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varones idénticos de rostro, vestimenta y, gesto bendecidor. Uno de ellos se ha alzado de su trono y descendido los tres escalones para coronar a María que, joven y bellísima, está arrodillada ante la majestad del Hijo Dios, juntas las liliales manos, fluyente en largos pliegues el manto riquísimo junto al grácil y puro cuerpo. Con gesto afable Cristo va a colocar sobre la suelta ¿cabellera el áureo círculo fulgente de la corona, mientras que Dios Padre y Dios Espíritu levantan las diestras, bendiciendo a la mujer que coadyuvó en la obra de la Redención. Sobre, las iniciales y el escudo del maestro Esteban Chevalier, para quien pintó Fduquet el libro de horas, San Juan en Patmos escribe su Apocalipsis. Está el santo acomodado en una diminuta isla, donde sólo hay sitio para él, para su águila y para seis arbolitos no demasiado espléndidos. Las mansas olas de un mar sereno rodean la isla, donde San Juan escribe sobre un. grueso libro, dejando caer a un lado y otro de su cuerpo los pliegues copiosos de un: rozagante manto, abstraído su rostro en. la escritura, mientras junto a él, erizadas las plumas, abierto el fiero pico y trémulas las poderosas alas, el águila parece esperar el fin del escrito para partir a otros lugares. Varias barcas animan el paisaje con sus velas y palos, bogando hacia el mar libre entre otras islas, donde; enhiestos castillos álzanse sobre bosques y acantilados. Todo el hechizo de los panoramas minuciosos de los cuadros primitivos aparece reflejado en está obra, digna del pincel de Memling o de Van Eyck. Én medio de un tumulto de corceles encabritados ha caído por tierra él caballo de Saulo camino de Damasco. E l futuro apóstol de las gentes sujétase al cuello del bridón y mira temerosamente hacia el cielo ¿donde aparécese Dios, mostrando su rostro a una- especie dé ventana redonda desde la que despréndese la centella que derribó al caballo. Un paisaje de campo, en el que se alzan las torres picudas de alto castillo, y más allá se elevan las murallas y cúpulas de una lejana ciudad, es fondo del cuadro, por donde se aleja, línea de hierro, una larga fila de caballeros armados, mientras los más próximos al caído le contemplan con serena curiosidad. Unos hombres y mujeres peludos, a modo de seres salvajes, sujetan en la parte baja del cuadro las mayúsculas ornadas y sendos escudos con las tantas veces repetidas iniciales del admirable autor de tan bellas obras. MAURICIO L Ó P E Z R O B E R T S Marqués de la Torrehermosa. CORONACIÓN D E I. A VIRGEN con la firma del autor, y en otras miniaturas más pequeñas aparece la Magdalena en el jardín, arrodillada ante el Salvador resucitado y oyendo a los ángeles ante el vacío sepulcro. E n la amplia sala del Pretorio, Cristo, vestido con larga túnica de terciopelo, presas las manos, empujado y golpeado por la cruel soldadesca, está de pie ante Pi latos, que ocupa un alto trono, rodeado de militares bizarramente armados. E l procónsul está revestido con un largo ropón blanco, usa (contra toda verosimilitud) larga y pujante barba y un cetro, en su mano es señal de poderío y autoridad. A l fondo, dando la espalda a columnas riquísimas y a una pared marmórea donde penden escudos con las iniciales de Roma, la turba vociferante de los hebreos, presidida por los gordos sacerdotes, coronados de mitras y cubiertos con vestiduras rozagantes, se escandaliza de las palabras del dulcen Redentor, mientras en la parte inferior de la página Barrabás saliendo de su prisión y el verdugo armando los leños de la cruz ponen el comentario previo a la escena que sobre ellos se aparece. Otras miniaturas van reproduciendo el drama de la Pasión, pues hay docenas de páginas como las anteriores pero luego Juan Fottquet pinta asuntos de mística, más sutil, y asi- se nos muestra en la pintura admirable que representa la coronación de 1 a Virgen. En tina estancia del Paraíso, entre sendas murallas de ángeles que suben a un lado y otro, se alza un espléndido triple sitial de oro, jaspes, perlas y preciosas piedras. Angeles pequeños lo coronan, sosteniendo guirnaldas floridas. Tres escalones también magníficos lo levantan del suelo, embaldosado con mosaico de mármoles, y suntuosas almohadas prestan blandiere a sus asientos. E n ellos se ha acomodado la T r i nidad Santísima del Padre, del Hijo y del Espíritu, encarnándose en tres hermanos SAN JUAN EVANGELISTA
 // Cambio Nodo4-Sevilla