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D O V E L A POR FERmUAMD SSE SOOWSICI i- -y. Y l a muchacha estudiosa que estaba trabajando y de l a cual se apoderaron dos canallas en el collado de E l Ghilali? ¿E s t á también? -L a señorita blanca y sabia está sana y salva; pero Basilis la ha encarcelado, como a las demás cautivas- -declaró el buscador de tesoros escondiendo cuanto podía el rostro en los vuelos del a l bornoz. Fagit le amordazó rápidamente, le a t ó las manos y, después de ponerle al cuello una correa que había quitado de la brida del camello, le o r d e n ó ¡L l é v a n o s adonde está B a s i l i s! ¿S i g u e n juntos esos malvados? A z i s contestó afirmativamente, bajando l a cabeza. ¡A n d a n d o! -g r u ñ ó el guía, siguiendo a su prisionero. T r a s ellos iban, calladamente, los tres jinetes fusil en mano. E l buscador de tesoros llevó a los agresores a l a puerta de las antiguas termas. ¿E s a q u í? -p r e g u n t ó Fagit. E l prisionero volvió a bajar l a cabeza. E l H a l c ó n del Desierto, el capitán Ramencourt y Nabba S K S aparecieron entre las obscuras ruinas. Fagit t a r d ó un poco y luego entró también en el vestíbulo; pero se volvió un instante para dirigir una mirada al indígena gordo que les había llevado allí. E l desdichado yacía en tierra agitado por fuertes espasmos; su albornoz iba tifiándose en l a parte del pecho de u n color m á s rojo cada vez. A poco se puso rígido su cuerpo y no volvió a moverse. F a g i t se u n i ó a sus compañeros guiado por el rumor de voces humanas. A c e r c á r o n s e los cuatro a una pared ruinosa, al otro lado de l a cual se oían carcajadas. E l H a l c ó n del Desierto dirigió una expresiva mirada a sus acompañantes, y todos escalaron la pared de un salto. A l a vista de los hombres blancos, de Fagit y de Nabba se ofreció el espectáculo con el cual soñaban desde hacía mucho tiempo. Tumbado en varios almohadones se pavoneaba el bello Sergio Basilis, el malvado, hijo de malvado, el multimillonario dueño de la espléndida Saida. A su lado estaba A x i u s que, moviendo l a barba y haciendo muecas con su cara delgada y maligna, refería algún cuento escabroso. A l ver a sus agresores se quedaron los dos como petrificados y se dejaron atar sin oponer resistencia. ¡O y e tú, h i j o del infierno! -dijo el Halcón del Desierto a Basilis- N o queremos derramar sangre; tu gente v a a ser entregada a las autoridades francesas. L l a m a a los centinelas que has puesto a l a puerta del encierro de las mujeres, y g u á r d a t e mucho de decir una sola palabra, de m á s si no quieres que te estrangule. ¡Anda! Basilis g r i t ó ¡K a l i s! ¡Ñamara ¡Venid a q u í! -Vosotros, Nabba y Fagit, poneos junto a la puerta- -ordenó el H a l c ó n del Desierto. A ú n no habían tenido los sirios tiempo de darse cuenta de lo que ocurría cuando ya estaban en el suelo maniatados y con las rodillas de los agresores oprimiéndoles el pecho. ¡A h o r a vamos a libertarlas! -dijo el jefe de l a expedición. Llegaron a l a puerta, que estaba cubierta con un tapiz grueso. ¡N o deis un paso m á s o disparamos! -les intimaron las voces amenazadoras de las cautivas. ¡Soy yo, el H a l c ó n del Desierto! -exclamó con voz alterada pcsr 2 a emoción el señor del Sahara. ¡E l H a l c ó n del Desierto! ¡E l H a l c ó n del Desierto! -gritaroa unas voces juveniles. sonoras y radiantes de alegría. v x Arrancada por unas manos impacientes cayó l a gruesa cortina. Betty Crawford. y Margaret I r v i n g se lanzaron como proyectiles hacia el Halcón, que era el m á s cercano a l a puerta, se colgaron a su cuello y empezaron abrazarle y hacerle dar, vueltas. L o mismo hicieron después con los demás que habían ido a salvarlas, sin excluir al negro ÍNabba. E l Halcón del Desierto pudo librarse al fin de sus apretones y, entró en la sala. Su mirada se c r u z ó con l a de Irene y se puso encarnado. -Señorita- -dijo, conmovido- me siento feliz por haber podido acudir en auxilio de una compatriota. M e llamo R o m á n Z a w i s z a pero l a gente me conoce con el nombre de H a l c ó n del Desierto. Dicho esto tomó una mano de l a muchacha y, haciendo una profunda reverencia, se l besó. E r a aquella l a primera vez, desde- hacía mucho tiempo, que besaba la mano de una mujer. A ú n dijo unas cuantas palabras que se perdieron entre el general tumulto. Todos hablaban. Georgina charlaba gozosamente con su primo el capitán Ramencourt, y las demás muchachas, rodeando al H a l c ó n del Desierto, le abrumaban a fuerza de manifestaciones de agradecimiento y de preguntas. Irene, trémula de emoción, saludó a Fagit, a quien ya acompañaba Mosul, algo intranquilo, que, atraído por el vocerío de las cautivas, había salido de la galería subterránea. T a m b i é n l a altiva montañesa se inclinó a los pies d e l j e f e a quien manifestó su agradecimiento en el florido lenguaje de los susi, prometiéndole, en nombre de su tribu, una amistad leal hasta la tercera generación. E L H a l c ó n del Desierto aprovechó l a primera oportunidad para hacer una seña a Nabba y salir de l a sala con él. Cuando, poco después, estuvo de regreso, brillaba en sus ojos un fulgor frío y cruel, y tenía los labios apretados. Mosul y- F á g i t se dedicaron a preparar un banquete digno de aquel día tan satisfactorio y alegre. E l Halcón del Desierto y Fagit refirieron todas sus pesquisas y la desaparición del capitán Motylinsky, y el conde de Ramencourt no se cansaba de elogiar al t l a l c ó n del Desierto y al bigotudo D j a n i que acabó con la gente del sirio que h u í a a! mando del cojo L i t i s R o m á n Zawisza elogiaba l a lealtad de Fagit, y Nabba se reía, enseñando su blanca dentadura, radiante de a l e g r a ¡A propósito! -dijo de pronto el capitán: H a y que encerrar a esos bribones para que no se escapen. ¡Y a está eso arreglado! -dijo R o m á n sencillamente. -Y sobre todo, hay que vigilar al malvado Basilis. B a j ó R o m á n los ojos y dijo con voz sorda: -Basilis no vive ya. ¿Cómo? -exclamaron todos a u n tiempo. -H a muerto como su padre, según lo j u r é yo, p a r v e n g a r 3 a vergüenza y la muerte de m i hermana, a quien r a p t ó cuando- yo era todavía un n i ñ o E s una historia triste. N o hablemos a h o a de ello. ¡Que descansen los muertos, tranquilamente en sus sepulturas y disfruten los vivos su felicidad... A s i y todo tuvo que referir su vida de aventuras. L a voz del dueño del Sahara sonó durante mucho tiempo en ía vasta sala, expresando unas veces profunda tristeza, varonilmente disimulada en su noble c o r a z ó n otras el orgullo y l a conciencia de su poderío, y otras la profunda idea que guiaba las acciones del H a l c ó n de! Desierto, del Jwch y del jefe, o el ensueño y l a ternura, esto último, sobre todo, desde su encuentro con Irene. -M i misión en el- desierto ha terminado ya- -dijo, para concluir- Tengo que presentarme ante el Tribunal francés y responder de lo que he hecho durante quince años. N o sé si me comprend e r á n mis jueces, y no me importa. T a m b i é n lo soportaré, a menos que me abandonen mis amigos... a a t 1 (Se continuará.