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NOVELA, POR FERDKNAND OSSEN DO WSKI (CONTINUACIÓN) ¿No Has visto hacia en él desierto, mmnenof- -preguntó a Fagit reanudaron su desenfrenada carrera. E l caballo que llevaba las proel Halcón. visiones cayó. Sólo se llevaron el barril de agua y siguieron ga- -Esto nada más- -contestó el beréber sacando de entre los lopando. pliegues de su albornoz un trozo de papel arrugado y roto, del cual Abría la marcha el Halcón del Desierto. Le seguía Fagit, propendía un bramante. curando rasgar con sus miradas el velo amarillo que ocultaba las Lo examinaron el Halcón del Desierto y el capitán, y de pronto cumbres de Tassila. E n último término galopaban el capitán y exclamaron al mismo tiempo: Nabba, estimulando a sus monturas, que flaqueaban. ¡Están en las montañas de Tassila, en las ruinas de una ciudad Por fin acortaron el galope de los caballos. E l Halcón del Dedevastada! sierto comprendió que habían llegado a las primeras pendientes d ¡No habrá simún, por violento que sea, que me impida ir en las tan esperadas estribaciones. su busca! -exclamó el Halcón del Desierto, saliendo apresurada- ¡Tassila! -dijo con voz resonante- de alegría- ¡Adelante, mente de la tienda. aunque reventemos todos nuestros caballos 1 E l capitán le detuvo. Continuó la carrera algún tiempo más, hasta que los cascos de- -Si usted se marcha, voy yo también. No necesitamos llevar los animales sonaron sobre el suelo duro y cubierto de piedras. soldados para castigar a esos granujas. ¡Nosotros mismos lo ha- ¡Alto! -gritó el Halcón del Desierto- Hay que buscar un remos! paso cómodo, porque los caballos, agotados, no pueden franquear, -Bueno- -asintió el Halcón, excitado- ¡Nabba! ¡Fagit! En- la cima. sillad los caballos del mismo modo que lo hacen los jinetes de LipDedicáronse a buscar un camino y no tardó Fagit en hallar una tako cuando reina el simún. Preparad también otro caballo con un garganta tortuosa que se hundía en el macizo. barril de agua y cebada para dos días. ¡Daos prisa! Por ella se metieron los jinetes y antes del mediodía se enconUna hora después salía del campamento la reducida caravana. traron en un llano rodeado de montañas. Los dos hombres llevaban la cabeza cuidadosa y firmemente E l empuje del viento llegaba allí muy debilitado a causa de l a envuelta en tela transparente, y sus caballos las narices rodeadas resistencia que le oponían las paredes rocosas, y los expedicionarios. de tiras de tela húmeda y los ojos protegidos por una redecilla de pudieron ver claramente los vestigios de la trágica y triste ciudad crin. Avanzaban rápidamente, luchando contra la violencia del y los camellos que pacían en las pendientes cercanas. L o que no simún. De cuando en cuando se llamaban uno a otro con silbidos, vieron fué hombre alguno. pues a cada paso dejaban de verse a pesar de que cabalgaban muy- -Están escondidos en las ruinas- -dijo el capitán por lo bajo. cerca. ¡Silencio! -exclamó Fagit, indicando con un dedo a un indíEugía el simún furiosamente. Parecía que el cielo y la tierra gena que salía de un edificio grande para ir adonde estaban los se fundían formando una nebulosa amarillenta y desmelenada atra- camellos. vesada por chorros de arena movediza. Tan pronto se dibujaban y Aquel hombre, después de ensillar uno de éstos, montó en él y desaparecían en su confuso fondo figuras espantosas y gigantesse encaminó a la garganta. cas, como se transformaban en un abrir y cerrar de ojos en seres Fagit se dejó caer de su montura y se fué a la entrada del despequeñitos, parecidos a menudos fantasmas como seres despiertos filadero, trepó, agarrándose a las piedras, hasta llegar a una roca y ágiles que corrieran y saltaran con un ruido apagado, dando ala- que lo dominaba y esperó. ridos, sollozando y profiriendo frases quejumbrosas y desesperaE l indígena, rechoncho y de corta estatura, iba muy abrigado das, o insensatas y terribles imprecaciones en un idioma desconocido. con su albornoz y se acercaba a la emboscada muy tranquilo. De A veces veían los caballeros, inclinados sobre sus monturas, apa- cuando en cuando oía Fagit su voz. Acaso estimulaba al camello recidos enormes que flotaban sobre el suelo y tenían rostros ameo recitaba invocaciones contra los chins que silbaban y rugían a su nazadores y odiosos, casi imperceptibles en medio de aquel caos alrededor. de arena, tendiendo sus brazos ágiles e infinitamente largos como si Apenas entró el camello en el pasadizo cuando cayó sobre él el estuviesen espiando a sus víctimas para ahogarlas y llevárselas a beréber como caen los buitres sobre las palomas por ellos perse- la desconocida mansión del cruel Haití, dueño del desierto y de guidas. En un instante se vio el indígena arrebatado de la silla y aquellos extraños seres que surgían de los remolinos y de los tor- con unas manos de hierro en torno a su garganta. Rodaron por la bellinos de arena. arena los dos hombres; pero el guía se levantó en seguida y, apoAlaridos, estrépitos, gritos estridentes, largos silbidos, toda una yando la punta de su puñal en el pecho del prisionero, le preguntó: batahola incansable enardecía a los viajeros y empavorecía a. sus- ¿Se ha. escapado el mercader sirio Basilis? caballos, que temblaban, relinchaban temerosamente, se encabrita- -No, no- -contestó Azis, pues éste era el hombre que tenía en ban, pero obedecían en cuanto los jinetes les clavaban las espuelas sus manos el terrible Fagit. obligándoles a seguir adelante y a sumirse en la amarillenta obscuY deseando captarse la benevolencia de su agresor empezó aquél ridad de las violentas oleadas de arena. a declamar con voz trémula cuanto sabía. -Ko, no. Sergio Basilis no se ha escapado. Está allí, en aquel Pronto aumentó la obscuridad y se hizo de noche, cuyo negro manto no cesaba de hacer remolinos en el aire; pero los rugidos edificio grande que tiene al lado una tienda, con el anciano del viento y el silbido que producía la arena parecían más amena- Axius, dos sirios sanos y uno herido, noble sidi, grato a Alá que... -Y las mujeres raptadas, ¿están con él? -preguntó Fagit, corzadores, más lúgubres. Por fin hallaron los viajeros un terreno más duro y un grupo de palmeras destrozadas por el huracán, y tando el torrente de sus palabras. echaron pie a tierra. Luchando continuamente con la arena que los Están allí; todas están allí- -dijo Azis, que apenas podía hacr. bría se sentaron, envueltos en sus albornoces y dominados por el blar por lo mucho que le oprimían la garganta los sarmentosos temor y por ideas tristes. Los caballos, con la cabeza pegada al dedos del guía- Todas las muchachas raptadas por Basilis y la suelo, volvían grupas contra el viento y permanecían inmóviles, montafwsa que arrebató al caíd principal del Atlas, y... como petrificados. Se continuará. ¡Volvió a ser amarillenta la obscuridad, y los expedicionarios 1 SI
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