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La escena universal. EL TEATRO J A P O N E S ocasión del F e s t i v a l Internacional del Teatro, llevó a los Campos Elíseos de París otra compañía japonesa, la crítica expresó u n desencanto parecido al nuestro de cinco lustros atrás; todo aquello no era sino pantomima. Cuando, en 1930, aún no hace un año, otra compañía nipona actuó en la ciudad condal, su actuación produjo análogos juicios. E l público, al margen del diálogo, sólo recibe una impresión superficial, fantástica, prendida siempre al exotismo de los decorados y a la simple mímica del actor. Otro planeta escénico. E l problema- no es sólo de pura ignorancia idiomática; es de total ausencia espiritual. L a prueba está en que las compañías rusas o judías, aun representado en idiomas ignorados del gran público, ejercen una positiva, inmediata emoción, en tanto que las compañías japonesas apenas legran her i r nuestra sensibilidad. TOKUJIRO SUTZTZUI, EL MAS FAMOSO ACTOR JAPONES, EN UNA DE SUS MEJORES CREACIONES Ancesrralismo. N o ha mucho que el gran periodista nipón K i k o u Yamata daba en Les Nouvelles Litteraires cuenta de las respuestas japonesas a su pregunta ¿H a y actualmente en el Japón una corriente literaria acentuada? -Y o no he encontrado- -añade- -tal corriente. E l Japón no ha expresado su modernidad. Sesenta años de educación nueva, y el cruce de cultura extranjera con la tradición no han creado movimientos comparables al romanticismo o a l naturalismo europeos. S i existe en el pensamiento j a ponés algún movimiento intelectual es el del proletariado, cuyo nombre ha pasado al vocabulario indígena. L a literatura está relegada a segundo plano. P o r lo que toca al Teatro, K i k o u Y a m a ta advierte l a influencia francesa, especialmente la de Jules Romains, cuyo discípulo K i c h i d a figura, con T a n i z a k i J u n i k i y T a rahito K o r i entre los autores más en boga. Pero, en general, en el Teatro japonés y la Novela y la Poesía están sumidos en el sueño de la Tradición. Y hoy, como en tiempos d i l famoso empresario Motobio, tan resonante en el siglo xv, el público nipón- -a s í la aristocracia militar, como la burguesía comerciante, como el proletariado, veteado de socialismo y aun de comunismo- -aplaude con fervor obras como Los capitanes y Yoshitomo, dechados de furores. i m perialistas, cortesanos y clericales; esto es, del alma ancestral. actores, decorado) fué una visión de pantomima. E l total desconocimiento del idioma, j u n to con la mímica interpretativa de los i n térpretes, destacaba un diálogo puramente de gesto y gritos, sin l a menor aportación literaria. A s i sin la. mención verbal, p r i v a dos del matiz que la palabra tan poderosamente sugiere, estábamos en plena pantomima. E r a como una anticipación del cine sonoro: el vasto imperio de las sombras fotográficas, animadas por el vagido hu- mano. Cuando, en 1927, Ferfnian Gemier, con UN ACTOR ATAVIADO UN PAPEL PARA DE REPRESENTAR DAMA E l problema, -consiste en que el alma n i pona nos es ajena enteramente; en que el Teatro japonés pertenece a otro planeta escénico. Dos escritores europeos, tal vez los más documentados en la materia- -Albert M a y bon (Le theátre japonais, París, H e n r i L a u rens, 1925) y Zoé K i n d a i d (Kabuki of the popular Stage Jopan, London, R. M o w a t 1927) luego de estudiar detenidamente los orígenes, el proceso histórico y la situación actual del Teatro nipón, registran el poco éxito de sus compañías en los teatros europeos, contrastando con las acogidas entusiastas que tienen los actores rusos y judíos, también de idiomas ignorados por el gran público e intérpretes también de teatros completamente exóticos. Visión de pantomima. Cuando, en 1902, la compañía japonesa de Sada Yacco dio en el teatro de la Z a r zuela cuatro o cinco funciones, aparte la impresión enorme profunda, que nos produjo la gran trágica- -especialmente en La gheisa y el caballero- todo lo demás (obra, Del escenario al libro. Pero entre el alma del Teatro ruso, y aun del propio Teatro judío, permeable a l través de sus expresiones escénicas, y el alma del Teatro japonés, absolutamente impenetrable al espectador teatral, media un abismo. UNA ACTRIZ E N SU CAMERINO lili i H M H f í lili II n rrnnrtr