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de ecos y de sombras, en tal modo, que nuestros pasos parece que suenan con rumores prestados, y que hemos de tirar de nuestras sombras para que nos sigan, porque se enredan a cada instante en la de un portal obscuro, de fresca promesa, o en la de una ventana entornada, tras la que se adivina una silueta blanca. Hay balcones saledizos de madera, y, sobre el balcón primero, otro se asoma a la calle con más angustioso atrevimiento. A l más alto lo miramos con temor de su inseguro equilibrio; pero él avanza descuidado hasta rozar con sus enredaderas el bosquecillo colgante del balcón frontero, como si las dos casas vecinas inclinasen sus cabezas sobre la calle para unirse en un beso. N o les importa robarle a la rúa humilde la luz del cielo, pues a los enamorados les parece que todo el cielo es suyo. E s poca la distancia que separa la ciudad del lago. Este se llama Konigssee, y es eso, el lago rey, porque ninguno entre los de la región vecina puede compararse a él. L a montaña más alta del macizo, como si ningún otro espejo fuera digno de sus cumbres, viene a mirarse en el lago, y él se abre en dos brazos para aprisionarla amorosamente. Sino que un brazo se le durmió en la caricia prolongada, como en aquel delicioso cuento de Fernández Flórez, y el lago no se atreve a traerlo otra vez a la vida por temor a que la montaña, -dormida también, despierte y se aparte de su lado. Pero el otro brazo es vida todo y bullicio r i sueño. Esta parte del Konigssee tiene orillas en declive suave, y en la explanada, al margen del lago, se alzan hoteles y tiendas de VILLA BENST, E N KONIGSSEE baratijas. Es el pequeño mar de Baviera, adonde acude en estos días de verano, como a nuestras playas del Norte, el éxodo de los que piensan anegar en las aguas frías del lago o del mar el bajel de sus afanes ciudadanos; pero si acaso hacen naufragar en esas linfas sus cuidados, como en todo naufragio, el mar y el lago se los devuelven de nuevo, y han de tornar con ellos a la urbe. Aquí el lago perdió su hermosura silvestre, o se le marchitó al menos, porque la hicieron belleza de fácil acceso y de acogedoras maneras, a la que todo el mundo acude belleza de paso que gana en caudales lo que pierde en lozanía y hermosura. Pero en el brazo dormido el Konigssee conserva su pureza. Parece que la montaña, celosa del espejo en gue se refleja, lo guarda contra miradas ajenas y se hizo por ese lado inaccesible. Las aguas se esconden, entre cumbres cortadas, y aun si alguien sé alza hasta ellas, los pinos, conio guardianes de harén, se aprietan y unen sus brazos para velar a los ojos extraños la hermosura prohibida. Cerca del Konigssee se extiende otro mar inmóvil, encerrado como él entre montañas. Y no es inmovilidad tornasolada y tersa de aguas la suya, sino opaca y resquebrajada de planicie calcárea, árida y reseca. Llanura alta, que, como si el largo convi- vir con las montañas la hubiera familiarizado con ellas, les echa los brazos sobre los hombros. Se llama el mar de piedra, y es también mar de nubes, porque andan por él como corderos gigantes, dejándose el vellón en jirones, prendidos de algún zarzal de picachos. ALREDEDORES D E BERCHTESGADEN (Fotos Serrat. MARIANO T O M A S
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