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Pero el tío rico dio la buena s o l u c i ó n al problema se murió. Y dejó a Pedro heredero. Una, dos, tres... doce f o t o g r a f í a s del ahijadito h a b í a mandado llevar a su mesa de noche. ¿Duermes? -preguntó ella en la- noche que recibiera la noticia. ¡Galla, m i s e r a ble... Que tú no duer mes porque estás contenta... ¿Y tú? -i ¡C a l l a he dicho! Es el caso que Pedrito se hizo un traje, le dieron forma a un sombrero flexible para su extraña cabeza larga, y con una maleta barata y nueva subió al barco y des pidió con huronería a ios, padres, que quedaban llorando. E l mozo; con su traje duro por nuevo, el sombrero especial, la maleta y, además, un paraguas, l l e g ó a la oficina, a m e r i c a n a dónde se le entregaron las llaves y documentos del rico solterón. Y a era él el rico. Se hizo luego conducir a la casa cerrada. L a abrió. Olía a cerrada de un modo extraño, raro, para sus narices europeas. E l miedo le ceñía el pecho suavemente Corrió las cortinas de un ventanal, de otro, de. todos... Todo en las estancias tenía polvo intacto, como el amanecer de una nevada nueva -E; saés- -se dijo -ésa es la cama donde murió mi tío. i Pero... ¿qué había allí? ¿Qué retratos f A q u e l l o s retratos- significaban- p a r a él toda una vida de feo y de farsante... ¡Qué gran vergüenza... Se echó de pronto mano a la cartera, sacó todos aquellos documentos recientes que tan rico le hacían, y ya iba a rajarlos en cruz, a purificar eon una cruz de rasgadura el robo, el doble robo al tío y a Luis, que, pensándolo despacio, así era. Pero una mano... una mano le detuvo: la mano de la avaricia, que era la suya propia, t o r n a d a avariciosa al contacto del tesoro. Mas él no estaba conforme; algo le torcía las miradas y los conceptos. Temía encontrarse con la realidad en alguna esquina de aquella casa tan rara... Entonces se en. contró con unos cuernos de ciervo americano: era la percha. En ella el cinturón de cuero del rico ranchero, con el revólver enfundado y bien repleeran aquellos de la mesilla, to de. balas su tambor de la muerte. Cogióeran de Luis, el de doña Filo. ¡Y con lo Pedro, aunque le pesaba en su mano temla firma de Pedro... blona... y, según iba recorriendo las ha; Iba inflándose la emoción del mozo, como bitaciones, fueron sonando los seis tiros: si. se le ditalara demasiado dentro, un glo ¡P u m ¡pum... ¡pum. ¡pum... ¡pum... ¡pum, Había matado... había bito de niño... Por fin cayó vencido en una silla, mientras se le subía a la disforme ca- matado a los seis, espejos d é l a casa, que ca- yeron muertos en mil corazones triangulares. beza el rojo de sentir se; timador. Y a era Luis, el de la Filo... aunque se Todo lo comprendió, aunque fuera en líneas borrosas; borrosas, porque eran más firmara Pedro... A srrosiOR ROBLES de veinte años lo que hubiera tenido que ir (Dibujos de Esplandlil. descomponiendo en detalles. 1
 // Cambio Nodo4-Sevilla