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NOVELA, PÚR FERDBNAÜD- O S S E N D O W S K i (CONTINUACIÓN) -E l centinela vigila bien- -dijo con naturalidad a l bajar tran- -Antes entablaremos negociaciones acerca de nuestro rescate quilamente de su observatorio por los salientes de piedra. -aconsejó Emilia. -A ú n nos queda el túnel Rostand -recordó Betty. -M i padre dará sin dificultad un millón de dólares, y tal vez- -Reservémosle como último recurso y esperemos los acontedos. -dijo Margaret. cimientos- -dijo Irene. Las cautivas recobraron, al mismo tiempo que las fuerzas, la Empezaron unos días muy penosos para las prisioneras. L a es- alegría de vivir, y el deseo de luchar. peranza cedió el puesto a l a desesperación. Irene, como de m á s edad y m á s resistente, secundada por E m i l i a Wolfheim, mantenía los ánimos de sus compañeras. Aquélla no podía menos de admirar la CAPITULO XIII energía y l a fuerza de voluntad de la alemana. L l e g a el s o c o r r o S i n embargo, el hambre iba diezmando las fuerzas de las cautivas y sumiéndolas en una lúgubre desesperación. P o r momentos De todas partes acudían mensajeros al campamento del Halcón se negaban a quedarse de guardia en l a puerta. Y con mucha fredel Desierto. E l príncipe Ibrahim participaba que por la frontera cuencia las reemplazaban E m i l i a e Irene. italiana no había pasado caravana de ningún género, n i jinetes L a española y l a italiana, tan exaltadas en los momentos felices sueltos tampoco. L o s notables de las tribus nómadas o sedentarias como en los desgraciados, eran las que m á s sufrían. comunicaron que no habían visto por n i n g ú n lado huellas de los Liliana, desesperada, se retorcía dolorosamente las manos, murextranjeros a quienes sé buscaba; las fuerzas de Caballería que surmurando con trágica v o z caban el desierto en todas direcciones regresaban sin haber visto- -V o y a ir a ver a Basilis y a pedirle que os perdone. Para mi ningún viajero en el Sahara, donde seguía imperando el simún. ¡ya. no hay m á s solución que l a muerte. E l Halcón del Desierto dijo al conde de Ramencourt: Dos días después fué Isabel Cortés quien dijo con exaltación: -Siguiendo la pista de dos camellos y las hojas de cuaderno- -Vamos a m o r i r pero antes tenemos que vengarnos... V o y a esparcidas por la polaca raptada, he llegado a las primeras estribaver a ese granuja, y en cuanto intente abrazarme le atravesaré con ciones de las montañas de T a s s i í a pero el simún nos obligó a mi puñal... Nabba y a mí a retrooceder por nuestros, propios pasos. Estoy seguro A Irene le costó mucho trabajo disuadir de tales propósitos a de que allí es donde s é ha escondido Basilis. H a y que ir a ese sitio, sus compañeras. necesariamente. H e de entregar a esa gentuza a l a justicia franceGeorgina, pálida y débil, no dejaba de buscar aumentos. sa; pero me interesa mucho que quede a mi disposición el mercader- -Acaso en l a galería subterránea haya ranas, ratas u otros sirio... E s lo único que pido. ¡animales- -decía- Durante las guerras los soldados comen a veces Accedió el capitán; pero el destacamento, constituido por espacuanto encuentran a su alcance. L o s parisienses comieron ratas y híes franceses del fuerte de Pblignac y gente de Caballería del H a l ratones durante el sitio. cón del Desierto, no pudo ponerse en marcha porque el simún azo- ¡B u e n a idea! -aprobó E m i l i a- V e a dar una vuelta por el taba violentamente todo el desierto. E r a imposible orientarse o destúnel, Georgina. Acaso encontrarás algo. cubrir unas huellas cualquiera. Además, los camellos y los caballos Betty exploró minuciosamente el subterráneo y sólo encontró sé acostaban en cuanto corrían unos cuantos metros y volvían la agua. cabeza, pues el viento les llenaba de arena los ojos y las narices. Margaret y M o l l y subían diariamente a l a ventana y escudriE r a tan espantosa l a tormenta, que, -ni aun los indígenas de m á s ñaban los alrededores esperando ver el auxilio tan inútilmente; edad recordaban haber visto ninguna parecida. Hasta en el camesperado. pamento, bien defendido por las montañas, se experimentaban sus U n a vez vio M o l l y a Mosul que le h a d a unas señas misteriosas. efectos. -Comunícale que necesitamos alimento, Molly- -dijo Irene- De esta manera soplaba el h u r a c á n desde quince días antes, e Indícale con un dedo la pared donde está l a entrada del subterrácuando llegó al campamento un beréber demacrado, flaco como una neo. Acaso no sea traidor ese hombre y pueda hacer algo por noshoja, de cara feroz y cruel, diciendo que quería ver al jefe. otras. Cuando estuvo ante el Halcón del Desierto se prosternó y dijo M o l l y se expresó con una mímica muy significativa, y tuvo la con voz cascada: impresión de que el mofletudo guía l a había entendido. -Soy guía del Gobierno. M e llamo Fagit B u K r i m y dirigía, Efectivamente, cuando fué de noche, Irene y E m i l i a oyeron con A b d Karat, l a caravana del capitán Motylinsky. H e dejado a ruido en l a entrada del canal. Alguien silbaba suavemente. m i compañero cuidando al capitán, que está enfermo, y m p r e n d í Jrene se asomó a l a abertura. l a caminata en busca de l a señorita, a quien raptaron. ví Plef he po. ¡S o y y d Mosúí! -dijo una voz- Traigo pan y azúcar. dido dar con ella por culpa del simún, y regresé al collado de E l Echad una cuerda para que lo ate todo y podáis subirlo. Ghilati; pero allí no había y a tiendas, n i camellos, n i equipajes, ni Echaron un chai y poco después las hambrientas cautivas masgente... N o sé lo que habrá ocurrido. H e buscado por toda la reticaban galletas secas y cebada tostada con sal y azúcar. De este gión, pero mis ojos no han podido ver huellas de nadie, pues el modo las avitualló M o s u l los días siguientes. simún ha cambiado el aspecto del desierto, y vengo a pedirte auxiY a era tiempo, pues las inglesas y las norteamericanas, acoslio, oh, jefe! tumbradas a una alimentación substanciosa y abundante, se desmeDiciendo esto, Fagit dirigía miradas suplicantes al Halcón del joraban- a ojos vistas, con gran preocupación de Irene. Desierto y al capitán Ramencourt. E n cambio l a montañesa se distinguía por su valor y su- generoAquél llamó a D j a n i sidad. Comía poco y escondía sus galletas y su cebada para dárselas- -Escoge cinco hombres de a caballo y vete a E l Ghilali. a Betty, que l a libró de manos del montañés. -Que vaya con ellos el sargento Lebon con diez espahíes- -aña- -Repondremos un poco nuestras fuerzas y los atacaremos una dió el capitán, noche- -decía Georgina- Como los socorros no llegan, hemos de bastarnos a nosotras mismas. Se continuará,
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