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rusos, álem at e norteamericanos y españoles. Valentín de Pedro, exponiendo el cua. dro social, tiene! a delicadeza que no excluye la fuerza; no deja que en sus páginas se posen moscas de muladar en substantivos pringosos. También le atrae lo épico en el teatro. ¡Va a una fórmula de esa poesía basada en amplios panoramas, con un héroe en el centro aplica los últimos cánones sin extravagancia, conservándose en tono popular. Teatro teatral, corno debe ser; para grandesmasas, sin adular sus bajos instintos. A h í puede, haber un estilo que podría llamarse folletín escénico Y no se denigre la. denominación folletín: Shakespeare los anuncia, y Schiller los ampara- en las tablas; Dostoiéwsky no tenía m á s obsesión que asimilarse la técnica de Eugenio Sué. Un actor: Manuel Díaz González. S u filiación: hermano de Josefina, cuñado ti Santiago Artigas, hijo de D Manuel; nucido, pues, oyendo declamar. E l año pasado crea el Fray Can. de El monje blanco, Je DVlarquina. M a d r i d le, consagró, y así. empieza su carrera. ¿Se puede contar con ios actores para un nuevo renacimiento? ¿E s t á su trayectoria dentro, de ese universo einsteniano, limitado pero intenso; universo en marcha, que encierra hoy a las artes? ¿V a de acuerdo la tónica del teatro escrito con la de sus intérpretes? ¿Hay, entre los actores, un equivalente a cualquier prosista, o lírico, o es cultor, o arquitecto de los que impulsan nuevas normas? Las actrices- -hablo tan sólo de España- cumplen con su deber de estilo. Entre los actores jóvenes apuntas varios. Uno de ellos, Antonio Vico, culmina. Otro, Manolo Díaz González, también ha cuajado las esperanzas en fruto. S i me pidieran una definición del actor, d i r í a E s el artista del anacronismo H a y que leer las notas de Bernard Shaw a su César y Cleopatra para comprenderlo. E l actor tiene la obligación esencial de poner en relación el alma de su personaje con el alma de su propia época. Descubrir lo íntimo y profundo de un espíritu, de modo que sea embebido y embebecido- -en acorde- -por el sediento espíritu de, los espectadores. U n actor que imite la manera particular de su héroe- -pongamos de ejemplo a Hamlet- y le reproduzca en lo externo, será incomprendido por los contemporáneos del actor. E n cada año, lo que se representa de Hamlet es la diferencia que hay entre su problema y el problema del a ñ o se representa una ecuación. José Planes. vos, barroquismo; y aun preposiciones, i n terjecciones; y aún m á s abajo: ortografía a secas! Carece la obra de Planes hasta de sensualidad. E s t á en el Museo ideal de los parecidos, junto a los egipcios. Eso en cuanto a que es sólo Forma esa abstracción. Porque Planes alienta hoy y no se evade de que la F o r m a que brota. de sus dedos, geométricos y humanizados, hable, a nuestra sensibilidad particular, la de gente de cierto siglo. Habla a lo que hay de claro, sin macular, a lo que conservamos de verdad natural después del fraude ingenioso, el naturalismo y lo decorativo. Algunas veces digo que en E s p a ñ a es m á s difícil ganar las carreras a pie, porque el que corre tiene que ir haciéndose al- mismo tiempo la carretera. Esto lo saben bien los artistas: insinúan en una maceta la semilla de su flor, y de repente se dan cuenta de que va a salir la flor y no hay atmósfera. Sí que hay atmósfera para las tres plagas toreros, balompatadístas y políticos. ¿Quién se ocupa- de los demás oficios? Y sin son oficios nobles, ¿quién, sino los críticos, todos erizados de plumas estilográficas, que ruedan sobre la Obra- -pan ácimo amasado con harina de lirios- -y la pulverizan, y luego le dicen al lector: ¡N o era nada! Tenernos que i r haciéndonos el propio camino. S i queremos andar, hemos de poner el suelo delante. (A Unamuno le duele E s paña. A todos nos duele, m á s que España, que esté E s p a ñ a vacía. Aquí viene el rostro de un escritor que ya va por el kilómetro doce. Carga- con su zapapico, desbroza la senda, trabaja, como se trabaja aquí (aquí se trabaja- trabajosamente) y adelanta poco a poco, y, claro es, él sólito. Valentín de Pedro tiene cráneo de leonés y hablar de naranjas tucumanas. E s un romanceado que melificó el clima lento del Norte argentino. Poeta, novelista, autor d r a m á t i c o periodista. E n francés se le llama al. escritor en general hombre de letras P a r o es el que aquí puede conservarse sin entrar en todos los g é n e r o s al revés que en las verbenas, el adinerado e. s el que no visita las barracas. ¿E n qué cuajará Valentín de Pedro? E n autor, en novelista, a mi parecer. Como novelista se apunta aquella anticipación de El Arlequín asul, la épica de las luchas de pistolerismo, uno de los primeros rol l u í proletarios, los que ahora son- catarata. i o j h i z o sin ensañamiento, sin empacho de esa- materia marrana que deliberadamente, como otro elemento- rebelde, introducen en Valentín de Pedro. Cierta escuela imitativa, fatal, como todo lo verista, para el teatro, quiere que el actor haga arqueología: que hable, accione, sienta y piense como su encarnación. E l público no encuentra entonces su- patitos en el. individuo que vaga por l a escena como un revenant. E l público estima, eso sí, los sentimientos, ideas, acciones y palabras del i n dividuo dramático cuando remueve, por s i militud o por contraste, sus propios pensamientos y pasiones. S i no es asi, exclama: E s t á anticuado y se va. Taine decía que al hombre no le interesa m á s que el hombre H a y que comprimir la frase: al hombre no le interesa m á s que él mismo, su yo personal, particular. E l actor realiza el genial anacronismo de poner en presente el pasado. A d e m á s de ac- tualizarlo todo, ha de saber qué nueva ilusión, qué repertorio de anhelos existe en su tiempo, cuál nota inédita o, por lo menos, renovada, da su generación. Y sacarla dei fondo, aflorarla ante los ojos de los que la. habían sentido sin ciarse cuenta, sin formularla. E s a es una labor de cultura. Además, encontrar el estilo propio del momento. E n la dramática española última se puede estudiar la evolución: Calvo, V i c o Mario T a l l a v í- M o r a n o M a r í a Guerrero, Rosario Pino. Cada grupo pertenece al mismo ciclo, pero cada grupo tiene un matiz diferente: vamos del romanticismo de Calvo al cinematografismo de Vilches, pasando por la naturalidad (Mario) el realismo (Tallaví. o Morano, o Thuillier) el realismo artístico, de enlace con el romanticismo (Alaria Guerrero) la expresión sencilla, depurada- plena de, gracia e inspiración divina de R o sario Pino. ¿D ó n d e se sitúa hoy el actor? Donde están V i c o y Manolo Díaz González. Este, preparadísimo y apto para lo dramático, para lo singular, extrae de sí una fuerza expresiva, dice lo que constituye el problema central de nuestros d í a s el dolor de i r abdicando la soberbia en una realidad cruel que cercena todos los quijotescos propósitos. M á s que. nunca es hoy el hombre un á n gel caído. Creyó que llevaba en sí lo absoluto, y se ve aniquilado por la limitac ón. L a Humanidad absorbe al hombre individual. Cada uno. contra la tremenda inundación del número. Cada cual contra el uniformismo. Díaz González era la desesperación y la renunciación, el refugio en la fe del aplastado por la masa. Fray Can é l l o entendió muy bien, es antimarxista. N! 1 TÍO c