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de que la distancia aumente las proporciones de lo que- realmente ha sucedido en es: e país. E l n i v e l de vida en la Gran Bretaña descansa sobre bases demasiado firmes para que pueda descender con rapidez en un breve período de tiempo. N o será extraño, que en los días que se acercan veamos la desaparición de algunos grandes lujos impropios de la época actual, y que son- en parte vestigios de los tiempos medievales y en parte también destellos del afán de gastar que surgió en el mundo a la terminación de la guerra europea, como consecuencia natural de las restricciones sufridas durante varios años, de) a riqueza acumulada en el mismo período y; de la alegría general que festejó la vuelta a, ta normalidad. Pero la supresión de esos i grandes lujos es un hecho que, ade- A lev mm WSSm Lá Abadía de Wéstminster durante las iluminaciones. r. v. i Mti- Estilizada por la luz, eléctrica, la esbelta torre de la Cámara de los Comunes se eleva sobre el Támesis, dejando ver la hora en el gran reloj conocido con el nombre de Big Ben cuyas campanadas oyen los radioescuchas todas las noches. más de estar conforme con las tendencias de los tiempos modernos, resulta perfectamente compatible con el sostenimiento y hasta con la elevación del nivel medio de vida de casi todas las clases que componen ia sociedad contemporánea. U n a disminución en el número de grandes residencias campestres, o en el de las jaurías dedicadas a la caza del zorro, o ea el precio y cantidad de botellas de champagne consumidas en los Clubs nocturnos y restaurantes de moda, o en la producción de yates y automóviles de gran precio, afectaría únicamente a una reducida clase social, Sin dañar los intereses de la mayoría. Síntoma curioso de la crisis actual es, por lo que se refiere a las tiendas de Londres, que las que principalmente parecen sufrir sus efectos son, o las dedicadas a la venta de artículos de lujo, o las conocidas por los precios elevados, a l a vez que por la calidad superior de sus artículos; en cambio, las que atienden a necesidades corrientes de la mayoría de la población continúan haciendo buenos negocios, al menos aparentemente. Esto debe ser verdad, no sólo en apariencia, pues una Compañía de automóviles cuyos precios están al alcance de las clases rño destas acaba de anunciar, un dividendo anual del- ¡oh, asombro en tiempos de crisis! -100 por loo sobre el capital. L a prosperidad de Inglaterra data de de hace muchos años; sus recursos son casi incalculables, y el nivel que ha alcanzado la vida en este país no es debido a un golpe pasajero de buena suerte, porque está basado en un progresivo avance a través de los años. Difícil es creer, por consiguiente, que todas es- tas cosas van a desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, y simplemente porque la moneda nacional vale menos de lo que valia hace unas semanas en relación con el oro, sin que se haya alterado su valor dentro del país, y a la vez que en el precio de los productos nacionales se opera una reducción que forzosamente ha de favorecer las ven- tas al exterior. Los teatros y los cines continúan funcionando en igual número, y lo que presentan al público tiene la misma calidad: superlativa que ha distinguido! siempre a los espectáculos en Inglaterra. L o s servicios de comunicaciones son tan numerosos iy tan ex- cetentes como de costumbre. La- pavimentación de las calles y carreteras continúa siendo inmejorable. L a clase media y las clases modestas tienen cada día más a su alcance los objetos que hace algunos años eran monopolizados aquí por la gente adinerada, como sucede hoy en otros países. Si prevalece en Inglaterra el buen sentido y se decide a acometer grandes empresas capaces de redundar en provecho de la comunidad en los diversos órdenes de la vida, y gracias a esto el dinero empieza a circular otra vez v siempre con más velocidad, el nivel de vida aumentará en lugar de reducirse, con beneficio evidente para lá humanidad toda. Véase, pues, que las- iluminaciones en honor del centenario. de Faraday pueden i n terpretarse como los fulgores, de un amanecer, no como los últimos. destellos de un. ocaso. L u í s ANTONIO B O L Í N Londres, septiembre, 1931,
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