Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
D O V E L A P O R FERDINAND (CONTINUACIÓN) SSEITOOWSK 1 E l buscador de tesoros se quedó tranquilo y sonrió. Hacía mucho tiempo que vagaba por las ruinas de ciudades antiguas de Argelia y de Marruecos, y conocía el sonido misterioso que llenaba de espanto a los no iniciados. Sabía que por las galerías y canales subterráneos de las ruinas se metían los últimos soplidos del viento del desierto, que los gemídos y los gruñidos los producía el agua que circulaba por. los canales arrastrando consigo piedras, y que el ruido que éstas hacían, repetido por el eco, se convertía en gritos y clamores. Mosul, impulsado por la ambición y el instinto de los buscadores de tesoros, se aventuraba con frecuencia por aquellos laberintos subterráneos. Espantando a las serpientes, a los murciélagos y a las ratas, había descubierto poco a poco las causas de aquella sinfonía infernal. A l salir del templo adoptó una expresión de ansiedad y misterio conjuntamente, y se dirigió al edificio donde se albergaban Basilis y Axius. Iba allí por primera vez. E l montañés del Sur custodiaba la entrada. Quisiera ver al sidi- -manifestó humildemente Mosul. -Espera. ¡Voy a ver si quiere recibirte- -refunfuñó el montañés, dirigiendo miradas recelosas al joven beréber y desapareciendo por la puerta. A l cabo de un instante estaba de vuelta. ¡Entra! -gruñó. E l visitante penetró en el edificio y se vio en seguida ante Sergio Basilis, que estaba muellemente tumbado en unos cojines. Sentado junto a él estaba Axius. ¡Alá conceda a íos generosos sidis salud, felicidad y largos años de gozo! E n el nombre de sidi Bu Medina, patrón de Tleme n en el nombre del poderoso Muley Dris, a quien los peregrinos que llegan a Fez rodean de veneración; en el nombre de sidi Okba, que hace siglos propagó la doctrina del Profeta, imploro al todopoderoso Alá para que mi mensaje no siembre el temor en el corazón de los ilustres sidis. -De todas maneras, tengo que comunicarles lo que sé... E l hermoso y dulce rostro. del sirio adquirió repentinamente expresión de maldad y de miedo. -Habla pronto- -dijo intranquilo, dejando a un lado att enorme cigarro. ¡Qué hiena! -pensó Mosul. L a comparación era acertada, en efecto, pues los rasgos característicos de aquellos salteadores del desierto eran la crueldad y la cobardía. -Sidi- -empezó a decir Mosul- vigilando por la seguridad del campamento visité las ruinas. E n uno de los templos oí gemidos y gritos humanos... Puedo enseñaros el sitio, sidis. Después de cruzar una mirada, Basilis y Axius se levantaron y cogieron unos revólveres. -Llévanos adonde sea- -ordenó el primero de ellosi No tardaron en entrar en un templo pequeño medio a obscuras. E l viento y el agua rugían allí espantosamente por los estrechos pasos subterráneos. Palidecieron ambos hombres y les temblaron las manos, que empuñaban sendos revólveres. Hombres más animosos que los mercaderes sirios se hubieran aterrorizado con lo que ocurría en aquel obscuro templo. Bajo su bóveda resonaban extraños alaridos que se confundían con gemidos y gritos prolongados. Luego, al cabo de un instante de silencio, se oyó ruido de cadenas y de voces lúgubres que parecían rugidos amenazadores de una muchedumbre distante. Parecía que unos seres invisibles estuvieran gimiendo palabras desconocidas que se infiltraran al través de las hendeduras de las pa- redes y recoman el suelo, adornado con ricos mosaicos, unos pasos insólitos. ¿Qué es eso? -murmuró Basilis con los labios pálidos y mu rando, acobardado, a Axius. -No lo sé- -contestó éste- Hombres... Mosul, que se había acercado disimuladamente a los dos mercaderes, fingió que estaba temblándole todo el cuerpo. -Sidi... no son... no son hombres... Unos buscadores. de tesoros, ya viejos me contaron que habían visto ciudades pobladas por espíritus... ¡Indudablemente esos son espíritus de los antiguos habitantes de la ciudad, espíritus de hombres asesinados o muertos de hambre y de desesperación, sidi! Ahora se quejan de su martirio, dicen el nombre de sus verdugos, los persiguen dirigiéndoles imprecaciones terribles. Arrastran sus cadenas y se reúnen en grupos, esforzándose por llegar a la superficie de la tierra para vengarse degollando a los que hacen daño a los demás... ¡Sidi, buen sidi; son espíritus que rebosan odio y están sedientos de sangre! Los sirios salieron del templo apresuradamente. Su guía se reía so capa de haberlos asustado con una leyenda muy conocida en Argelia. ¡Esas voces os perseguirán por todas partes, os quitarán el sueño, perros infieles, repletos de iniquidades! Mosul había acertado. Basilis y Axius estuvieron toda la noche con el oído en acecho. E l simún soplaba con mucha fuerza y. producía infinidad de resonancias en el ruinoso edificio. Sobre la ciudad se elevaban torbellinos de arena; el viento danzaba entre las paredes silbando y rugiendo, y caían al suelo con estrépito fragmentos de cornisas y de capiteles. Basilis decía a su compañero en voz baja: ¿Qué te parece de ésto, amigo de mi padre? ¿No serán las almas de las mujeres que hemos raptado y vendido? Es fácil que hayan acudido aquí para vengarse, degollándonos, arrancándonos los ojos y bebiendo nuestra sangre. Axius callaba, lívido de terror. Tenía las manos húmedas, sudorosas, el corazón frío y el blanco cabello erizado. -Hemos obrado mal- -prosiguió Basilis, abrumado de remordimientos por primera vez en su vida- Nuestra fortuna se basa en la injusticia, las lágrimas y las maldiciones... ¡Pero juro por las llagas de Jesucristo y por las lágrimas de su Madre que no volveré a raptar mujer alguna, ni negra, ni mulata, ni blanca! En adelante consagraré mi vida a hacer el bien, como mi padre. Se acordó de la figura del anciano tuerto, con el rostro amoratado e hinchado, ahorcado con una correa... Se estremeció y se puso a rezar... Los dos sirios se pasaron aquella primera noche presa del terror y de los remordimientos. Mosul contó a Azis su conversación con Basilis y el espanto de los sirios. E l buscador de tesoros soltó la carcajada, murmurando: ¡Mosul, Mosul! No eres tan tonto como yo me figuraba. Hasta creo que tienes ingenio... Si no mueres joven a manos del verdugo, lograrás una buena vejez y tus convecinos te llamarán sidi... ¡Has echado en el alma de estos mercaderes un puñado de venenosos escorpiones... E l viejo zorro se reía a más reír y, por último, dijo: -No he visto en el desierto nada sospechoso; pero aun así iré a meter miedo a los criados de Basilis. Les contaré que estamos cercados y que les espera la guillotina. ¡Una magnífica guillotina recién pintada y bien afilada 1 (Se continuará.