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N O V E L A POR F E R D I N A N D CCONTIJS tTACION) OSSENDOWSKi CAPITULO XII crimen frustrado. Un Los mercaderes sirios, algo intranquilos, se quedaron muy satisfechos cuando al día siguiente vieron entrar a A z i s ben Hazel. Después de muchos saludos, cumplidos y bendiciones manifestó éste con indiferencia: -Tus prisioneras, venerable sidi, son obedientes y están tranquilas y entregadas a la m á s intensa desesperación. Y a no piensan en h u i r y me encargan de someterte una humilde petición suya. ¿Q u é es ello? -preguntó Basilis, levantando sus ojos apagados y rendidos. -Solicitan, noble sidi, permiso para salir del alojamiento que ocupan, custodiadas por m í y por M o s u l con objeto de hacer ejercicio y respirar el aire libre. -Bueno, que salgan- -accedió el sirio- ¡Pero cuida de que no se escapen! ¿Y adonde habían de escaparse? Todas ellas saben perfectamente que su fuga sería l a muerte. E l buscador de tesoros se alejó después de prosternarse, y no dejó d é examinar atentamente a l montañés que estaba a la puerta. Poco después las cautivas de Basilis se paseaban por los alrededores de las ruinas del inmenso edificio. Irene les refería la historia de las ciudades antiguas de África. A poco rato se unió a ellas Georgina de Rostand. -Allí, junto a l a tienda- -les dijo- hay muchos papeles que han servido de envoltura a cosas de ese odioso Basilis. P o d r í a m o s utilizarlos para enviar noticias nuestras al desierto. A y e r los buscábamos inútilmente. Se acercó con resolución a los criados sirios, que estaban parados junto a l a tienda, y les pidió papel y bramante, que ellos le dieron sin replicar, influidos por el miedo que les inspiraron. las palabras de A z i s Irene construyó una cometa, ayudada por la inglesa Jenny. U n a vez hecho el juguete, l a estudiante dibujó en él una cabeza que se parecía mucho a l a de Basilis y escribió algunos datos acerca de la probable s i t u a c i ó n d e l a ciudad en ruinas, poniendo, además, los nombres de sus compañeras de cautiverio. -T o d a v í a no basta- -opinó Jenny con mucha seriedad, y añadió con lápiz las tres letras S. O S. petición radiotelegráfica de los buques en peligro. -r- i Buena idea! -dijo Irene- C o n tal de que el Halcón del Desierto y F a g i t sepan lo que significan esas letras. -S i el Halcón del Desierto es un caballero, debe saberlo- -argumentó M o l l y Y a preparada l a cometa, Betty Crawford la echó a volar hábilmente, y cuando entre zumbidos y saltos bruscos, dando vueltas y haciendo zigzás se elevó a buena altura, Betty soltó la cuerda que la sujetaba. L a cometa desapareció rápidamente por encima de las montañas septentrionales. L a s muchachas echaron a correr, siguiéndola como si quisieran alcanzarla, y no lo lograran. Luego hicieron flechas de papel y las dispararon y las persiguieron. Algunas de ellas fueron arrastradas por el viento hacia el Sahara. -E l n ú m e r o de telegramas que hemos enviado al Halcón del Desierto es considerable- -dijo Georgina, riéndose y orgullosa con su ocurrencia. -S i no viene ese caballero- -anadió Isabel Cortes- creeré que IM sabe leer. ¡O que es miope! -opinó E m i l i a Wolfheim. ¡O que no es caballero! -concluyó M o l l y con voz firme, i- ¡N o digáis tonterías! -protestó Margaret Irying- N o es anal fabeto ni miope, sino un caballero y, según parece, ¡un caballero enamorado! Sorprendida Irene por aquella salida de tono, se ruborizó mucho, circunstancia que aprovecharon sus compañeras para embromarla al mismo tiempo que l a acariciaban. ¡N o lo niegues! -exclamó Betty- L o sé todo. Anoche, como no podía dormir, te oí suspirar soñando. De fijo que pensabas en él. -E l amor es el sentimiento m á s bello, m á s admirable del mundo- -dijo la española con los ojos encendidos. A ú n quería protestar Irene, cuando en la parte del edificio donde residía Basilis sonaron gritos de mujer, ruido de lucha y pasos de gente que corría. P o r el estrecho pasadizo que se abría entre las paredes salió corriendo l a alta y esbelta montañesa raptada por Basilis en las cercanías de Tarudant. E l enorme susi l a perseguía con una cuerda en l a mano. N o ignoraban las europeas que en una de las. tiendas estaba presa una beréber joven. S u voz amenazadora y sus tristes imprecaciones habían llegado a sus oídos con frecuencia. Pero desde que se encontraban en Fides no habían vuelto a oírla, ni Mosul, a quien preguntaron, pudo darles noticia alguna. Sólo suponía que Basilis la tenía bien guardada muy cerca de allí. i L a montañesa corría gritando, con l a camisa desgarrada y el cabello en desorden. S u rostro expresaba intenso terror. Y a iba a alcanzarla el m o n t a ñ é s pero, a pesar de ello, logró la fugitiva llegar junto a las mujeres blancas y e x c l a m ó anhelante: -E l perro blanco que me raptó en nuestras montañas ordenó a este hombre, cuya traición v e n g a r á n cruelmente mis hermanos, que me llevase a su lado. ¡Q u i s o besarme con sus odiosos labios de basilisco y hablarme de amor! L e rechacé y eché a correr. Entonces mandó que me ataran y me llevasen junto a él nuevamente. ¡Defendedme! -gritaba la hermosa muchacha, retorciéndose las manos- Y si no podéis defenderme, clavadme un puñal en el c o r a z ó n pero pronto, ¡en seguida! -Tranquilízate- -le dijo Irene, que era la única que entendía sus palabras- E s t á t e callada y espera. ¡Nosotras te defenderemos 1 Dicho esto, la estudiante avanzó. -1- -Detente, mal hombre, que persigues a una mujer de tus mont a ñ a s! -d i j o en tono amenazador. I E l susi se acercó poco a poco, dirigiendo sombrías miradas a Irene. j- ¿Sabes que por tu fechoría perecerás como un perro a manos de los parientes de esta mujer? ¡M o r i r á s de una muerte espantosa! ¡L a muerte está muy lejos t o d a v í a! -g r u ñ ó el traidor, acercándose más. i ¡Ten presente que cuando te cojan los franceses no te perdonarán sus balas! ¡O j a l á ahoguen los chins malos a los franceses, que invaden nuestras montañas y convierten en criados suyos a nuestros principales caídes! -vociferó el montañés rechazando a Irene y blandiendo ia cuerda. ¡A l t o ahí! -dijo Betty Crawford y, con su menuda mano armada con un revólver, se dirigió hacia el agresor. E l susi rechinó los dientes y dio un salto hacia adelante. U n chasquido como el de un latigazo resonó sordamente. E l montañés, herido de un balazo en la frente, se desplomó. Las muchachas se miraron aterradas. P o r un lado acudían los criados sirios, y Mosul, seguido de A z i s por otro. Poco después llegaron los dos mercaderes, enterados de lo sucedido. ¿Q u i é n ha matado al guía. -preguntó Basilis. 1 ÍSe cfintinjiará.