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DEL PANORAMA QUE FUE EL S O M B R E R O DE COPA Triunfó en paseos, en teatros y en todas las solemnidades. ¡Solemnidad eres t ú! se podía exclamar, parodiando a Bécquer. L o s sombreros de copa del príncipe de G a les después de E d u a r d o V I I eran legendarios, como entre nosotros los del duque de Tamames y los de su contrafigura, él g r a n Medrano. M a r i a n o Fernández, el veterano actor, poseía una magnífica colección de sombreros, en l a que figuraban gavinas de todas trazas y épocas. N o hace muchos años que no se permitía la entrada en el Congreso sin i r provisto del molesto adminículo; los periodistas lo usaban, como es lógico; pero con el fin de que los compañeros que trabajaban en la tribuna pudiesen cuando lo necesitaban baj a r a los pasillos o al salón de conferencias, como solían llevar sombreros más ligeros, se habilitó en el guardarropa de l a Prensa un ejemplar felpudo destinado. para tal menester. E n M a d r i d queda todavía u n a chistera que luce por esas calles, y ojalá que para satisfacción propia y de sus amigos la luzca muchos años, D Cristóbal Mártinrey, consecuente republicano, que y a actuaba corno procurador en el proceso del. tristemente célebre c r i m e n de la calle de F u e n carral, perpetrado en 1888. ETÍ 1859 se organizó una original cruzada contra el sombrero de copa y en favor del hongo (bombín) L o s poetas y autores festivos se comprometieron a presentarse en la romería de San I s i d r o de aquel año, ¡notable atrevimiento! luciendo el sombrero redondo. A la cabeza de los r e f o r m i s t a s figuraban Asquerino, Alarcón, V i e d m a y Ribera. Compuesto con producciones, suyas y con sales de otros ingenios, entre ellos Férrer del Rio, Hartzenbusch, M a n u e l del Palacio, Correa. Rosell, Catalina, V e n t u r a de la V e g a Negrete, N a r c i s o Serra, Trueba, Os- sorio y Bernard, el Solitario y Selgas, editaron u n regocijado libro, cup- o mejor elogio es el que esos nombres pregonan. Aunque minúsculas, aquí v a n algunas hacía a r r i b a o h a c i a abajo, según caían las pesas. V i e n e como anillo a l dedo u n sucedido que he oído referir a don Francisco R o d r í g u e z Marín con su peculiar gracejo. Había un catedrático de M e d i c i n a en C á diz, D Pascual O n t a ñón, que por ser obligatorio, además de l a costumbre, acudía siempre a la U n i v e r s i d a d c o n s u chistera, una chistera inverosímil y antiquísima. A d v i r t i ó tina vez, antes de penetrar en el aula, unas risas poco respetuosas, y, t r a gándose la p a r t i d a volvióse rápido a los alumnos, les mostró el sombrero y con tono zumbón les d i j o -H e p e r d i do l a cuenta de cuándo l o estrené; pero aquí donde ustedes Jo ven ha estado ya de moda c i n co veces. N a d i e hubiera creír do hace unos cuantos MIRIÑAQUES DE Y CASTORAS (DIBUJO CONSTANTINO GUYS) EN que haya desaparecido por completo, pues todavía suele orear su felpa en algunas ceremonias, se puede decir que el sombrero de copa, como tantas otras cosas, ha pasado a la Historia. S u origen se halla en los tiempos de la Revolución francesa, prescindiendo de que pudieran usar algo parecido los cortesanos de Francia de 1400 o los contemporáneos de Felipe I I pero, más concretamente, y por lo que afecta a su punto inicial, he leído- -no sin cierto asombro, a pesar de lo autorizado de l a referencia- -que fué i n ventado por el inglés J u a n Hetherington, persona de buena f a m i l i a llevado a los Tribunales y multado con quinientas libras por haberse presentado en l a caüte el 15 de enero de 1797 llevando, según el Times, un sombrero de seda que era u n tubo alto y lustroso, seguramente con el propósito de poner espanto en los transeúntes. Parece que algunas mujeres se desmayaron y que los niños lloraban aterrados. Y a sería algo menos, pero lo que sí es cierto es que hemos contemplado la decadencia v la total r u i n a del sombrero de copa alta de petulante empaque y objeto de sátiras y burlas, como lo prueba l a donosa manera de ser designado: chistera, castora, felpudo, bimba. gavina, tubo, canoa, bote, cilindro, colmena, marmita, c h i menea, canariera y olla de campaña. Nada, en efecto, más antiestético y absurdo que el tal cubrecabezas, compendio de incomodidad y de fealdad, agravadas con el tejer y destejer de las modas, que acortaron o alargaron alas, elevándolas, bajándolas o dejándolas planas, y que achicaron o agrandaron la copa, convirtíéndola unas veces en cilindro y otras en cono truncado, S UN MATRIMONIO LES ELEGANTE ESf 1844. t E MODES PARISIENNES años que el sombrero de capa habría de desaparecer. P e r o torres más altas... H u b o épocas en que todo el mundo, salv o la gente del pueblo, lo usaba. U n grabado adjunto representa la Bolsa dé M a d r i d en tiempos de la G l o r i o s a en el que se ve que banqueras, agentes, zurupetos y coro general tocaban su testa con l a no gentil castora, y una caricatura de Ortego nos muestra en la romería de San Isidro a los grupos de bebedores enchisterados, que saciaban su sed con el agua m i lagrosa. Se comprende él sofoco. D e Ortego es una colección muy conocida de dibujos, modelo de intención y de factura, que lleva por título. D e cómo por el sombrero se conoce al que lo l l e v a FÍGARO SALUDA DE A SUS LECTORES (DIBUJO PELLICER)
 // Cambio Nodo4-Sevilla