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NOVELA. POR FERDINAND SSEMOOWSKS Poco después aparecieron p o r O r i e n t e los primeros hombres de a caballo. Cabalgaban en filas apretadas y llevaban estandartes de muchos colores. U n a música de flautas y tambores, como los que acompañan habitualmente a los sultanes o a los hachs importantes a su regreso de la Meca, iba detrás, precediendo a un magnífico acompañamiento de jinetes con caballos ricamente enjaezados. O n deaban al viento los albornoces negros y blancos y los tugs; b r i llaban los largos cañones de las espingardas con sus incrustaciones de oro y plata, y relucían a l sol las empuñaduras de los yataganes. L o s caballos relinchaban, se agitaban, se encabritaban removiendo las bridas y. los petrales bordados con oró y sedas. Bajo un baldaquín blanco, y rodeado de notables, iba un moro joven, de rostro serio, adornado con unos bigotes finos y una barba muy cuidada. E l Halcón del Desierto, inmóvil a l a entrada de su tienda, adivinó en el acto el motivo de la visita de A b d- e l- K r i m V i o los estandartes del jefe guerrero y del cadí (i) las insignias de diferentes Asociaciones religiosas musulmanas, de los jeques de A r a bia, de Egipto, de Tripolitania y de las montañas del R i f sólo faltaban los estandartes y los tugs de los bereberes notables, de los tuaregs, de los moabitas y de los montañeses del Atlas. -P o r esos hombres es por quienes viene Abd- el- Krim- -pensó Román. Se preparó a luchar, sabiendo que él solo podía estorbar los planes de ciertos madhíes sujetando con mano firme a los nómadas del desierto. P a r a poner de manifiesto su poderío, no sancionado por la ley n i por l a historia, había mandado izar desde muy temprano, junto a su tienda, tres tugs rojos que le enviaron tiempo atrás los marabutos de K u f r a y que estaban adornados con las i n signias de los hachs. Llegó a l cabo A b d- e l- K r i m ante la tienda y se detuvo. A p o yando las manos en la perilla de la silla, dirigió una mirada investigadora al Halcón del Desierto. Cruzáronse durante un buen rato las miradas de ambos jefes. P o r último, habló A b d- e l- K r i m ¿No me saludas, hombre llamado el Halcón del Desierto? -Acostumbro a corresponder a l saludo de los que me visitan -replicó el interpelado, frunciendo el entrecejo. ¡H a b l a s con mucha altanería! -dijo Abd- el- Krim, irguíéndose en su silla. ¡H a b l o como se debe hablar con un hombre que desconoce nuestras costumbres! j N o me dirijo a un criado ignorante y grosero, sino a l propio A b d- e l- K r i m! Estas severas palabras provocaron un tumulto entre los recién llegados. U n o de ellos salió de las filas y blandió su arma sobre el audaz, gritando: ¿A quién te atreves a hablar de esa manera? ¡E l que está delante de t i es el gran A b d- e l- K r i m! EKPo pudo acabar su interpelación el atrevido. Arrancado dé su montura por una fuerza sobrehumana, fué lanzado a gran distancia, en tanto que el Halcón decía con voz sibilante: ¡Nabba! ¡Recoge a ese heddad ben heddad (2) échale del campamento y dale veinticinco azotazos con un látigo de los que usan los camelleros para arrear a sus bestias. A b d- e l- K r i m volvió grupas y d i j o ¡M e voy! -N o- -r e p u s o el Halcón del Desierto con voz seca y amenazadora- T e esperaba como a un huésped a la entrada de mi tienda. M e has ofendido con tu grosería, desconocida en estas tierras; (1) Juez. (2) Locución ara. be injuriosa, que significa herrero, hijo fierren) me han espiado tus hombres, me ha agredido ese jinete. ¡N o puedes irte contra m i voluntad! ¿Quién se atreverá a detenerme? ¡Y o! M i r a a tus espaldas. Volvióse el orgulloso jefe. P o r las dos entradas del valle aparecieron hombres montados, a los cuales mandaban, el príncipe Ibrahim y Djani, dispuestos para la pelea. A b d- e l- K r i m se puso pálido. Poco después se llevó ¡a mano a la frente y al pecho y pronunció el salam. E l Halcón del Desierto correspondió afablemente y dio orden a un targuí para que ayudase a echar pie a tierra a su huésped. Cuando Abd- el- Krim y algunos de sus notables ocuparon los asientos cubiertos de alfombras y de cojines, se les sirvió café, galletas y dátiles, mientras hablaban de temas indiferentes: del tiempo, del reciente simún, del estado de los camellos y ios caballos y de la salud de los hombres, pues las costumbres orientales no permiten que se trate de asuntos serios durante las comidas. ¿Quieres que mande armar tiendas para, t i para los ilustres jeques y para tus valientes soldados? -preguntó a su huésped el Halcón del Desierto. -Gracias, sidi- -contestó A b d- e l- K r i m- V o y a estar aquí muy, poco tiempo. -M e privas del gusto de tenerte en mi compañía. Terminada la comida dijo A b d- e l- K r i m al Halcón del Desierto: -Reúne a tu gente. Deseo hablarles... D i j o Román algunas palabras al príncipe Ibrahim, y a poco, sus jinetes rodeaban por todas partes a Abd- el- Krirri y a los suyos, A b d- e l- K r i m se puso de pie y preguntó: ¿M e tienes miedo, Halcón? -T ú eres quien me lo tiene a m i valeroso sidi- -contestó él en voz baja- puesto que has enviado espías a m i campamento. N o eres un halcón que cae sobre su presa, sino una serpiente que se arrastra temerosa. Ante el grave insulto dio un salto A b d- e l- K r i m y exclamó: ¡Mumenos! ¡O s traigo el saludo y la bendición del gran madhi, piadoso y audad como un león, espada de A l á! E l madki me ha encargado que os repita sus palabras. Oídlas con recogimiento: Cuando llegue el tiempo en que madura el trigo y hayj hierbas nutritivas y frutos suculentos, se sublevarán las tribus montañesas del R i f contra los españoles y los infieles invasores del país de los mv. menos. L a lucha será larga y sangrienta, y el mismo madki estará entre los muchahides. Aunque 10 haya de ocurrir esto 1 hasta dentro de algunos años, es preciso que os preparéis desde ahora. Enviad, por tanto, al R i f armas, pólvora, plomo, provisiones, caballos y dinero, y cuando sea izado el estandarte verde del Profeta elegid un jefe y dad comienzo a la lucha. A s í habló el madhi, el león, y ¡ojalá queden grabadas sus palabras en vuestro cerebro y en vuestro corazón, mumenos! ¡Que Alá os haga muchahides! ¡V i v a el madhi! ¡V i v a la guerra santa! -vociferó un mará buto de la secta de los Aisaus, blanco y flaco como un esqueleto. ¡V i v a el madhi. -gritaban los partidarios de A b d- e l- K r i m Luego habló un profeta, esforzándose por excitar y conmover las almas de sus oyentes, refiriéndoles con rencor los sufrimientos de los musulmanes bajo el dominio de los infieles, y los crímenes y los pecados de 1o s hombres blancos. P a r a acabar, predijo la venganza y- e l triunfo de los. muchahides del madhi. E l orador gritaba, juraba por los noventa y nueve nombres de Alá y por los más graneles ualíes B u Mediaaa, Muley Dris, B u Hassein C h i l a l i se golpeaba el pecho, se arrancaba el cabello v acabó dándose una cuchillada en la cabeza, por donde empezó a chorrear sangre que manchaba su albornoz. (S e cgntitmqrá ae TF WnítriWnTKTimrrT TTT- irr n- n- r- rrr- r- irannn nin- r-
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