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IZQUIERDA: TALMA CON EL FAY MOSO A C T O R FRANCÉS CAPA DE SOMBRERO COPA D E R E C H A SOMBRERO DE (DEL AMPLIAS DAMES ALAS. 1823) J O U R N A L DES ABAJO: UNA CHIS- TERA M O N U M E N T A L D LUIS. H U R T A D O D E ZALDIVAR; DE MARQUES (REV I L L A VIEJA, TRATO D E L A ÉPOCA) muestras. Decía Ventura de la Vega: Y o n i a p a d r i n o n i rechazo el hongo. Si todos se lo ponen, me lo pongo. Manuel, del P a l a c i o ¿P o r qué me o d i a s? -c o n voz G a b i n a a J u a n preguntó. fina L Y, h u y e n d o J u a n c o n t e s t ó -S e ñ o r a p o r ser g a v i n a Hartzenbusch: Escandaliza, y asombra que el g u a r d a p o l v o del h o m b r e s o m b r e r o t e n g a por n o m b r e no d a n d o a l a c a r a sombra. Y Ossorio y B e r n a r d T a n t a s alas dio u n h o m b r e a s u s o m b r e r o cuando- l a m o d a entonces lo exigía, que en u n infausto- enero eJ v i e n t o l o l l e v ó r a u d o y l i g e r o y, e- 1 p o b r e se m u r i ó d e p u l m o n í a Así explica, la higiene que mil peligros la chistera tiene. H a n transcurrido más años, y es el sombrero en general el que está en crisis, dado el predominio de cabezas destocadas. Anecdotario. E n tiempos en que una C o r poración madrileña se hallaba a la cuarta pregunta, casi rayana con l a quinta, los acreedores traían frito al tesorero, quien para librarse del asedio hacía colgar una chistera en su antedespacho para contener a los impacientes, mientras que él, provisto de otro sombrero, salía bonitamente por una puerta excusada. A la salida de una reunión un personaj i l l o confundió su sombrero con el de L ó pez de A v a l a y al devolvérselo le d i j o -S u sombrero es más grande q el mío. ue -E l sombrero, n o l a cabeza- -contestó D Adelardo midiéndole con la mirada. Cuando en la p r i m a v e r a de 1916 e s t u v i e r o n B e r g s o n P e r d e r Imbart de la Tour. y W i dor en M a d r i d fueron recibidos en audiencia por el Monarca. Y Sl como la etiqueta prescribía enes í tos actos el sombrero de copa, Y Bergson, que había dejado el suyo en París entró en una sombrerería muy afamada antes de i r a Palacio. Como hombre de buen gusto, después de minuciosa e l e c c i ó n adquirió un soberbio ejemplar de siete reflejos, digno de competir con los mejores de Londres. C u bierto con él dejó en el coche el que llevaba, y al salir del Alcázar volvió a cambiar de sombrero, trasladándose a la Casa de Velázquez. Cuando el filósofo abandonó el recinto, alguien le advirtió que olvidaba el flamante sombrero. ¿P a r a qué le quiero ya? -respondió. Y en. la Casa de Velázquez es probable que siga aún me decía hace unas semanas A r a ú j o Costa cuando me refería el lance. A. RAMÍREZ (Reproducciones TOME fotográficas de D u q u e t
 // Cambio Nodo4-Sevilla