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NOVELA, POR FERDBNAND (CONTINUACIÓN) OSSENDOWSKl -Yo le defenderé con todas mis fuerzas- -exclamó el capitán Ramenctfurt- Haré todo lo- posible. Llamaré a los mejores abogados... ¡Todas iremos a declarar como testigos! -afirmó Isabel Cortés, con voz exaltada. ¡Todas, sí... -repitieron las demás, conmovidas. -También compareceré yo para decir lo que he sabido por Fagit y lo que he oído en la gruta de Imnetanit- -añadió Irene en voz baja. Cuando explicaron a Fagit y a Nabba de lo que se trataba, declaró calurosamente el negro. ¡Las multitudes de esclavos y de mujeres libertadas y defendidas por nuestro jefe acudirán también al Tribunal, como las caravanas que se dirigen a la Meca, para implorar misericordia para el hombre cuyas palabras eran tan justas como la ley! Fagit, apretando los dientes, con lo cual adquirió su cara un aspecto más feroz todavía, gruñó en son de amenaza: ¡Si los jueces sentencian con severidad al que salvó a la señorita blanca, les cortaré la cabeza sin más explicaciones! Costó mucho trabajo calmar la ira del beréber. E l Halcón del Desierto se acercó a él, tendiéndole la mano. -Yo también- -dijo- -te estoy muy agradecido, mumeno, por tu fidelidad a la señorita blanca, que es de mi mismo país. Ignoro lo que será de mí, khuan; pero no olvides que haré todo lo posible para no separarme de ti. ¡Seremos khuans hasta la muerte, Fagit Bu K r i m! E l beréber se prosternó ante su jefe y murmuró infinitas bendiciones invocando los nombres de Alá. A l terminar alzó sus tristes ojos, murmurando: ¡Jefe y khuan! No quiero abandonar a la señorita blanca, más querida para mí que si fuese hermana mía. Me salvó la vida, y su bondad ha reemplazado para mí á los rayos del sol. Quiero seguirla a todas partes, é iré adonde ella me ordene. -E l Halcón del Desierto miró fijamente a Irene, escuchando, conmovido, las palabras del beréber, y no contestó nada. Todavía duró el simún tres días más, que retrasaron la salida de la caravana. Las circunstancias extraordinarias hacen variar frecuentemente a los hombres. E n ellas se dan muestras de mayor confianza, se aclaran sus ideas, se abren sus corazones más rápidamente a los movimientos del alma y a los sentimientos ajenos, y responden de mejor grado a los llamamientos de la amistad y del amor. ¿Recuerda usted las palabras del valeroso Fagit? -preguntó Román a Irene un día, cogiéndole la mano- Dijo que no quería separarse de usted, aun siendo khuan mío. ¿Cómo vamos a repartírnoslo? Irene le miró con mucha tranquilidad- -rYo no quiero privarme de Fagit- -prosiguió él- lo, cual quiere decir que tendré que acompañarla también, y así tendrá usted dos guías: ¡los mejores del Sahara! Se echó a reír; pero su alegría era fingida, y en seguida bajó la cabeza tristemente. -ijo soy ninguna niña- -contestó ella, mirándole con fijeza- conozco a los hombres y le he comprendido a usted y le he apreciado. Soy dueña de mis actos, y nadie tiene derecho a mezclarse ten mi vida. Me gustaría que fuese usted mi guía al través del Sahara... y al través de la vida, si es eso lo que ha pensado usted... E l Halcón del Desierto levantó la cabeza. Su rostro, severo y altivo, revelaba un júbilo intensísimo. ¡Este es el primer día feliz para mí después tíe. tantos años de vida ruda y peligrosal- murmuró, hondamente comnoyido. Sin exaltación, pero con profundo agradecimiento, hizo una reverencia, y besó con mucho respeto la mano de Irene. ¿Qué tal? ¿No dije que el Halcón del Desierto era un caballero y un enamorado? -dijo en voz alta Betty Crawford palmeteando- ¡Pronto asistiremos a la boda! Rodearon a Irene sus compañeras de cautiverio, que empezaron a abrazarla y felicitarla. Irene, se reía, sin disculparse. Era feliz y estaba orgullosa. E l Halcón del Desierto se fué en busca de Fagit, que estaba limpiando las monturas. ¿Sabes, khuan? -lt dijo- No nos separeramos nunca si la señorita blanca me lleva también con ella como... marido. ¡Oh, Alá grande! -exclamó el beréber tendiendo las manos- ¡Has accedido a las súplicas de este pobre mumeno criado tuyo! Fagit estaba entusiasmado; besaba los hombros y las manos del jefe; luego corrió al lado de Irene y le dijo: ¡Yo dormiré junto a vuestra tienda como un perro fiel y defenderé vuestra felicidad hasta mi último aliento l La- Alá, Ilia Alá, Mahomed Raisul Alá, Alá Akbar Bismilá! L a caravana emprendió la marcha al dia siguiente atravesando el desierto hacia las montañas del Hoggar. Iba delante Nabba enseñando, el camino y seguido por los camellos que llevaban sobre sus lomos a las cautivas de Basilis, escoltadas por el Halcón del Desierto y el conde de Ramencourt. Acompañaban a los prisioneros Fagit B u Krim y el mofletudo Mosul es Kel, que, tranquilo al fin, juró que iría en peregrinación a la Meca para dar gracias a Alá por haberle librado de 4 a suerte del ambicioso y traidor Azis ben Hazel. La caravana llegó- rápidamente l campamento, donde le acogieron, cori una estruendosa ovación los espahíes franceses y los hombres dé a caballo del Halcón del Desierto. Djani daba alaridos de alegría, lanzando gritos tan penetrantes que algunos camellos, asustados, rompieron sus ataduras y promovieron un tumulto en el campamento. Sin embargo, una noticia abrumadora velaba de tristeza la general alegría. Los hombres que salieron en busca del capitán Motylinsky y de Abd Karat regresaron sin encontrar la menor huella del sabio ni de su compañero. -E l capitán se habrá puesto en camino hacia lugares habitados por europeos para dar cuenta del rapto de la señorita Oranowska y pedir socorro- -opinó el conde de Ramencourt. -Puede ser- -asintió eí Halcón del Desierto No hay motivo para suponer otra cosa (i) Además, no tardaremos mucho en saberlo. Mientras tanto, preparemos nuestro viaje. Dentro de dos días saldremos en dirección del fuerte de Polignac, camino de A r g e l E l príncipe Ihrahim y los notables pueden volverse a sus aduares. Y o agradezco a todos. su lealtad y su amistad. Volveré a llamaros cuando llegue la ocasión, mámenos. H? ta entonces. Alá Yaunek! a a CAPITULO X I V i a venganza de l a sacerdotisa de Tanit. Los hados no permitieron al Halcón del Desierto salir tan pronto como él quería del campamento de las montañas del Hoggar. La víspera del día en que habían de emprender la marcha llegó a primera hora de la mañana un jinete que solicitó ver al jefe sin pérdida de tiempo. (1) E l capitán Motylinsky pereció Con su gula víctima del simún, y hasta pasados algunos años no se encontraron en ei desierto sus esqueletos y el Diario del sabio. (Se continuerfi.
 // Cambio Nodo4-Sevilla