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HO ELA, P O R FERDl ASSD O S S É N D O W S K I (CONTINUACIÓN) -Evidentemente; pero, aún así, ellos son seis y nosotros dos. -Cierto- -asintió Azis- Pero podemos enterar a los perseguidores del sitio donde pueden encontrar a Basilis... ¡Eres discreto como Ben Akiba, noble y venerable Azis ben Hazel! -dijp Mosul- Y o te ayudaré en tus designios... Y si conseguiiMOs sembrar el terror en el alma de los criados de Basilis... ¿Qué te parece? ¡Buena idea! Voy a probar... Espérate... Sigue acostado y sin hacer ruido. Lo pensaré. Azis estuvo reflexionando un buen rato; por esto, cansado de esperar inútilmente el término de sus meditaciones, Mosul se quedó dormido. Y a había salido el sol, dorando las peladas cimas del macizo de Tassila, cuando despertó y salió de la tienda Mosul. Púsose a rezar con la cara vuelta hacia el astro del día e invocando fervorosamente a Alá, a quien pidió que le preservara de peligros. Terminado el rezo, vio a Azis discutiendo con los criados del sirio, y se acercó a ellos con el oído atento. -He dado la vuelta al campamento- -decía el zorro viejo, asustado- -y voy a comunicaros una noticia de la cual no hay que decir nada todavía a nuestro noble sidi ¡que Alá no apague nunca la luz de la alegría y de la bondad en su alma! para que no Se alarme. ¿Qué ocurre? preguntó uno de los sirios. -He visto huellas de dos hombres... Venían del lado del Hog gar y llegaban a la cima de estas montañas... Parece que aquellos hombres se acercaban a paso de lobo, pues sus huellas no eran profundas. Permanecieron algún tiempo en la cumbre, examinando nuestro campamento. ¿Quiénes pueden ser? ¡Oh, nobles extranjeros! No ignoráis que los enemigos del noble sidi, vuestro amo y nuestro también, han jurado luchar contra él. Le buscanjos franceses y los nómadas que manda el Halcón de Desierto... Y ¿quién sabe? ¡Acaso le persiguen otros destacamentos más! ¿Nos habrán visto? -Me parece que todavía no... En la vertiente opuesta no hay tiendas ni camellos... Sin embargo, han podido vernos... -murmuraba Azis, más asustado a cada momento- Vamos a perecer, y Mosul también, a causa de nuestra lealtad al noble. sidi... ¿Y nosotros? ¿No te acuerdas de nosotros, puerco viejo? -exclamaron los sirios. -Vosotros sois extranjeros y el caso es diferente. Nosotros no podemos ayudar impunemente a la gente perseguida por los franceses. ¡No haces más que graznar, capón cebado, sin aconsejarnos nada... -No puedo dar consejos. Moriremos todos defendiendo al bello y generoso sidi Sergio Basilis ¡ojalá el eterno Alá le... -murmuró el buscador de tesoros haciendo un guiño a Mosul. ¡Vete al diablo con tu Alá! -le interrumpió uno de los criados- No nos importa nada su causa. E l tal sidi es un bribón que gara mucho dinero, en tanto que nosotros arriesgamos nuestra vida. -Ese es nuestro deber, fieles servidores, y también es un consuelo a la hora de la muerte y un mérito para con Alá- -añadió Azis ton recogimiento, alzando al cielo las manos. -Un consuelo tan estúpido como esa cabeza pelada que llevas sobre los hombros, y en cuanto al mérito para con Alá, me tiene sin cuidado- -replicó el sirio dirigiendo una mirada ceñuda a sus compañeros. -Lo mejor es. que nos vayamos. Que se queden solos Basilis. y Axius. No tengo deseo alguno de que me encierren en la cárcel por culj- i suyc ¡Es natural -asintieron los otros. -Este asunto de las mujeres blancas va a dar lugar a gué ños, ahorquen, a que nos atraviesen a balazos o a que funcione para, nosotros una máquina que vi en el patio de la cárcel de Bel Abbés y que corta las cabezas humanas mejor que los tuaregs las de los, carneros ante el Bayram- -añadió Azis, fingiendo exrraordinariq terror. -Hay que huir; no queda otro remedio- -repetía el sirio. -Nos detendrán en seguida los jinetes del Halcón del Desierto. Ya nos buscaron en Tamanrasset. Parece que andan buscándonos por todas parte. s. Y a habríamos muerto si no hubiese borrado ues tras huellas el simún. -Entonces ¿qué hacemos? -murmuraron los sirios. -No podemos hacer nada- -suspiró Azis- Moriremos tódos, ¡todos! Mosul sollozaba con tanta aflicción, que el mismo Azis se quedó asombrado. E l mofletudo mozo decía sin dejar de llorar: ¡Oh, sabio Azis ben Hazel! Vete a ver si hay hombres por; estas cercanías y averigua de dónde vienen. Sólo así podremos buscar el medio de salvar la vida y la fortuna del noble sidi, nuestro amo y bienhechor. ¡Ese es un buen consejo! -exclamaron los sirios- ¡Coge el meharí de Kalinissa, que es el más veloz, y vete sin tardanza! ¡Si os empeñáis, lo haré! -dijo como resignándose Azis, y; se fué a su tienda. -Llévate las cosas de la señorita a, quien raptamos nosotros y; ve dejándolas caer por el desierto. ¿EcSSendes, Azis? E l beréber viejo se limitó a guiñas los ojos y a chasquear la lengua, en señal de comprensión. Mientras Azis ensillaba a su cameKo, Mosul le dio su albornoz, un pañuelo, un trozo de chai y algunas hojas del cuaderno que Irene le había entregado al ponerla s 3 corriente del designio de los guías. Todo esto ocurría a pocos pasos del poderoso y cruel Basilis de su compañero y amigo el astuto Axius. Ambos mercaderes se daban cuenta de. que se habían metido ea una aventura muy arriesgada al raptar a un grupo entero de muchachas extranjeras. Pero apenas llegaron a las ruinas de Fides sé sintieron tranquilos. E l campamento, instalado entre las ruinas de una ciudad desconocida, tenía que pasar inadvertido para las pesquisas más perspicaces. En esta confianza mataban el tiempo comiendo, fumando y bebiendo coñac, que Basilis llevaba siempre consigo. No salían de fcir alojamiento y charlaban perezosamente acostados sobre varios almohadones. En cambio Mosul. exploraba por costumbre los rincones y! as grietas de las cimas. Rondando por todas partes entró en un templo pequeño medio cubierto de arena, y se quedó sorprendido al ver que el suelo estaba intacto, así como un mosaico que representaba a Abraham levantando el brazo armado con un cuchillo sobre la cabeza de Isaac. Pero lo que más le regocijó fué ver unas lámparas de cobre, cubiertas de cardenillo, pendientes de la bóveda, unos candelabros y unas estatuas de mármol que estaban en sendos nichos junto al altar devastado. De pronto se oyó un gemido en el templo, repetido bajo la bóveda, por los lejanos rincones de la nave. Mosul se estremeció y puso oído atento. E l quejido se repitió, seguido de alaridos apagados, de lamentaciones lejanas, de ruido de cadenas y, por último, de gruñidos y de gritos ahogados comQ el rumor de un- mar revuelto. Se continmr t.
 // Cambio Nodo4-Sevilla