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CUENTOS ESPAÑOLES DE HUMOR CABALLERO, IDEAS A L que veranea en S a n Sebastián tiene esta obligación inexcusable: pasar la frontera. H a s t a que no pasa la frontera el veraneante está acuciado de un impulso que le produce malestar; ia misma sensación del que h a de cumplir un deber y anhela que sea en seguida, para verse libre del engorro. ¿C ó m o te tiá. s casado, siendo tan bohemio? -ie pregunté un día a Santiago R u siñol. -V e r á s U n o nace y sabe que ha de casarse -me contestó- Pues te casas y así te quitas esa preocupación. Se pasa l a frontera y se elimina el desasosiego. Y o también veraneaba en San Sebastian, y, por consiguiente, tuve que entrar en F r a n c i a Confieso que en mj fué más grave acatar esa superstición irresistible, pues la compliqué con la segunda superstición: la de las compras. E l orgullo de los españoles es tal, que no toleran que salga nada de su territorio; lo nuestro es nuestro y nadie debe poseerlo, sino nosotros. Todos los comerciantes de Hendaya, de Guethary, de Bidart, de B i a r r i t z de San Juan de L u z o de Bayona adquieren sus artículos en la Península y colman sus almacenes de nuestras manufacturas: del v i n o a los tirantes; desde el jabón a los cuchillos de cocina. A l llegar, por julio, nuestros excursionistas del Norte, empiezan a padecer una irritación sorda contra los almacenistas franceses. ¿Qué derechos tienen esos tenderos a nuestras pitilleras a nuestra tinta, á nuestras boinas? L a indignación se comunica; pronto se forman grupos y se planean ofensivas en masa. P o r patriotismo, los españoles que veranean en ese antepecho del Cantábrico- -l i n e a de las Arenas a Fuenterrabía- -salen disparados por las carreteras, invaden los magasines gabachos y lo compran todo, altaneros y satisfechos. ¡A s í se les da una lección! (Justo es resaltar el mayor celo de las señoras por restituir a España lo PESETA i E que de España habían importado los franceses. Sí. Pasé l a frontera y además, fui de compras. Estaba en Bayona cargado con u n botijo de Talavera, u n alfiler de E i b a r y una manta de Palencia. Cumplida mi misión de comprador de productos netamente galos, me senté en los soportales. Acudió el camarero. -M sié... Pedí u n refresco. A m i lado, una voz de timbre alto, clara, sonora, pidió con desparpajo: r- -Powr moi, thé complet. E l individuo instalado a mi velador, sin permiso, y sin que me diera cuenta, me sonreía. -S o m o s compatriotas. Llevaba una cartera de tipo dé Banca o de Justicia. E r a un hombre joven, escuálido, u n hombre en picos: la punta de los pies, las rodillas, los dedos, los- codos, los hombros, todo era picudo. Sus ojuelos relucían y movíanse veloces, ratoniles. Y o no dije nada y sorbí m i refresco, con la lentitud de una persona de carácter grave. E l huesudo era menos parsimonioso. C o n voracidad impropia de un lugar chi se tragó las tostaditas, las mermeladas, las pastas, el puding, los pastelillos, los skuns, l a leche, el té, el azúcar y el agua caliente. Dejó la mesa rasa. ¿T i e n e usted un c i g a r r i l l o Merci... ¿Una cerilla, me hace el favor... B i e n A h o r a podemos hablar. Sé que es usted escritor. Abrió la cartera y extrajo u n puñado de papeles. -C a b a l l e r o ideas a peseta. H i c e mis cálculos mentalmente. Tenía cien francos. E l refresco, el tranvía, el topo... S í aún me quedaba para el sablazo Gracias, no padezco penuria de ideas. M e toma usted por un político. -Son ideas modernas, inéditas o, por lo menos, en buen uso. -H e escrito miles de artículos a diez pesetas. Y a ve usted que las he vendido más baratas. -P u e d o proporcionarle un lote de proverbios. Se utilizan para ponerlos, a modo de lema, al frente de u n trabajo. A s í se adquiere fama de culto. Y l e y ó Nada importa nada; todos tienen rattón; pidamos pinero prestado. Vivamos con nuestros vicios, aunque perezcan nuestras familias. El hombre que tiene una mujer buena y la pierde, no sabe lo que gana. Entre la risa y las lágrimas no hay más que la ttarijs. La virtud... L e interrumpí: -N o se moleste. Y o no pretendo moralizar a nadie; tampoco fabrico hojas de calendario. Sus máximas no me sirven. i M i severidad pareció desanimarle; guardó sus papelorios, cerró el carterón con eí broche. Sus miradillas regocijantes, aplastadas por los párpados cerrados; su mentón punzador hincado, la cabeza abatida... M j dio lástima su aspecto. TM- ¿Tiene usted negocios? Sonreí para animarle, señalándole el signo dj hombre de negocios: la cartera. ¡N e g o c i o s! -m e contestó con desprec i o- C o n los españoles no se pueden hacer negocios. N i siquiera cuando la ganancia es su propia vida. V e r á usted- -chisporroteó, y de nuevo se h i z o la luz en su mirada, así como su voz teatral iniciaba un tono, de barítono- H e planeado un importantísimo asunto para moribundos. N o ha tenido aceptación, porque el público desconfía al p r i n cipio de los inventos geniales. E s un negocio que sólo puede, realizarse de juhio a octubre. L o s enfermos graves, los que tienen en esa época sus días contados, no sólo fio fallecen con m i descubrimiento, sino que y a no se mueren nunca.