Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC. VIERNES e D E NOVIEMBRE D E 1931. EDICIÓN D E A N D A L U C Í A P A G rS Tcxfo nuestro teatro clásico está lleno de esas contradicciones entre l a mirada y e! silencio o la reserva de la mujer. Aquellos poetas que antes de hacerse curas se h a b í a n entregado a la vida sin precauciones conocían muy de cerca a l a mujer para dejarse embaucar por sus simulaciones. Las pintan como son y como lian sido siempre: curiosas, vagamente sensuales, artistas, m á s sensibles que apasionadas, y, por encima de todo, coquetas y tentadoras. E s t á n en su papel, y Dios quiera que no varíen y que, si cambian por arrepentimiento, sea en la vejez. E n nuestra época, la mujer se ha desprendido un poco del pudor, volviendo a ser 10 que fué en la sociedad francesa del si- glo XVIII, cuando una madama D u Deffaud y una madame de Choisseul imponían l a independencia del sexo como norma del amor. Entonces el señorío femenino tomaba l a ofensiva si era preciso, y eso no era mal visto. L a mujer rica y de viso, aburrida en sociedad, buscaba en la aventura un lenitivo al tedio, hasta que las canas la retiraban de la circulación, y, llegada esa hora trágica, se ponía a escribir sus Memorias, lo cual era tanto como volver a v i v i r sus emociones, sin el inconveniente de sentir lo que tuvieron de amargas. Estos comentarios no han venido arbitrariamente a mi pluma. M e los sugiere l a obra de Steve Passeur, Déjense d ajficher, que acabo de ver y aplaudir en el teatro del Gymnase. Permítaseme el decir antes de pasar adelante que yo no siento un gran entusiasmo por el arte unilateral y un poco monótono en sus pinturas y en sus conclusiones de este dramaturgo, que ha reducido la realidad a unos pocos tipos específicos de hombres y de mujeres, siempre los misinos. L a vida es más fértil en temperamentos, caracteres y combinaciones. E l escritor que recae fatalmente en lo que y a descubrió, es porque lo ve todo al t r a v é s de sí mismo, lo cual, siendo en ocasiones inevitable, demuestra su limitación visual y su parva fantasía. Bernstein adolece también un poco de ese defecto, pero se lo hace perdonar por el vigor, casi cínico, de su sinceridad. Presentándonos casi siempre los mismos tipos, a t e n ú a esa monotonía por l a novedad con que los hace intervenir en l a obra, combinando ingeniosamente los hechos y las peripecias. E l teatro de Bernstein no es de caracteres, sino de temperamentos. E n él l a reflexión es menos frecuente que el impulso. Hombres y mujeres se dejan dominar, no por las ideas, sino por los reflejos p r i marios, que parten siempre de la carne. L a onda de sensualidad que los b a ñ a viene precisamente de ahí. E s lo opuesto de Ibsea y. del teatro ruso, que tan g r a n participación conceden a la conciencia, esto es, a l a idea que se ha incorporado a nuestro tesoro experimental. Steve Passeur es, como dramaturgo, menos poderoso que Bernstein, pero le supera en la forma de ciertas observaciones. E n efecto, eso de que los sexos inviertan la táctica en amor es tan frecuente en nuestros días que y a nadie se atreve a llamar descocada a una mujer porque se adelante al hombre en l a declaración. A l autor de Déjense d ajjicher parece preocuparle tanto ese cambio de papeles, que en casi todas sus obras nos presenta a l a mujer dueña de la iniciativa. E l l a ataca, dirige las alternativas del combate e impone el armisticio o la paz cuando se siente satisfecha. L a función masculina, meramente pasiva, consiste en prestarse a ese juego sin enterarse de su personal inferioridad. Renuncio a puntualizar el asunto de la comedia para no fijarme sino en el tema cen- tral. ¿P o r q u é ha pasado l a iniciativa del amor del hombre a la mujer? Un moralista q u e s e dejase guiar por la superficie de la realidad atribuiría ese cambio a l a decadencia del pudor; femenino. A p r e s u r é m o nos a exculpar al bello sexo de ese inmerecido reproche. N i el pudor n i el impudor son responsables de l a nueva posición de los sexos. L a s causas son tan visibles, cpie hay que ser muy torpe para que no nos impresionen. L a mayor libertad de l a mujer se debe a que el hombre la presta de día en día menos atención, y, es claro, como él apenas se mueve, es ella quien debe andar casi toda la distancia. Nosotros, los románticos, procedíamos de otro modo. Como para nosotros la mujer lo era todo- -no me atrevo a decir que sigue siéndolo por no ponerme en r i d í c u l o- -e s t á b a m o s tan pendientes de ella, que no tenía necesidad de moverse para sentir el halago de nuestros homenajes. L a vida social era entonces m á s sosegada que l a presente y ofrecía a l a imaginación un margen de ensueños y de idealismos que una civilización materialista y febril ha suprimido. A h o r a el hombre, embargado por sus ambiciones y anhelante de los placeres del orgullo personal, da poco o nada de su tiempo a l a mujer. L o s deportes, que acallan los apetitos de la carne, y los negocios, que llenan l a fantasía de proyectos, le acaparan y absorben. D o n Juan se ha hecho campeón de balompié, de boxeo, de natación y capitán de industrias. E insensiblemente se ha vuelto casto. He ahí por qué la iniciativa del amor ha pasado a la mujer. Por eso se viste cada vez; menos, se exhibe cada vez más, y pone en sus encantos el. picante del libertinaje. Obedece, sin saberlo, a la ley de la compensación. MANTTEL. BiüiEN. O
 // Cambio Nodo4-Sevilla