casi con el cuerno, a buena marcha, un trozo largo de los improvisados tendidos, y se d i ría que se lleva jirones de vértigo de m i l espectadores en eí asta. Emoción, emoción cerca de l a muerte, Pero ¿a r t e Ninguno. Cualquier bailarín de un conjunto tiene movimientos más artísticos que los de la mejor faena. L a üesta es emoción cerca de la muerte; nada más. -N o no- -dice el enemigo de mi teor í a- no todos tienen esas ansias de drama. Los hay que cierran los ojos cuando temen el peligro... -H i s t é r i c o s atraídos por el momento de cerrar los ojos... Es verdad que nos gusta el día con sol, porque, como en las ruedas de los carros, nos hierve una estrella de inquietud en el cerebro; es verdad que nos gusta que los toreros se pongan el traje de luces; pero está el precedente de que a los reos, para recrudecer el espectáculo, se les pusiera la hopa. N o hay disculpa. Se forma la aglomeración alrededor de un peligro, que sería vulgar si no fuera porque los peligros tramados no lo son nunca. E l que acuda a las carretas y no diga que va atraído por el temor de que el torero sea prendido por el asta, no quiere conocerse a sí mismo; prefiere engañarse. -N o eso no es cierto- -dice el enemigo de mi teoría- Y o no voy a ver la cogida. A mí, si acaso, me atrae él espectáculo eme supone el instinto de las masas... -Eso es peor y más triste... (Yo le h a r í a el e n v í o de la crónica al. ministro del ramo y le d i r í a S i n embargo, le ruego que éste sea uno m á s dentro de los artículos que algo indican y no se les hace caso... Porque, si no... ¡q u é espantoso lemordimiento de conciencia... literaria! ANTONIORROBLES