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EL D E S I E R T O D O V E L A POR F E R D 9 M A N O OSSENDOWSKI (CONTINUACIÓN) E! sitio aquel estaba profusamente adornado con alfombras, arcas de ciprés con asas de plata, cofrecillos refulgentes de oro y piedras preciosas y tablillas provistas de utensilios de cobre, de estaño y de plata. E n el fondo se veia una cama cubierta de pieles de pantera y rodeada de un tejido transparente, con un abanico grande de plumas de avestruz, negras y blancas, a un lado. L a bóveda estaba revestida con magníficos tapices y el suelo cubierto de esteras de palma y de pita. En cada rincón, sobre jarrones de cobre colocados en trípodes, ardía incienso, cuyo humo aromático flotaba lentamente en el aire, formando nubéculas. En medio de la caverna, sobre una columna pulimentada, había una estatua de diosa, cuyos cuerpo y vestido eran de ágata negra, y la cabeza, bella y cruel, con ojos de esmeralda, de cristal amarillo. L a diosa tenía en la mano una paloma y sobre la amenazadora cabeza un disco de oro rodeado de cuernecillos. -Astarté cartaginesa, y fenicia, con una paloma, cuernos y la luna- -pensó Irene, y en el acto se acordó del nombre cartaginés de la diosa fenicia Tanit. -Imnetanit- -murmuraba la compañera de Motylinsky- ¿Qué q errá decir eso de imne agregado al nombre de Tanit? No le dejaron tiempo para pensarlo. La mujer misteriosa despidió con un ademán a los que con ella staban. Se sentó en el lecho y habló largamente, con el rostro y los ojos excitados, al único hombre que quedó allí y que estaba arrodillado y con la cabeza baja. Después de un instante de silencio, el hombre aquel- alzó los ojos hacia Irene y dijo en lengua beréber: -Nuestra gran señora, la sacerdotisa de Tanit, te saluda y te participa que no debes dar entrada al temor en tu alma... L a amenazadora Tanit ya no pide víctimas ensangrentadas ni es terror de los mortales, sino abogada y madre suya. Nuestra gran señora, la sacerdotisa Imne, es depositaría de la antigua fe en Tanit; celebra su culto y comunica su voluntad a los hombres del desierto que vienen de todas partes a escuchar sus profecías y a pedirle consejo. Calló un momento y prosiguió después: -La grande y poderosa Imnetanit te vio en los ojos de la diosa a ti, desconocida de nuestras tribus, cuando atravesabas el Sahara. V i o a tu lado al caballero negro montado en un caballo blanco. Era el Halcón del Desierto. Imnetanit me encarga que te diga que pro cures no encontrarte con ese hombre, porque su corazón palpitó muy de prisa al ver tu cara, y sus ojos temerarios y sus labios de coral no han caído en el olvido, sino que viven en tu memoria... Imnetanit ama al Halcón del Desierto y éste tiene que amar a la gran sacerdotisa. E l es el elegido. De su amor debe nacer una nueva sacerdotisa, a la cual serán confiados los misterios de la omnipotente Tanit para que la antigua ciencia que procede de los hombres de piel roja no se acabe y subsista por siempre el culto a la gran diosa. Imnetanit sólo puede elegir para esposo a un hombre que no se parezca a los demás mortales, y ese es el Halcón del Desierto. Si une su suerte a la de la gran sacerdotisa, será grande y poderoso como los más poderosos reyes. Si te atraviesas en su camino, sobre- ti y sobre él también, caerán la ira y la mano vengadora de Tanit La gloria y la fama del Halcón del Desierto se desvanecerán como el humo de una hoguera apagada, y a ti te ocurrirá una desgracia muy grande que puede costarte la vida... Irene escuchaba con estupefacción las palabras del beréber, que evocaban en su ánimo los ecos de los siglos remotos, un capitulóle una leyenda oriental o un cuento de Las mil y una noches... ¿Ha entendido la dama desconocida las palabras de la gran Imnetanit? -preguntó el intérprete. -Las he entendido; pero deseo a mi vez interrogar a tu ama. Esta accedió con un movimiento de cabeza. -Sólo he visto una vez al Halcón del Desierto, y me gustaría saber cuánto tiempo hace que le conoce Imnetanit. -La sacerdotisa dice que le conoce desde su niñez. Las salvíS a ella y a su madre en el desierto cuando estaban nutriéndose de hambre e iban desde el país de Tademait al Hoggar. L a madre de Imnetanit le predijo que había de ser esposa suya algún día. ¿Viene aquí él con frecuencia? ¿Cuáles son sus intenciones? L a sacerdotisa cerró los ojos y contrajo los labios. -No quiere contestar- -murmuró el criado. -Dile que no me interesa ese indígena- -declaró Irene. -M i señora contesta que si el Halcón del Desierto fuera árabe o beréber, no hubiera hablado contigo. -Pues entonces ¿qué es? -No quiere contestar. ¡Bueno! -dijo Irene, alzando orgullosamente la cabeza- Dile que no me parece bien que se mezcle nadie en mis asuntos y que deseo salir de esta gruta inmediatamente. Imnetanit reflexionó un momento y luego dio una orden breve. E l intérprete y dos hombres más acompañaron a Irene por otro camino distinto del que habían seguido a la ida. -Imnetanit te aconseja que no olvides lo que te ha dicho- -ex presó el intérprete al hacer una reverencia para despedirse, después de lo cual desapareció con sus compañeros por un pasaje obscuro. ¿Qué querrá de mí esa bruja? ¿Con qué derecho exige que me someta a sus deseos? -se preguntó Irene, colérica. A pesar de ello, bien sabía la muchacha que no era la actitud de la sacerdotisa lo que la preocupaba. ¿Qué era, pues, para ella el Halcón del Desierto? Sus ojos vieron de pronto al esbelto y vigoroso jinete de ojos pardos y labios purpúreos, con su albornoz fletando sobre su cabeza como las alas de un águila negra. Montó en su camello y regresó al campamento; pero no habló de su aventura al capitán. CAPITULO VII E l ilustre Sergio Basilis, hijo de Pancracid. Precedida por los buscadores de tesoros, que camino de Tamanrass iban dejando señales de su paso, avanzaba con precaución una caravana guiada por un gigantesco montañés del Sur. Los viajeros permanecían escondidos en las tiendas. Les seguían cincuenta camellos cargados de provisiones y de agua, guiados por, un sirio con la cara llena de hoyos de viruela. En la primera tienda iban dos sirios. Uno de. ellos, buen mozo, de unos cuarenta años, de estatur elevada y anchas espaldas, de ojos obscuros y rostro curtido, acariciaba con sus cuidados dedos adornados con sortijas su hermosa barba, que caía sobre una túnica blanca de seda muy fina. E l otro era un anciano de cabello blanco hirsuto, larga barba, nariz arrugada y labios delgados y torcidos. ¡Mal va esto, querido Sergio! Si tenemos que seguir así dos días más, nuestros reclutas van a caer enfermos. Han dejado de amenazar y de quejarse, y eso es mala señal. E l palacio de Saida no verá a estas lindas palomitas. E l sirio guapo se sonrió dulcemente. ¡Las verá! ¡Las verá, querido Axius! ¡No lo dudes! Ambos interlocutores bebieron a sorbos pequeños sendos vasos de naranjada. Sergio Basilis levantó los pesados párpados y con perezoso mo- vimiento encendió un cigarro. Entre los círculos y las nubes de humo veía, de fijo, figuras muy tentadoras, porque guiñaba los ojos y se le estremecía todo el cuerpo. a Se continuará.