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N O V E L A P O R FERDINAND (CONTINUACIÓN) 083 EN 830 WSÜI ¡OH, hombres! Temed a Dios, que os creó a todos como descendientes de un solo hombre. Con el cuerpo de aquel hombre creó Dios el de su comrmñera. y desde aquella pareja de seres se multiplicaron las mujeres y los hombres. Temed a vuestro Dios, al cual rezáis; respetad el seno que os ha llevado, y Dios os proteged Los hombres y las mujeres que practican el bien y conservan la fe irán al paraíso y recibirán la recompensa entera. Así se expresa el Profeta en las suras del capítulo cuarto del Santo Libro. ¿Cómo puedes, inumeno, sin ofender a Alá y a su Profeta, maltratar a la madre de tus hijos, descendiente de nuestro padre común, de Adán; a la madre que puede entrar contigo en el paraíso? E l beréber no contestó. -Un jinete bueno y sabio no pega a su caballo por temor a que se vuelva débil o desmedrado. ¿Por qué has de pegar tú a tu mujer, cuya desesperación puede impulsarla a matarte o a matarse ella, con lo cual provocaría las iras de Alá? E n verdad os digo, mámenos, que nuestro jefe tiene mucha razón cuando proclama la necesidad de respetar a las mujeres y reconocerlas los mismos derechos que tenemos los hombres hace tanto tiempo, para garantizar el poder, la pureza y la libertad de los hombres fieles a la doctrina del Profeta. Nuestras madres y nuestras esposas dan hijos al mundo, y sus hijos son luego guerreros, hachs, marabutos y talebs. ¡Porque esa es la voluntad de Alá, mumenos! -proclamó a espaldas de la multitud una voz firme e imperativa. Todos se volvieron. En su caballo, cubierto de espuma, estaba allí eí Halcón del Desierto. Sin contestar a las aclamaciones de la muchedumbre levantó la mano y dijo: ¡Los hombres no pueden obligar a su corazón a amar, pero sí a ser justo y caritativo! Si quieres separarte de tu mujer, entrégale lo que le debes, con arreglo a la ley; si no puedes, consérvala en tu casa y pórtate de manera que no haya odio ni desesperación en tu alma. Alá ha dado a la mujer, no sólo el alma, sino el sentido común; dirígete a ellos y ella misma te ayudará y te dará consejos. -Así lo haré, hach y jefe- -dijo el indígena, prosternándose. ¡Que Alá te proteja, sidi! -exclamó la mujer- ¡Que brille el sol siempre en tu alma, sidi bueno y justo! E l capitán Ramencburt comprobó con satisfacción el efecto de la sentencia de aquel hombre bajito, de pálido rostro y ojos encendidos y le costaba trabajo creer lo que estaba viendo. E l beréber y su mujer se fueron en paz. Los guerreros se agruparon en torno al Halcón del Desierto, el anciano jeque se prosternó ante él hasta besar el suelo. ¡Has regresado, jefe, has regresado! -repetía- ¡M i alma se moría de dolor, durante tu ausencia! E l Halcón del Desierto le obligó a levantarse y le abrazó. Por último, el venerado jefe vio al capitán. Después de examinarle con la mirada, se acercó a él. -Me satisface mucho que haya usted aceptado mi invitación- -dijo sencillamente. E l conde de Ramencourt le tendió la mano. ¡Soy desde hace poco amigo y aliado de usted! -contestó. -Tenga usted la bondad de entrar en mi tienda, capitán. Tenemos que hablar. p carneros. Entonces fué cuando los cristianos, reunidos en comunidad y huyendo de las persecuciones de Roma, fundaron en aquel sitio una ciudad a la cual dieron el nombre de Fides. Acaudalados patricios romanos y señores de todas las provincias del vasto Imperio convertidos a la doctrina del Salvador construyeron palacios en la nueva ciudad, que se desarrolló con una rapidez sorprendente. A la manera de las ciudades romanas, Fides tuvo muy pronto su Forum y hermosos templos donde, en lugar de estatuas de Júpiter, había cruces, emblema de la pasión del Mesías y de la redención de la Humanidad. Multitudes de fieles perseguidos en Cartago, Cirta, Sfax y Timgad se dirigieron a la comunidad de San Saturnino, y aumentaron la población de la ciudad. Cuando cayó Roma y se desvaneció por completo su prestigio, los bárbaros africanos y las hordas llegadas de Oriente y de Occidente, godos y vándalos, devastaron las ciudades de los ex dueños del mundo en el África septentrional, en la Mauritania cesárea y en la Mauritania tingitana. La misma suerte infligieron a Timgad y a las ciudades y fortalezas romanas situadas en el Sahara, los pueblos nómadas del Sur. Fides no se libró de aquellos saqueadores. Los habitantes de la comunidad de San Saturnino fueron degollados y la ciudad saqueada e incendiada. En nuestros días pueden verse aún, en los palaciosde los sudaneses ricos, columnas de mármol, mosaicos y objetos de arte procedentes de Fides. En el transcurso del tiempo se secó el Sahara y cubrió de nubes de arena movediza las llanuras de Tassita; agotáronse las pendientes de las montañas y cubrieron con su casquijo las ruina 9 de la ciudad. Y a en el siglo i x el viajero árabe Galzil Azren, que exploraba el macizo de Tassita, no vio huella alguna de Fides, y sólo cien años después, cuando el viento se llevó parte de la arena, salieron a la luz algunas columnas del antigua Foro y una pared de la basílica. No pasó mucho tiempo sin que el simún volviese a sepultar bajo otra capa de arena el esqueleto de la ciudad muerta. En las ruinas de esta ciudad, de la cual ha olvidado el mundo hasta el nombre, se había escondido la caravana de Basilis. Los vestigios de Fides, nunca visitados por ningún europeo y de los cuales se alejaban los nómadas con supersticioso terror, estaban rodeados de verdadero misterio. En efecto, pudiera creerse que unas fuerzas subterráneas los hubieran desembarazado de las capas de arena y piedras que los cubrían, pues la ciudad casi entera aparecía ya sobre la superficie del suelo. Columnas magníficas de mármoles y de granito, coronadas por capiteles soberbios, erguíanse rectas hacia lo alto. Paredes impo- nenies de piedra esculpida, gris o roja, recortaban sus obscuras siluetas sobre el fondo apagado de las montañas. Acá y acullá sobresalían de entre la arena piedras que habían estado empleadas anteriormente en la pavimentación de las calles, en las alcantarillas y en los canales subterráneos. Por algunos de los canales todavía pasaba en abundancia el agua traída en otro tiempo de los manantiales que brotaban en las apartadas montañas. En la basílica y en otros templos subsistían los mosaicos del suelo; sólo habían desaparecido las estatuas colocadas en las hornacinas, robadas o destruidas por los bárbaros. Todavía adornaban las paredes inscripciones antiguas, griegas y romanas, y en diferentes sitios se alzaban varias cruces. ¡Aquí fundaremos nuestra capital! -dijo Azis, entusiasmado. -A condición, de que no sea para mucho tiempo- -rmurmuró Basilis, y, sonriéndose amablemente, añadió- ¡Las bellas señoritas que nos acompañan se aburrirían aquí, probablemente, al no tener teatros, ni dancings, ni tennis siquiera! CAPITULO X En las ruinas de Fides. En los comienzos de la Era Cristiana ofrecían los montes de Tassita un aspecto muy distinto del que actualmente tienen. Grupos de esbeltas datileras y de olivos plateados cubrían sus suaves pendientes, en las cuales pacían tranquilos numerosos rebaños le ovejas y Se continuatá.
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