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DEL DES NOVELA, POR FERDINAND OSSENDOWSKf (CONTINUACIÓN) -i Mirad! -exclamaba con alegría- Estos no son verdaderos Según la creencia de éstos, el simún está constituido por legiosignos rúnicos como los que vemos en el Norte de Europa y en los nes de espíritus malos que huyen del terrible amo del desierto, del blasones de nuestras familias antiguas. Las vías del desarrollo de cruel y omnipotente chin Mol. Por la boca y por los oídos entran la Humanidad son las mismas en todas partes. ¿Y estas inscripunos menudos seres maléficos que llegan al corazón, se deslizan ciones? ¿No recuerdan el alfabeto cartaginés? ¿Podemos saber si hasta las almas y los cerebros de los hombres, los envenenan y no llegarían los fenicios, mercaderes tan emprendedores, a los provocan la enfermedad y la locura. últimos rincones del África, no sólo por mar, sino también por A l acompañar a. todas partes a los investigadores, los guías tierra? ¿No es posible que llegaran hasta aquí buscando oro? Su Yusuf y Fagit se tapaban cuidadosamente la cara con telas negras, recuerdo ha desaparecido como las hordas de las tribus que vinie- llevaban los ojos medio cerrados, las orejas taponadas con filaron para perseguir a los elefantes, a los búfalos y a los hipopóta- mentos secos de cacto y el rosario moruno en la mano, y murmumos, que huían por las selvas vírgenes de este continente. ¿No poraban sin cesar rezos e invocaciones contra los espíritus malos. dría creerse que fué ésta la letra siria- bereber que emplearon MassiE l capitán Motylinsky, que padecía una enfermedad cardiaca nissa, Aníbal y los reyes de la antigua Cyrta? En cambio este desde mucho antes y que se había pasado en el Sahara ló mejor de signo fué grabado mucho después con un puñal por algún targuí. su agitada vida, enfermaba con más frecuencia cada día, y a veces Se conoce porque pertenece a la escritura tamaehek permanecía acostado en su tienda de campaña durante días enteros. Motylinsky contemplaba con el mayor interés aquellos monuSu debilitado cuerpo no le obedecía ya. mentos funerarios. Todas las piedras le decían algo; cada signo Le substituía Irene, trabajando junto a los dólmenes de E l Ghiesculpido le recordaba a los- desconocidos jefes que mandaron en lali. Vagaba sola o acompañada por Fagit por los pasadizos y las otro tiempo numerosas cohortes, y acontecimientos olvidados desde cavernas. hacía siglos. Con frecuencia, montada en un camello, bordeaba él cauce sin Se entregó por completo a su labor de descifrar inscripciones agua de algún río de otras épocas, que serpenteaba en el fondo de y tomar apuntes y fotografías. Con frecuencia realizaba excursio- alguna cañada. E n una de sus excursiones se halló en una llanura nes a lugares de la región muy distantes para ver si encontraba rodeada por las montañas próximas. L a acompañaba Fagit, callado, huellas de los caminos seguidos por las emigraciones de los pueblos absorto en sus rezos; pero de pronto se detuvo éste suspenso. Sus que abandonaron aquellas tristes sepulturas en el territorio árido penetrantes miradas acababan de ver las huellas de tina mujer y y melancólico de E l Ghilali. de un hombre. Irene recorrió las cañadas y penetró en sus laberintos, que se- -Mire, señora- -dijo a Irene- ¡Huellas de pasos... Rastros prolongaban muy lejos hacia el Sur. de un hombre calzado con botas finas... De un jinete... L o revela A l cabo de varios días, las perseverantes investigaciones de la la señal de las espuelas. Y esos hoyitos en la arena indican que por intrépida estudiante se vieron recompensadas con un descubriaquí ha pasado una mujer... una mujer rica, puesto que iba calmiento interesante. Halló varias cavernas en las cuales se incine- zada... i raba a los muertos antiguamente. A falta de signos y de inscripA l decir esto iba Fagit inclinado examinando las huellas, casi ciones, consiguió derribar una piedra colocada sobre otras hundiimperceptibles. das profundamente en el suelo, y apareció a su vista un esqueleto- No me equivoco nunca- -dijo después de una pausa larga- humano, al lado del cual había un hacha de piedra, un martillo. y E l jinete se ha detenido aquí... Unos pasos llegan a reunirse con una flecha de nefrita verde. los suyos... Montó a caballo... ¿Pero y las huellas de la mujer... -j L a Edad de Piedra! -exclamó gozosamente la estudiante- Y a no las hay... Sin embargo, no pudo irse volando como un páE n estas grutas vivieron, probablemente desde el alba de la H u- jaro, o un fantasma... Si fuese un fantasma no habría dejado huemanidad, unos trogloditas. A l principio, del mismo modo que hoy llas en la arena... Sí... Estas huellas son más profundas... Se la lo hacen algunas tribus negras, enterraban a sus muertos en las llevó en el caballo, que, como pesaba más, hundía más también sus cercanías de las viviendas humanas para que no les abandonaran los cascos en la arena... espíritus de sus abuelos. Después, cuando unas epidemias descoVolvió, callado, siguiendo las huellas, que iban a dar a las vernocidas diezmaron la población de las cavernas, empezaron a que- tientes que descienden hacia el valle. Allí se acababan los indicios, mar a sus muertos y a enterrar las cenizas en ollas de arcilla... pues el suelo era duro y estaba cubierto de fragmentos de piedra. Irene resolvió dedicar todo su tiempo al estudio de aquellas v i Irene y Fagit permanecieron algún tiempo inmóviles sobre una viendas humanas. Regresó tarde al campamento, llevándose ha- roca lisa que parecía un peldaño de escalera. chas, martillos y restos de recipientes de arcilla. Ningún detalle revelaba la presencia de un hombre en aquel A l capitán le satisfizo mucho el descubrimiento, que le permitía triste y desierto lugar. L a arena gris, muerta, se extendía por el determinar más fácilmente el sentido de la emigración de los puefondo del valle, y los pelados terraplenes estaban cubiertos de peblos desconocidos y aclaraba un poco las razones en virtud de las ñascos. cuales las hordas procedentes del Norte habían elegido aquel sitió De pronto se estremeció Irene. árido y tan poco hospitalario. De las dentelladas cimas bajaba un hombre a caballo. Su negra silueta destacaba perfectamente sobre el cielo abra- -En otro tiempo debía de poseer esta región, evidentemente, sador. No se podía distinguir de lejos el pelo de la montura; pero una fauna y una flora bastante ricas- -decía el sabio- Habría que buscar las osamentas de los animales muertos por los habitantes sí vio Irene su testa erguida y el albornoz ondeando sobre sus para su alimentación. Por otra parte, ese descubrimiento de la in- hombros. ¡Un fantasma -murmuró él guía, aterrado- ¡E l espíritu cineración de los cadáveres indica, al parecer, que había muchos de las montañas y de los sepulcros! árboles en la región. Y cerró los ojos porque no se atrevía a mirar al misterioso E l trabajo era absorbente, difícil, agotador. E l soplo del fuego 3 el Sahara secaba las gargantas; el suelo duro y grietado abrasa- aparecido. Irene no: dijq nada. A su juicio, aquel era el Halcón del De ba los pies; el simún no llevaba consigo fresco ni lluvia; extendía la arena, dificultaba la respiración y sembraba en el atoa y ea el sierto. ¡Se. continuará cerebro de los indígenas un terror supersticioso;