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N O V E L A POR FEUDiNAND (CONTINUACIÓN) OSSENDOWSKf Después de reflexionar unos instantes, dijo Fagit: -E l Halcón del Desierto es un piadoso hach, un jefe insigne; pero nunca ha recorrido hombre alguno esas cimas que defienden los espíritus malos. ¿A qué vendrá aquí el Halcón del Desierto? -se preguntaba ella, intrigada, y recordando ál mismo tiempo las palabras de Fagit referentes a la mujer que el jinete se llevó en su caballo. ¿Será él... Para librarse de la turbación que empezaba a dominarla recurrió a la ironía. ¡Bien podían escoger un sitio más apropiado para sus entrevistas que estas montañas peladas, estos arenales áridos y estas sepulturas. Esto parece el Infierno del Dante. Pero la excitación no se le pasaba. ¿Estaré celosa de un hombre del desierto? ¿Enamorada de tin bandolero con apodo romántico? Había desaparecido por completo su buen humor. E n el camino de regreso no miró siquiera hacia las cavernas de los trogloditas, que tanto interés la inspiraba antes. Contó al capitán la extraña circunstancia de las huellas y del jinete que vieron: en el desierto, y Motylinsky dijo tranquilamente: -Él desierto es siempre más misterioso y más novelesco que cuanto puede inventar la imaginación humana. Sin embargo, no creo que el hombre que visteis fuera quien me dices. ¿A qué había de ir allí? A l Estetdel Hoggar está el desierto de Ahogat, por donde no sólo no pasan caravanas de mercaderes ni de peregrinos, sino que ni siquiera se atreven a ir los tuaregs. Es región más inhospitalaria todavía que el Tanezruft, Las palabras del sabio calmaron la intranquilidad de Irene, que reanudó sus trabajos con el mayor, celo. Cuando acabó de copiar las inscripciones, y de fotografiar los dólmenes emprendió el estudio de las viviendas trogloditas, en las cuales se pasaba días enteros. Casi siempre la acompañaba Fagit, que se quedaba sentado a la entrada de la caverna elegida por Irene, y con los ojos cerrados, según la costumbre de los nómadas, se balanceaba siguiendo el ritmo de sus pensamientos, y cantaba con voz triste alguna canción dedicada al objeto que atraía sus miradas. Aquellas canciones eran sencillas, tan sencillas como la existencia de un pobre beréber ante la poderosa y terrible Naturaleza. Como la breña solitaria, el arroyo seco y la palmera abrasada por el sol, es aquiél uno de sus elementos, pobre, supersticioso, sugestionado por el temor a los chiris y al espantoso- simún. Fagit cantaba así: -Veo al buitre. ¿Por qué gañirá el ave negra y grande? ¿Hacia dónde vuela con sus poderosas alas? ¿Adonde vas, escorpión gris? ¿A quién espías levantando en son de amenaza tu fulminante cola armada con una hoja envenenada? Veo las piedras empañadas por el humo e ignoro e ignoraré siempre qué mano encendió el fuego creador del Humo, quién ha envuelto con una tela negra, semejante a un jaique, la piedra roja... E l cántico se hubiera prolongado hasta lo infinito si no lo hubiese interrumpido, inclinando sobre el enflaquecido pecho la cabeza del cantor, el sueño que Alá reserva para los justos. Trabajaba un día la muchacha sola en el pasadizo cuando oyó un leve rumor a la entrada de la caverna y rodó una piedra violentamente por el fondo de la cañada. Desde lejos vio Irene a una mujer baja que se escondía en una grieta profunda. ¡Acércate sin miedo! -le gritó en atabe La mujer, acurrucada entre las peñas, no contestó; Miraba a Irene con ojos curiosos, y cuando ésta se le acercó no trató de huir, sino que salió de su escondrijo, fué a su encuentro y, levantando ambos brazos, le habló solemnemente. Irene no entendía su idioma, que no era árabe, beréber ni tamachek. Sin embargo, le pareció que conocía algunos sonidos. Tuvo la impresión de que los labios de aquella mujer hablaban el idioma de las inscripciones antiguas de las piedras sepulcrales y, que en sus oídos sonaban palabras descifradas, pero no comprendidas. L a miró Irene con emoción y curiosidad. Tenía la cara ligeramente bronceda y sus labios purpurinos le recordaban los del Halcón del Desierto. Dos ojos negros de misterioso fulgor iluminaban su rostro altivo y hermoso, en el cual palpitaban las ventanillas de la nariz apresuradamente. La desconocida llevaba vestidos extraños en una nómada del Sahara. Sobre una camisa blanca salpicada de hilillos de oro. vestía un ropaje amplio, de grueso tejido rojo bordado con insignias de oro que recordaban los signos, triángulos y cruces vistos por Irene en las sepulturas antiguas. Su agitado seno se adornaba con una cadena de oro, de la cual colgaba una tablilla, con incrustaciones multicolores, en forma de paloma. E n sus dedos afilados lucía sortijas y en los desnudos brazos pulseras en forma de serpiente. ¡Imnetanit! -dijo la extraña mujer, indicando con la mano las lejanas cumbres de. las montañas; Lwego retrocedió unos pasos y, haciendo un movimiento de cabeza, invitó a Irene a seguirla. -Vamos a nuestro campamento- -dijo la muchacha en bere ber- Luego te acompañará nuestra gente adonde quieras. L a desconocida escuchaba atentamente, pero sin entender lo que se le decía, y por eso permanecía callada. U n intento de diálogo en el idioma de los tuaregs tuvo el mismo resultado negativo. Le cogió Irene una mano para llevarla al campamento, y protestó con viveza, cabeceando y repitiendo: ¡Imnetanit! ¡Imnetanit! -p indicando las cimas meridionales del Hoggar. Impulsada por la curiosidad, Irene cogió una mano de aquella mujer y echó a andar con ella, por gargantas y grietas desconocidas, hacia el valle donde días antes halló Fagit las enigmáticas. huellas. Atravesaron la arenosa llanura y el estrecho valle situado entre dos cimas, y luego continuaron por un sendero cuyo piso estaba pulimentado, como si por aquel camino escarpado transitaran muí- titudes frecuentemente. No tardaron en llegar a la entrada de una caverna profunda, sobre la cual había una inscripción. L a experta mirada de la muchacha distinguió en ella algunos signos del antiguo alfabeto libiobereber. -Imnetanit- -deletreó. A l pasar el umbral de la gruta, la mujer desconocida dio unas palmadas. Iluminaron unas luces la obscura profundidad de un pasadizo. Unos hombres, con pieles de león y de pantera colgadas de los hombros, y antorchas encendidas en la mano, se prosternaron ante ella, repitiendo: ¡Imnetanit 1 ¡Imnetanit! De pronto se vio luz en el fondo del pasadizo, que descubría el azul del cielo saturado de los cálidos y áureos rayos del sol. L a gruta era espaciosa. Por una abertura hecha en la pared, y bastante alta, entraban torrentes de luz, 1 ÍSe. continuará. HIiin! ir íiEiliSuriS