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N O V E L A P O R FERDINAND (CONTINUACIÓN) OSSENDOWSKB -Bueno; pero no podría volver por la región Sergio Basilis. -Eso no tiene importancia, toda vez que hasta ahora ha resulfado bien nuestra expedición- -dijo el sirio palpando la madera de su silla para ahuyentar a la mala suerte- Esas mujeres valen miles, docenas de miles de libras si nos sale bien el negocio hasta lo último. Cuando las hayamos vendido o conseguido su rescate, Sergio Basilis comprará dos fincas más, mejores y más fastuosas que la de Saida. ¡Un buen negocio! ¡De esa clase sólo se hacen una vez cada cien años! Rundi suspiró, murmurando: -Me gustaría saber la participación que vamos a tener en las ganancias. Hace dos semanas que no desmontamos de nuestras cabalgaduras, y todos los días estamos expuestos a recibir algún balazo. -Bueno, pues según lo que me has dicho, no corres riesgo de recibir ninguno antes de dos días, y eso en caso de que nos detengamos. Pero no tengas miedo, porque vamos a seguir caminando. No descansaremos en tanto que no hayamos llegado a la frontera de Tripolitania. L a caravana de Litis seguía al mismo paso apresurado, sin detenerse más que a medianoche para descansar un poco. No plantaban las tiendas y se limitaban, a aflojar las cinchas de los camellos y a darles agua y cebada. Litis se refregaba las manos, riéndose. -E n territorio italiano fingiré que soy Sergio Basilis, enseñará las mercancías, pagaré los derechos de Aduana y acabaré de despistar a las autoridades francesas y a los Consulados extranjeros. ¡Cuando nos reunamos con Sergio estaremos puros y sin mancha, como los ángeles! No obstante esto, el compañero de Basiíis, astuto y previsor, no descuidaba las precauciones. Estando en marcha iba, dos kilómetros delante de la caravana, una vanguardia que exploraba el terreno, y durante la noche varios centinelas ocultos en el desierto velaban el campamento de hombres dormidos. Entonces fué cuando desembocó por el Sur, en la llanura de Anahef, el destacamento de Djani. Los expertos tuaregs encontraron la pista de la caravana, que se dirigía hacia Oriente, y calcularon el número de hombres que iban en ella. Por los indicios observados en la arena dedujeron que tales hombres estaban armados con revólveres y escopetas. Djani, consumado bandido, conocía el Sahara desde varios años antes y comprendió que no había de ser cosa fácil la destrucción de la banda de Litis. E n vista de ello repartió su destacamento en grupos pequeños, creyendo que así podía avanzar por el desierto sin que le descubriesen. -Hoy- -dijo B u Imama a Djani al amanecer de un día- -han acampado aquí. Hace una hora que se han marchado. E l destacamento se despistó en distintas direcciones, pero sin abandonar el rastro de la caravana. Barto fué el primero que vio a la retaguardia. Ateniéndose a las órdenes de Djani, se acercó rápidamente, sin esconderse ni acortar el paso, al sirio que, provisto de un fusil, cerraba la marcha, el cual, sin desconfiar, le tomó por uno de los hombres de la caravana que se hubiera rezagado, y siguió su camino tranquilamente. De pronto Barto le asestó un puñetazo entre los ojos, le quitó el camello y continuó andando en el puesto del hombre a quien dio muerte. Los demás del grupo hicieron la misma maniobra, y así el destacamento cercó cada vez más a la caravana, que corría e tre nubes de polvo. Ibn Solimán avanzó demasiado, sin embargo, y le alcanzó una bala mortal en el momento en que clavándole su gumía, derribaba de su montura a uno de los dos guardias que le habían visto. Alarmado por el ruido, Litis dio instrucciones a Rundí en voz baja, y éste, volviendo su camello, ordenó a los que le seguían que se detuvieran. Estos obligaron a arrodillarse a los camellos, los rodearon de sacos y cajas y se escondieron tras aquellas barricadas, arma en mano. A l ver parada a la caravana, y sin darse cuenta de la maniobra de Litis, Djani, radiante, agrupó a sus jinetes y se lanzó al ataque. Una extensa línea de fuego coronó la cima del improvisado fuerte. Los agresores cayeron uno a uno de sus caballos. Barto fué el primero, muerto de un balazo en la cabeza; luego y algunos tuaregs mordieron el polvo. E l caballo de Djani cayó también cuando él lo montaba. Sin perder instante cogió la montura de otro compañero muerto y dio nuevas órdenes. Los hábiles tuaregs, después de llevarse a sus muertos y sus heridos, simularon una huida, acompañada de espantosos alaridos. Oyéronse gritos de alegría. Algunos de los jinetes de la caravana persiguieron a los que huían, disparando, sin orden, tiros inofensivos. Aunque los perseguidores no eran muchos, Djani no quiso atacarlos y siguió galopando al frente de sus hombres. L a gente de Litis regresó, pues, triunfante al campamento y la caravana se puso en marcha. -No son soldados regulares los que nos han agredido- -explicó el sirio cojo a Rundi- Son unos bandidos de esos que tanto abundan ahora, que querían robarnos nuestras mercancías. ¡Bien los hemos recibido! ¡Ahora van huyendo, a riesgo de desnucarse, y de fijo que no les han quedado ganas de repetir! A pesar de todo, Litis no conocía a Djani, hombre ingenioso y osado. Después de enterrar a sus muertos y dejar a uno de los hombres al cuidado de los heridos, volvió a caminar hacia Oriente en persecución de su presa. -No nos apresuremos- 7- decía a Abd Karat- E l pobre Ibn Solimán fué demasiado impaciente y ya no está entre nosotros. E l viejo Barto se metió en la pelea irreflexivamente, y le mataron... Nosotros vamos a atacar a la caravana de noche... Creerán que nos han desalentado y no seguirán tomando precauciones... Esta noche serán nuestros... ¡Alá yaunehl- -murmuró el beréber- Sucederá lo que esté escrito por la mano de Alá en el Libro del Destino... E l botín valdrá la pena. ¡Hace. mucho tiempo que no se ha visto una caravana como esa en el desierto! Le brillaron los ojos de codicia y empezó a mascullar oraciones. Poníase el sol. A l hacerse de noche marchó Abd Karat para efectuar un reconocimiento. Regresó a medianoche, participando que la caravana de Litis se había detenido, para descansar hasta el día siguiente, en una colina alrededor de un pozo. Los hombres reposaban en las arenosas laderas y los camellos pacían en el valle, donde crecía uií poco de hierba en el suelo fangoso. ¿Tienen muchos centinelas? -preguntó Djani. -Un par de ellos en la cima de las colinas, hacia la parte de acá- -contestó el guía. ¡Adelante! E l reducido destacamento avanzó poco a poco. Caminaban aquellos hombres con tanta prudencia, que una pareja de leones que rondaba por el pedregoso terreno no oyó el andar de los caballos. Sólo cuando uno de éstos tropezó en una piedra grande se volvieron y, agazapándose rápidamente, desaparecieron de un salto en h obscuridad. -No les faltará que comer- -murmuró Djani, dirigiéndose i Abd Karat. (Se continuará.