Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
DOVELA, P O R F E R D I N A N D (CONTINUACIÓN) OSSENDOWSKí -fSerá lo que Alá disponga -contestó el beréber. Divisaron las colinas a lo lejos. ¡Allí es! -murmuró Abd Karat- ¡Allí está el campamento! -Manda a dos tuaregs, los de más confianza, para que despachen callandito a los centinelas. Poco después dos jinetes jóvenes, apeándose de sus caballos y con sus puñales curvos entre los dientes, comenzaron a reptar por la arena, ocultándose tras las rocas y las anfractuosidades del terreno. No se interrumpió el silencio de la noche. Sólo un berrido de camello, suave y entrecortado, enteró a Djani de que había sido ejecutada su orden y le esperaban. E l destacamento echó a andar. Cuando llegó a la cima de las colinas, Djani y Abd Karat pudieron ver el campamento dormido. Todos sus hombres estaban entregados al sueño, menos el centinela que custodiaba los camellos. A una señal convenida los agresores cercaron la llanura. Realizada esta maniobra, Bu Imama apuntó y mató al centinela. En seguida empezaron a retumbar los disparos de los atacantes y a oírse los alaridos salvajes de los tuaregs, a los cuales acompañaron a poco los gritos de. espanto, clamores y gemidos de la gente, que despertó sobresaltada. Se echaron todos de las camas y anduvieron a trompicones por el sitio que dejaban libre las cajas y los sacos de cebada amontonados, cayéndose, levantándose y volviendo a caer alcanzados por los balazos que les disparaban los hombres de Djani o atravesados por los puñales curvos de los guerreros nómadas. No duró mucho la lucha. Las pendientes de la colina y el suelo del fangoso valle quedaron sembrados de cadáveres. Litis, el cojo, se salvó de la horca: le encontraron degollado. Obedeciendo las órdenes del Halcón del Desiej o, los tuaregs acabaron con los sirios y cargaron las mercancías en los camellos. Estaba en el punto más alto de su carrera el sol cuando el destacamento, con el botín conquistado, llegó al lugar donde habían quedado los heridos. Allí acampó Djani. Acostado en su lechó, pudo ver sobre él pálido fondo aei cielo unos puntos negros que se movían rápidamente hacia el Oriente. -Son buitres que van al campo de batalla- -lé dijo el beréber- Por la noche les tocará el turno a las hienas, los chacales, las panteras y hasta al sidi (i) Las fieras podrán hartarse durante va rios días. -j Y luego? -Luego la arena cubrirá los huesos de los muertos, y acaso alguien, al pasar por esta región del Anahef, halle cualquier día un cráneo humano y cuente después a sus amigos que vio los restos de unos viajeros víctimas del simún. A Djani le hizo suspirar esta respuesta. Su imaginación le llevó a la remota Siria, de la cual ni siquiera había oído hablar nunca, y se detuvo ante los hogares donde las familias de los muertos esperarían cen angustia el regreso de los maridos, hijos y hermanos. ¡Truenos! -gruñó- Más vale no pensar en semejante cosa. Ellos mataron a mi amigo Barto, que era un pobre alemán pacífico. A pesar de lo dicho, a Djani le ofrecía dudas aquella justificación del crimen. Se esforzó, pues, en ahuyentar su recuerdo; pero no lograba dormirse por más vueltas que daba sobre su lecho de mantas. ¡Maldita faena! -murmuró- Además, mi cráneo ha estado muy expuesto a recibir algunas balas de plomo. Eran ellos más que nosotros... (1) E l vocablo árabe í sidi í significa í dueño señor y! leon también. Esta idea le alivió, pero sin disipar sil disgusto. E l sueño había huido de él por completo. Sus reflexiones volvieron a referirse a Barto y a ca. Hados ya para siempre. ¡Pobres! -dijo- ¿Cómo se las arreglarán para salir del paso ante Dios? No quisiera verme en su caso... Se acordó en seguida del Ángelus y rezó la plegaria por los difuntos. Luego se quedó dormido. CAPITULO V I E l eco de los siglos pasados. Había comenzado, hacía ya unos días, el capitán Motylinsky sus investigaciones en las montañas del Hoggar, pues unos tuaregs a quienes conocía le indicaron el camino de E l Ghilali, donde había sepulcros desconocidos que, según los indígenas, contenían restos de hombres de otras épocas Acompañado de Irene Oranowska, abandonó el capitán en seguida el campamento de sus amigos y, después de un viaje que duró dos días, se detuvo en el collado de E l Ghilali. Las ramificaciones del Hoggar descienden mucho en aquel sitio. En otro tiempo debían pasar por ellas ríos caudalosos que habían abierto profundas cañadas llenas de cantos rodados parecidos a cráneos humanos pelados del todo. Según dijo el guía, entre la arena y los guijarros encontraban pepitas de oro los tuaregs y también los moabitás procedentes de Bu Saada. Pero en aquel momento los europeos no encontraron a nadie en E l Ghilali. L a región estaba completamente desierta. Unos matorrales raquíticos de manzanos de camello llenos de fruto amarillo, las redondas, excrecencias de los cactos anabasis duras como piedras, y, por último, unas palmeras desmedradas constituían toda la flora de aquel suelo estéril. Entre la mísera vegetación se movían grandes lagartos de potente cola, ratones negros de montaña que asomaban por sus escondrijos curiosos y silbaban con voz tenue; las venenosas serpientes de Cleopatra se deslizaban, sin hacer ruido, por entre las piedras, lanzando fulgores por sus ojos amarillos y malignos. Aquel no era un lugar pintoresco ni apropiado para una permanencia larga, porque el viento del desierto entraba en él a todas horas, llevando en su hálito abrasador nubes de arena que zumbaban y gemían en las cortaduras y los laberintos de las obscuras cañadas. Salían de ellas para lanzarse al asalto de las paredes rocosas y arrancarles trozo a trozo piedras que caían convertidas en polvo, no tanto por su vejez como por efecto del bombardeo incesante de sus átomos invisibles y mordientes. Y a pesar de todo. esto, Motylinsky e Irene Oranowska estaban entusiasmados. Por ambos lados de la garganta, en una llanura árida, alzábanse unas piedras altas, grises o rojas, que en otro tiempo fueron pulimentadas por la mano de los hombres. Adornábanlas signos, dibujos e inscripciones en los cuales se refería la historia de héroes antiguos ya olvidados, de guerreros, tal vez también de poderosos reyes que, huyendo de los Atlantes invasores y de las tribus negras de Fut, rechazados poco a poco del Egipto por los belicosos reyes- pastores Hixos de piel roja, habían encontrado allí el lugar de reposo. E l sabio se paseaba por entre aquellos dólmenes y aquellos sepulcros. ÜSe continuará, aa -rr- -mniT- ir rrmrT r irir n T T
 // Cambio Nodo4-Sevilla