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NOVELA, POR FERDINAND (CONTINUACIÓN) OSSENDOWSKB En los oídos de Djani tintineó el grato sonido de unas monedas de oro. -Con esto podrás comprar un automóvil, o dos si hacen falta. ¡Bien! -asintió Djani. Y se retiró sin pedir otras explicaciones. Nabba le esperaba ante la tienda. del jefe. ¿Te marchas a Tamanrass? -le preguntó intranquilo. -Me voy, pero no a Tamanrass- -contestó, sorprendido, Djani. -IAlabado sea el nombre de Alá! -empezó a decir el gigante, que se calló de pronto. Se había levantado el lienzo de la tienda para dar paso al Halcón del Desierto. ¿Has cumplido mis órdenes? -preguntó al negro. -Los hombres están preparando sus provisiones y ensillando camellos y caballos. Dentro de una hora se marcharán. E l jefe silbó nuevamente y le contestó el relincho lejano dé un caballo, que acudió con las crines al viento y se detuvo, como si le hubiesen clavado al suelo, delante de su amo. ¡Ensilla a Nizzam! -ordenó éste. Apenas ajustó la cincha el gigante, montó el Halcón del Desierto y desapareció a todo galope por el valle. Djani se fué del campamento en seguida, acompañado de un. beréber viejo. Soltando las riendas de su camello, descansado y animoso, se fué rápidamente hacia el Norte. Unos minutos más tarde salían veinte jinetes en todas direcciones, y a poco se ponía en marcha hacia el Sur un destacamento de cien tuaregs guiado por un anciano que montaba un caballo magnífico e iba rezando el rosario y murmurando piadosamente: ¡Oh, Alá, defensor de las causas buenas; juez severo de los malvados y clemente con los buenos! ¡Alá, consuelo y amparo de los fieles... E l Halcón del Desierto atravesaba entretanto una red de collados que él conocía perfectamente, pasaba el de E l Ghilali y desembocaba en el valle donde se abría la entrada del subterráneo que tenía el letrero de Imnetanit Recorrió el obscuro pasadizo con paso firme y se detuvo en la gruta, alumbrada por una luz azulada y llena de oloroso humo. Con los brazos abiertos ante la estatua de la diosa y rozando al ídolo con la frente o alzando los ojos hacia el, oraba fervorosamente la sacerdotisa. ¡Imnetanit! -exclamó el Halcón del Desierto. La mujer lanzó un grito y echó a correr, radiante, al encuentro del recién llegado. ¡Oh, Halcón! ¡Ha llegado mi Halcón a esta vivienda mía! -dijo conmovida y poniéndole las manos en los hombros- Desde esta mañana estoy rezando a Tanit para que encamine tus pases en busca de Imnetanit. ¡Oh, jefe! ¡M i corazón palpita dentro de mi pecho como una paloma en manos desconocidas para ella! ¿Qué novedades hay? Sentóse él en un montón de pieles. junto a la estatua. -Vengo a pedirte consejo, Imnetanit. Se me ha escapado el malhechor a quien persigo. E l mismo Nabba no ha podido encontrar su rastro en el desierto. Y o quiero alcanzarle. ¡Lo necesito! Aconséjame, dime donde tengo que buscarle. Su voz vibraba apasionadamente. Aquellas palabras más eran una orden que un ruego. La sacerdotisa colocó un trípode ante la imagen y echó en sus carbones encendidos un poco de incienso. Cuando el humo envolvió la cabeza de cristal amarillo, Imnetanit se subió a un pedestal y clavó su mirada en los esmeraldinos ojos de la diosa. Estuvo largo rato mirándola fijamente, y luego murmuró r V. -Veo un hombre hermoso, de alma negra... Con él están mu- chas mujeres blancas... No conozco el sitio donde se encuentran... Columnas rotas... mármoles... muchos escalones... bóvedas... un haz de rayos de luz... Oigo murmullos, llantos, maldiciones... No sé qué sitio es. -Tamanrass- -apuntó el Halcón del Desierto. L a sacerdotisa entornó los ojos y después de una pausa volvió a decir: -Veo Tamanrass; pero allí no hay columnas blancas, ni bóvedas, ni hombres... ¡No es en Tamanrass! Volvió a mirar a los ojos de la diosa. -Veo. dos hombres moñudos en camellos... Caminan un día, dos días y medio día más... Llegan a. E l Ghilali... Se deslizan furtivamente por una garganta profunda, donde hay huesos de hombres antiguos... ¡A h! Imnetanit dio un terrible grito de alegría. ¡La han raptado! ¡Se la han llevado! ¡Alabada seas, gloriosa Astarté! ¡Tanit, madre de las almas doloridas, sedientas de amor como palomas que languidecen! ¿A quián se han llevador- -preguntó con voz ahogada el Halcón del Desierto- En el collado áe E l Ghilali no hay nadie. Imnetanit no quiso hablar más. Bajó del pedestal con una mano puesta en el pecho, que se agitaba violentamente. -E l Sahara está revuelto ahora- -declaró él después de una pausa muy larga- Por todas partes hay malhechores. ¡Sé prudente! ¡Manda cerrar con piedras todas las salidas de las grutas! Ayer te envié con Alim un rebaño grande de ovejas y cincuenta camellos cargados de provisiones. Así tendrás de todo para mucho tiempo. Hoy te enviaré gente de a caballo. Entrégales los sacos y las cajas de oro que me dejó mi señor y amigo, el marabuto de Kufra, y los que hallé en las cavernas cuando buscaba un refugio para ti y para tu madre. ¡Imnetanit! Esconde bien los tesoros porque, te Ib repito, la época está muy revuelta. -M i tesoro no puede estar oculto- -dijo la sacerdotisa con vehemencia. ¿Por qué? -Porque, recorre el desierto sobre un caballo veloz como el viento, poderoso como las flechas de Tanit. ¡Todo el mundo le ve y todos los pares de ojos me roban mi tesoro -añadió con voz sorda y apasionada al mismo tiempo. E l Halcón del Desierto frunció el entrecejo. ¡Bendita seas, Imnetanit! -dijo al cabo de un instante de silencio. L a sacerdotisa se cubrió el rostro con las manos y no oyó qu se marchaba el Halcón del Desierto, tan querido para su corazón ¡y tan distante siempre! Encaminóse él al collado de E l Ghilali. Las palabras de la sacerdotisa, al enterarle de un rapto- cometido en aquel solitario lugar, le dejaron pensativo. Quiso salir de dudas. Metió un cartucho en el cañón de su fusil y desabrochó la funda de su revólver. E l caballo blanco comprendió al parecer las ideas de su amo, pues caminaba con precaución y sin hacer ruido, como una fiera en acecho. Después de atravesar una región del desierto llegó a una garganta donde vio con asombro tres tiendas. Escondió su caballo en la hondonada y trepó hacia el campamento. No tardó en reconocer a los dos guías a quienes vio en el desierto. Entró abiertamente en una de las tiendas y vio en ella al capitán Motylinsky víctima de un violento acceso febril. E l viejo Yusuf se postró ante el visitante, refirió la enfermedad del sabio y también la desaparición, desde dos días antes, de la señora blanca y sabia Fracasaron las pesquisas; los guías no sabíanqué hacer, pues el capitán había perdido el conocimiento y no podía darles instrucciones. (Se continuará. 1
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