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NOVELA, POR FERDINAND OSSENDOWSKI (CONTINUACIÓN) Basilis se detuvo unos días en la ciudad comprando coranes antiguos, tapices y armas árabes. Hizo las obligadas visitas de despedida, se reunió con la caravana de Litis y con ella llegó a Bu Denib. Pero informado por sus hombres de que le perseguía un destacamento, contrató como guías y espías a Azis ben Hazel y al taciturno Mosul, y se fué hacia el Sur para atravesar el Sahara a marchas forzadas. Provisto de pasaportes y de cartas de personas conocidas, confiaba en desviar la vigilancia de las autoridades, que ya tenían orden de detener a todas las caravanas que se encaminasen a T r i politania. A l pasar la caravana por cerca del lago de Gurara, una de las cautivas, la norteamericana Ketty Nilsen, joven de dorada cabellera y modales de muchacho revoltoso, rompió con los dientes sus ataduras y se salió de la tienda. Litis la vo y la persiguió; pero la americana, valiente y fori zuda, le pegó tal puñetazo que quedó tendido cuan largo era, después de dar un grito agudo. Ketty consiguió, merced a la obscuridad, ocultarse y llegar al pueblo de Timinun, donde avisó a las autoridades francesas, que enviaron en el acto un destacamento al mando del joven y valiente capitán Ramencourt. No por ello se desalentó el astuto Basilis, que continuó su camino hacia la frontera de Tripolitania. Temiendo que lé interceptara el camino por el Este otro destacamento, dividió su caravana en dos partes. Una de ellas, mandada por Litis, sorteó los poblados y las patrullas militares para atravesar el desierto llevando las mercancías. L a otra, en la cual iban Basilis y Axius con sus. cautivas, se dirigió más hacia el Sur, pasando por el Tanezruft. Entonces fué cuando el sagaz Azis le sugirió una buena idea. -En las cercanías de Tamanrass- -dijo el picaro, guiñando los ojos insolentemente- -hay, sepultadas en la arena, ruinas de una ciudad ignorada, con muchas catacumbas y canales secos. Aquel sería un buen refugio para el ilustre y noble sidi ¡Alá duplique su edad, su salud y sus riquezas! A causa de la persecución de que es objeto y de. otros peligros que pueden amenazarle, debería el noble sidi desaparecer durante algún tiempo para que se borrara de la memoria de los hombres su noble e ilustre nombre ¡Alá lo conserve siempre para gloria de sus descendientes! Las ruinas nos albergarán perfectamente, y en compañía del magnífico harén no se le hará largo el tiempo al generoso sidi. El consejo pareció bueno. Azis, que fingía unas veces ser buscador de tesoros y otras hach, iba abriendo camino a Basilis y observando con vigijante mirada lo que sucedía en el desierto. Cuando encontró a la banda de Djani se intranquilizó un poco por creer que era el destacamento enviado en, persecución de su protector; pero al saber que no eran más que hienas del desierto recobró la calma y, después de engañar hábilmente a los bandoleros, continuó su camino. Sólo sentía haber hablado de Tamanrass; pero no tardó en tranquilizarse. ¡No importa! -pensó- Ellos no saben, de fijo, dónde está ese sitio. Son unos bobos que no pueden ser peligrosos más que para gente como ellos. A nosotros no deben darnos miedo. M i linda muñeca siria sabrá ablandarlos con buenos duros españoles. E l montañés del Sur que guiaba la caravana de Basilis sabía encontrar constantemente las señales que iba dejando Azis y podía avanzar hacia el Sur al frente de la larga fila de camellos. Basilis y Axius se balanceaban en su tienda sofocante, bebían zumo de naranja, fumaban, jugaban a los naipes y de cuando en cuando cruzaban algunas palabras. Tenia muy buen humor, y. ni los llantos ni las exclamaciones de desesperación que salían de las demás tiendas lograban conmoverlos. Sergio Basilis ignoraba que le perseguía un hombre temible... E l tal hombre estaba en aquel instante sentado bajo una tienda pequeña y refiriendo a Djani, con voz sombría, los crímenes del viejo Pancracio Basilis y los de su hijo Sergio. ¡Si éste hubiera podido saber que le perseguía su más encarnizado enemigo, el Halcón del Desierto, el amo del Sahara en persona... Si hubiese adivinado que ya hacía tiempo que el cuerpo de Litis, su socio y servidor fiel, había sido despedazado por las fieras y las aves de rapiña, no entornaría con tanta tranquilidad sus bellos ojos soñadores al desperezarse voluptuosamente! Pero como no sabía nada, pensaba con languidez en las ruina llenas de sombra y de frescura, entre las cuales se veía ya en cora- pañía de sus cautivas. El Halcón del Desierto velaba. No se había olvidado de Sergis Basilis. CAPITULO VIII La pista perdida. Enviado por el Halcón del Desierto a Tamanrass, Nabba tardó dos semanas en volver. E l gigante se presentó a su jefe triste jr desesperado. -Estuve en Tamanrass, recorrí todos los rincones del pueblo, exploré todas las cañadas y todos los valles y no encontré ninguna pista de caravana, ni siquiera de jinetes sueltos, ¡oh, hach y jefej- -dijo casi saltándosele las lágrimas. -Y siendo así, ¿por qué has tardado tanto? -exclamó el Halcón frunciendo la frente. -No quería regresar sin noticias- -contestó tristemente el leal criado- Llegué al sitio donde vo Djani a los buscadores de tesoi ros para seguir sus huellas y alcanzar de ese modo a la caravana; pero el simún, que ha estado soplando dos días seguidos, había cubierto de arena todas las pistas. ¡Malo! -murmuró el jefe, pensativo. Extenuado y cubierto de polvo, el gigante aguardaba sus órdenes. -Nabba- -dijo por fin el Halcón del Desierto- llama a Djani y envía algunos hombres a caballo a custodiar con tanto interés como custodiarían las niñas de sus ojos, todos los pasos del desierto, desde Tamanrass hasta el Hoggar. Envía también inmediatamente veinte tuaregs a las tribus amigas para que sus jefes estén aquí dentro de tres días. ¡Anda! Salió Nabba taciturno, triste. Era la primera vez que el jefe arrugaba el entrecejo al hablarle. Poco después entró Djani. El- Halcón del Desierto empleaba generalmente el idioma beréber para hablar con él; pero esta vez dijo en polaco: ¡Se nos ha escapado Basilis! Tengo que confiarte una misión delicada, que exige mucho, tacto y mucha perspicacia. Lleva contigo, en otro caballo, un hombre que conozca bien los caminos y sepa escribir. Id en busca del capitán Ramencourt; pero no os acerquéis a él inmediatamente, porque os detendría. Arreglaos para tener una entrevista reservada con él. Si lo lográis, persuadidle para que busque un automóvil y monte en él con hombres suyos y con vosotros, y traedle aquí. ¿Entiendes? -Entiendo. E l encargo no es muy fácil. ¿Me dará usted pren, das o cartas? -Nada más que esto- -dijo el jefe, que se levantó para entregarle un saco de cuero. Se contimará SI