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tivo, sonríen abiertamente. E l uno con una risa apretada, blanca de dientes limpios. E l otro con una boca desdentada y obscura, de t r a g a n i ñ o s satisfecho. E n l a r i s a- -o en ia sonrisa, pues resulta difícil limitar -de las dos celebridades actuales hay u n secreto a voces de gran accidentalidad. A primera vista ninguna de las dos expresa nada doloroso. Ü n franco optimismo de zarzuela bulle por las clos expresiones. Pero, siguiendo ideas anteriormente adquiridas, se nos antoja que tras esas jocundas figuras dos ca- minos diferentes han sido necesarios para conmover los músculos de l a cara. E l indio libertador, que se cose su propia túnica y lleva sus alimentos en u n eestillo para asistir a l a Conferencia de l a T a bla Redonda es el dolor de u n- pueblo hecho carne. Sacrificio a una idea constante de reivindicación serena, civilizada tanto como cualquiera otra, tranquila en sus procedimientos. Resulta inexplicable esta concordancia del caudillo de multitudes con el payaso de multitudes. P e r o ¿y Chaplin? N o puede haber nada m á s triste, si se analiza, que l a sonrisa franca de Charlie. E l tiene al mundo cogido por e l resorte de l a carcajada. E s cierto. Pero si- su inteligencia y su razonamiento están de. acuerdo, nada m á s triste que esa posesión del resorte de l a carcajada universal. E s el conocimiento del aspecto real de cada tino a t r a v é s de las muchedumbres que van. a l cine. Y ese individualismo tiene que dejar los residuos m á s implacables. Nunca se sale contento de una película de Chaplin. Necesitamos olvidar el desenlace y acordamos de tal o cual escena para alegrarnos, porque el final es siempre desilusionante, melancólico, U n hombre que dirige sus propias producciones con ese procedimiento tiene forzosamente que comprender lo que es l a verdad. Que Charlot se deje fotografiar quinientas veces en diferentes compañías, desde el lord aristocrático, que le. invita a u n garden- pariy, hasta el político activo, que se lo encuentra a la salida del Parlamento, no tiene nada de e x t r a ñ o Pero que Gandhi- -el austero- -se deje retratar otras quinientas veces, afeitándose, desayunando, durmiendo con los ojos abiertos, como las liebres según recuerdo de aquella nana) -o en compañía de A g a- K h a n es y a l a época entrando de lleno en una vida que pretende ser otra cosa. Hubo un tiempo, hace unes treinta años, en que se pusieron de moda unos reportajes fotográficos del m á s absurdo gusto. N a dar fué un prodigio en estas informaciones. Se visitaba a u n personaje célebre y se le hacía hablar unos minutos sobre política, sobre Filosofía, sobre Hacienda. E l personaje posaba teatralmente ante l a m á quina, y en diferentes actitudes, todas ellas teatrales, exponía sus ideas al público lector. Hombres serios, aparentemente, no se desdeñaban de exponer de esta manera su seriedad. Exponer en el sentido de arriesgar. Los que habíamos visto esto en colecciones encuadernadas del fondo de la biblioteca- creímos que y a no pasaría m á s Pero todo renace. E s posible que aquellos señores entonces, y Gandhi ahora, lo hagan por favorecer l a causa. E x t r a ñ a palabra ésta. P e r o qué indican, a l fin y a l cabo estas exhibiciones sonrientes? N o sé con exactitud. M a s las fotografías de Gandhi y Charlot reunidos, risueños, alegres, son l a m á s cara de l a época. A l g o por el estilo de esas veces cuando hemos reído un rato, y luego, al serenarse la explosión, decimos: N o sé cómo tengo ganas de r e í r m e E n efecto, en todos esos retratos parece surgir detrás un cartelito muy moderno, que dice con serios caracter e s N o sabemos cómo tenemos ganas de reírnos. Pero sería peer no r e í r Y eso sí es cierto. JOSÉ M A R Í A SOUVIRON Eddie Cantor, tratando de encontrar una estrella para su próxima película, visitó un restaurante neoyorquino. Allí encontró a miss Adela Bailey, de diecinueve años, con la que aparece en esta foto obtenida durante la prueba cinematográfica- el protagonista de E l sastre Botines. Si el ensayo resulta bien, miss Bailey será la primera figura femenina del nuevo film (Foto Marín. Paras, octubre, 1931. Las playas californianas se han enriquecido con una nueva y encantadora soberana: la reina de la arena. He aquí a miss Joyce Compson, la graciosa actriz cinematográ fica, que ha conquistado este título, disputado, enconadamente por todas las muchachas de la colonia hollywoo dense. (Foto Keystone.