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y- 11o entre los descendientes de reales casas. E l rápido cabalgar de los años ha destruido en su totalidad los suntuosos torreones que aprisionaban las maravillosas estancias con recuadros de alicatada ensambladura, dorados de finísimos rosetones, azulejos de afiligranada labor, grecas caprichosas, colum. ñas de mármol, ágata y alabastro; exóticas figuras talladas en roble, y ventanales airosos y gentiles que reflejaban, su esbeltez en las tranquilas aguas del río. Hoy no queda a la admiración del viajero más que este desmantelado torreón, albergue de millares de palomas que arrullan sus amores en la soledad estática del olvido... Y cuenta la leyenda, que ha traído hasta nosotros el eco de pretéritos sucedidos, que uno de los condes de la casa de Benavente, falto de afición a las intrigas políticas y a las lides de la guerra, pero gustoso en demasía de la soledad de estos campos con sus robles, encinas y jarales, y decidido partidario de la caza, que tanto abundaba en sus dilatados dominios, solía pasar temporadas de varios meses en los caseríos de sus bosques, dando plena satisfacción a sus aficiones cinegéticas, y olv i d a n d o sus deberes de esposo y señor de c a s a tan importante como era la de sus estados. Su bella y olvidada esposa, abandonada y triste por el desamor, todos los días, al traspasar el sol la lejanía de montañas, miraba con ansiedad el camino que serpeaba la vega por ver si regresaba el conde; y todos los días, con un nuevo desengaño, se sumergía en la lobreguez de su c á m a r a para llorar sus cuitas, su abandono y su desamparo. Dama de exquisita afectividad, pero mujer al mismo tiempo de temple recio y sereno, suplió, quizá con ventaja, el desgobierno de su marido, atendiendo solícita a la adm i n i s t r a c i ó n de los bienes y a fomentar las relaciones que, con casas feudales como la suya, tenía constantemente que sostener. Para estos menesteres, y como mandatario, disponía l a condesa de un paje, j o v e n y bello, servidor fiel e inteligente, l cual lucia en una de sus manos un anillo con las armas de los condes, cuyo anillo había colocado en su dedo l a condesa para que sirviera como contraseña a señores de otros castillos, de que su poseedor era e m i s a r i o verdadero de la casa de Benavente. A oídos del conde e llegó, en uno de sus montes, la noticia calumniosa y miserable de que el citado paje era rendido amante de la condesa, señalando, como prueba de tal traición, el anillo que la señora le había regalado. Pocos días después quedaron mudos de terror los habitantes del castillo al contemplar colgado de una de las almenas el cadáver del infortunado paje, víctima inocente de la calumnia de un malvado y de los celos infundados de un noble voluntarioso y déspota. Cuenta además la leyenda, que pasado algún tiempo, y en una escena conyugal de mutuas reconvenciones, nuestro conde quedó satisfecho de la inocencia de su mujer, y queriendo acallar las torturas de su conciencia, que le acusaba constantemente del crimen cometido, se marchó a Roma para confesar su delito al Padre Santo, el cual le absolvió, con la condición de que regresara a Benavente, de aquí fuera, a pie, en peregrinación a Santiago de Compostela y a su regreso fundara un hospital para transeúntes, bajo la advocación de Nuestra Señora de a Piedad. Y esta es la leyenda, sufrido lector, de la fundación de este magnífico hospital edificado por uno de los condes de Benavente y dotado de fabulosas rentas, leyenda transmitida de padres a hijos, y que yo escuché de labios del mío, en una noche invernal, mientras la nieve alfombraba suavemente de blanco purísimo las calles de mi pueblo... FERNANDO A R I A S M U Ñ O Z (Fotos Testera. JK te i ESTE MAGNIFICO HOSPITAL, EDIFICADO POR UNO D E LOS CONDES DÉ BENAVENTE Y DOTADO D E FABULOSAS RENTAS...
 // Cambio Nodo4-Sevilla