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I t l O W E L A POR FERDINAND OSSENDOWSKI Cinco días después u n camión que jadeaba y echaba muchísimo humo corría por la pedregosa llanura hacia la cordillera del H o g gar, llevando en sus asientos a l oficial y a D j a n i Memed, aterrado, iba al lado del chófer. L o s camellos siguieron durante algún tiempo a la terrible máquina, y, como no podían alcanzarla, retrocedieron lentamente hacia el campamento, olfateando sus propias huellas con ese instinto de orientación tan sorprendente propio de las fieras, salvajes, de las aves y de los hombres primitivos. escapará aunque se haya metido bajo montañas de arena. ¡Gracias, amigo m í o! ¡N o vale la pena de hablar de ello! -contestó con modestia Djaní, que en seguida se echó a reir. ¿P o r qué se r í e usted? -preguntó el oficial. -Porque se me ha ocurrido una i d e muy chusca. Usted, capitán francés, me agradece que haya degollado a toda la caravana del sirio y, sin embargo, si yo cayese en poder de la justicia. franCuando el capitán y D j a n i llegaron. al campamento no estaba cesa probablemente estaría ella muy lejos de felicitarme, ¿verdad? en él el H a l c ó n del Desierto. Se había marchado unos días antes y Acaso en vez de hacerlo me metería en la cárcel. no daba señales de vida. E l simún b o r r ó sus huellas, y su substituto, ¿P o r q u é? -p r e g u n t ó sorprendido el conde de Ramencourt- el príncipe Ibrahim, y los demás jefes empezaban a alarmarse. l P o r culpa de ese bribón? E l noble e ilustre jeque acogió regiamente a su huésped. E r a- -Y a sabemos que lo es; ¿pero tengo yo derecho a destruir a un beréber inteligente y lucía en el pecho l a cruz de la Legión de los bribones por peligrosos que sean? N o opinarían así las autoriHonor. dades de F e z o de A r g e l Pronto trabó estrecha amistad el conde de Ramencourt con e l ¡L e aseguro que no sufrirá usted n i l a m á s insignificante jeque, por el cual supo cosas muy interesantes acerca de la vida del molestia por esa causa... Y o mismo explicaré el casó al general Halcón del Desierto, cuya existencia sólo era conocida del cuartel en jefe y todo se a r r e g l a r á bien. general de F e z U n día llegó a l campamento una mujer vieja diciendo: -N o es de nuestra t r i b u tampoco es á r a b e ni targuí, pero vive- -Vengo de muy lejos para implorar al jefe justicia y amparo. con nosotros y como nosotros hace mucho tiempo; reza a A l á y da- -E l jefe no e s t á pero el jeque Ibrahim j u z g a r á tu causa según buenos consejos a los mumenos- -dijo el jeque- E l fué quien des- el Halcón del Desierto lo haría, porque conoce su modo de pensar barató los planes del madhi del S u d á n qué quería proclamar la- -le dijo el centinela. guerra santa; exhorta a nuestras tribus a estudiar las ciencias, a Poco después el anciano jeque, sentado ante la tienda, oía las aprender cómo se construyen los ferrocarriles y las máquinas que quejas de la mujer. andan sin caballos, cómo se cura a los enfermos y se construyen- ¡S i d i! -s e lamentaba ésta, rendida por la larga caminata- fábricas como las que he visto yo en A r g e l i a y en T á n g e r cómo H e vivido quince años en la tienda de m i marido. Nunca se fijaron se labra l a tierra de modo que d é cosechas abundantes y cómo se mis ojos con codicia en otro hombre. Y eso que yo fui bella y los preserva al ganado de las enfermedades infecciosas. E l nos aconmuchachos de los ahales me llamaban linda rosa H e dado a l sejó que diéramos libertad a nuestras mujeres y les concediéramos mundo tres hijos y los he criado. Alaban el nombre de A l á como nuestros mismos derechos, asegurando que así se duplicará el poder muírtenos honrados, y son sanos y robustos. Todos ellos pueden de nuestras tribus y se a n t i c i p a r á el momento de que seamos tan coger un camello y montarlo. M i marido es pobre; quiere casarse sabios y tan poderosos como los nesrani. con una joven, hija de un vecino nuestro, para tener una trabajadora nueva en casa. Se. ha cansado de mí y quiere echarme. Según- ¿Y qué les parece de todo eso a los musulmanes ortodoxos? las leyes, tiene que pagarme una dote, y como no puede me pega y- -preguntó el conde de Ramencourt. me maltrata. -Unos están de su parte y otros en contra; pero estos últimos lo hacen porque son partidarios del madhi, que piensa en la guerra L o s irritados ojos de la mujer expresaban su desesperación. santa. N o ignoran que mientras él sea el amo del Sahara no habrá- ¡M a d r e! -d i j o Ibrahim- Veo. que tus palabras son verdadeguerra, y por eso le odian, y si no luchan abiertamente contra él ras; pero no puedo juzgar a tu marido porque no está presente. es porque le tienen miedo. Esto es contrario a la ley. V o y a mandar que le busquen y cuando E l capitán estaba estupefacto. S i era verdad lo qué decía el jeesté aquí d a r é l a sentencia. que, nadie servia tan bien como el H a l c ó n del Desierto los desig- -M i marido se llama Hafid H u l l a vivimos en el oasis de L e nios de Francia, que no eran otros que propagar la civilización y el dits... N o mandes que le busquen porque no t a r d a r á en llegar. bienestar en el Norte de África. Viene persiguiéndome; pero yo me he adelantado porque cogí un N o sentía haber acudido a l campamento del dueño del Sahara, camello m á s veloz que el suyo... cuya llegada esperaba con impaciencia. Y en efecto, a l a m a ñ a n a siguiente llegó un beréber de cierta Pero el H a l c ó n del Desierto había desaparecido. edad que pidió que le devolvieran su mujer. Sucedíanse monótonamente unos días a otros. E l capitán emL e llevaron a presencia del jeque, a quien rodeaban los notables indígenas. pezó a alarmarse. -T e acusan de haber maltratado a esta mujer, que es tu esposa- -V a a pasar la frontera L i t i s y entonces todo h a b r á concluido. -dijo el anciano. Si le hubiese detenido le h a b r í a obligado a decir dónde se esconde- -E l L i b r o Santo permite al marido que haga lo que quiera de Basilis, en tanto que ahora... su mujer- -replicó el beréber con voz fiera. E l jeque se sonrió con picardía. -Recurres a l C o r á n sin conocerlo y sin entender las palabras- -M i r e usted a ese hombre- -dijo indicando con la mirada a del gran Mahoma, ¡rodeado de gloria sea su nombre por los siglos Djani, que salía de su tienda- E l aniquiló por completo a la carade los siglos! -dijo el jeque. vana de Litis. E l indígena estaba callado. E l conde de Ramencourt se acercó de un salto al polaco de bigote- ¡Ó y e m e mumeno! -prosiguió Ibrahim- V o y a juzgar tu rubio y enmarañado y le estrechó l a mano. causa como si yo fuera el Halcón del Desierto, que es un hach- ¡Gracias, gracias -exclamó- ¡E s usted un valiente! piadoso y bendito. ¡Escucha! ¿Q u é dice... ¿Q u é le ha dado... -murmuró Djani, sorpenSacó el Corán de una cartera de cuero que llevaba a la cintura di Jo. y leyó: Usted destruyó a la banda de esos secuaces de L i t i s! ¡A h o r a (Se contmmré. ya estoy tranquilo! Basilis. debe, seguir en el Sahara y no se nos a