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DOVELA, POR JFERD 8 f 3 Ai 4 D SSEMDOWS I (CONTINUACIÓN) -Cuidad al enfermo- -les aconsejó el Halcón del Desierto- ¡Vosotros me respondéis de él! De lo demás ya me cuidaré yo. Montó otra vez a caballo y se dirigió a toda prisa a la cañada. L a tierra pedregosa imposibilitaba el reconocimiento de las huellas. Atravesó, pues, la cañada y llegó al llano donde morían las últimas pendientes del Hoggar. E n la arena pudo ver el rastro de dos camellos que caminaban hacia el Sur. Soltó las riendas a su caballo y salió al galope en aquella dirección. Y a había avanzado mucho cuando vio en el suelo un pedazo de papel arrancado de un cuadernito y que contenía datos de las dimensiones de una caverna estudiada por la discípula de Motylinsky. Siguió eorriendo. Antes de que se pusiera el sol, cuando divisó Ja silueta de las montañas de Tassita, encontró otra hoja del cuaderno. -Son señales- -pensó- Se ha acordado de mí y me pide socorro. Brilló la alegría en sus ojos. Detuvo el caballo y regresó a su campamento, pensativo. ¡Me lo vas a pagar muy caro, bribón! -dijo, apretando los dientes. ¡El astuto y prudente Basilis triunfaba sobre el Halcón del Desierto! tSo podía soportar tal afrenta él, dueño del Sahara, jefe que gobernaba con mano fuerte a todas las tribus nómadas y fijas; él, el hach que había recibido la bendición de los marabutos y de los talebs más venerados y más eminentes que había desde el Nilo hasta el océano Atlántico. A pesar- de todo, el sirio predominaba sobre el jefe misterioso No sólo había desaparecido sin dejar rastro, sino que le había dado una estocada a fondo al llevarse a la joven polaca, lo mismo que Basilis el viejo se llevó a su hermana. ¡Irene Oranowska! ¡Cuántas veces habían murmurado este dulce nombre los labios del Halcón del Desierto! Cantaba en su corazón la suave melodía de su lengua materna. E l hombre de la raptada evocaba en su imaginación el recuerdo, más querido cada vez, de los ojos azules y resueltos de la muchacha, de su rostro serio y sereno. Además, su instinto de hombre en continuo contacto con la Naturaleza le decía claramente que también sus ojos estaban grabados en la memoria de la joven polaca y que ella no sólo no quería olvidarlos, sino volverlos a ver... E l rapto de Irene perpetrado por el sirio le hacía sufrir cruelmente. Sólo gracias a una casualidad favorable pudo triunfar de él Sergio Basilis. Le sonrió la suerte el día que se encontró con Azis y con Mosul. Estos vagabundos eran hombres astutos y prudentes. A l caminar hacia el Sur advirtió Azis las huellas de Nabba y de los tuaregs; ordenó a la caravana que cambiase de dirección y fué él a explorar el terreno. Fingiéndose hach- -acaso lo fuera realmente, pues había vagabundeado por todo el mundo musulmán- gracioso en su charla, Azis era acogido por doquier con los brazos abiertos. Los nómadas escuchaban de buen grado sus descripciones de los países por donde el viejo zorro había viajado, y él también poseía en el más alto grado el arte de oír y más aún el de preguntar. Así fué como pudo informarse exactamente respectó al Halcón del Desierto, que recorría el Norte de Argelia y de Marruecos, y de quien no había oído hablar hasta entonces, y acerca del negro misterioso que rondaba por las inmediaciones de Tamanrass en busca de una caravana que llevaba mujeres blancas Azis comprendió que el Halcón del Desierto buscaba a su á m o pero le confundió con un bandido cualquiera que quería apoderarse, de las riquezas del sirio. E l buscador de tesoros meditaba, pues, el medio de poner en lugar seguro a Basilis y a su caravana. Las ruinas de Tamanrass no le ofrecían ya el refugio necesario, pues las conocía el perseguidor. Pero la suerte- favorecía al artero vagabundo. Cuando cruzaba malhumorado y pensativo la plaza del mercado de Tamanrass oyó que le llamaba un mendigo viejo ciego y cubierto de harapos. ¿No me conoces, Azis ben Hazel, mi antiguo amigo? -exclamó, golpeando en el suelo con su largo palo. -Nada tiene de extraño que yo no te reconozca; pero sí- lo es, en cambio, y mucho, que me hayas visto tú. Parece cosa de milagro- -contestó Azis, contrariado porque le hubieran conocido. ¡Silencio! Soy Muley Ismail, de Muley Dris. ¡Muley Ismail! -dijo Azis. Saludáronse ambos amigos dándose la mano y besándose en las mejillas y en los hombros. E l buscador de tesoros conocía al ciego por haber vivido con él en el alborotado fondak de Mequinez, de donde tuvieron que huir por haber provocado a unos europeos. -i Qué haces ahora, mi amigo del alma Azis ben Hazel? -Busco... ¿Y tú? -Yo hago de mendigo y regreso a Fez, de donde traje una carta para los marabutos del Sudán- -murmuró. Y luego, al ver una muchedumbre de indígenas que se acerca ban, empezó a declamar con voz quejumbrosa: ¡En el nombre santo de sidi Bu Medina; en el nombre del santo sidi Ben Hach Yahía; en el nombre del santo Bu Islama ben Senufi; en el de los noventa y nueve nombres de Alá, no pasáis, mumenos con indiferencia por el lado del criado ciego de Alá, porque el gran Profeta ha dicho: L a limosna que se da a los desgraciados es una ofrenda a A l á ¡No dejéis sin limosna, ¡oh, mumenos! a vuestro sagrado hermano, que consagró su vida al servicio del Profeta! En las alforjas de Muley Ismail cayeron algunos donativos. Cuando se puso el sol se reunieron ambos amigos en las afueras del pueblo y deliberaron largamente. Azis se enteró de cosas importantes. -En las montañas de Tassila encontrarás unas ruinas hermosas, amigo querido- -dijo Ismail, a quien Azis había hecho creer que andaba por allí buscando tesoros- Nadie las visita, y los tuaregs tienen miedo a los espíritus malos que en ellas residen, Es una ciudad romana antigua, y seguramente contiene grandes tesoros. ¡Gran indicación para Azis! En su alegría prestó unos cuantos francos a Ismail, se despidió de él y se fué furtivamente de Tamanrass. Las huellas de los camellos y un cartucho extraviado le revelaron el regreso de Nabba a los montes del Hoggar. Azis se dirigió con la caravana de Basilis a las ruinas que le había indicado Muley Ismail, y a ellas llegó dos días después Basilis con Axius y sus cautivas. Cuando estuvo su amo convenientemente alojado y provisto de un rebaño de carneros comprado en el camino, se fueron Azis y Mosul a informarse de los propósitos del Halcón del Desierto. A l atravesar las gargantas de las pendientes meridionales del Hoggar vieron por casualidad a Irene Oranowska que trabajaba sola en una de ellas, y para desembarazarse de un testigo tan peligroso en los alrededores del lugar donde se ocultaba el sirio, la raptaron. Se colmará-