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CUENTOS ESPAÑOLES DE HUMOR EL C R I M E N DE U N O F I C I N I S T A año, para mis vacaciones, consulté baroiuclios, UbUs meteorológicas, boletines del Observatorio y predicciones astronómicas, para determinar con exactitud los treinta días e que el sol había de lucir con fuerza mas avasalladora, luminosidad mis espléndida y potencia máxima de torrefacción. Quería escoger aquellos treinta días precisamente para disfrutar en dios mis vacaciones. Pero, al contrario de todo el mundo, yo buscaba que aquellas temperaturas máximas tuvieran tugar, no en la ciudad que iba a abandonar, para huir de ellas, sino en la playa en que iba a veranear, para ir a su encuentro. N o creáis que soy el blanco que tiene el alma twgNi y que añoro los arenales y lo soles africanos. N a Soy sencillamente un oficinista pálido. Soy un oficinista con cara de papel. Tara mi sólo existe el sol los domingos, y esc día ale tanta Rente a tomarlo que apenas si tocamos cada uno a una leve caricia del poder quemante de m u cerilla. Los demás días, mi sol son las bombilla eléctricas de la oficina, o las luces del café, o el resplandor espectral del fine. t LTL A Mis paisajes habituales son un balance, un extracto de cuenta corriente, una carta comercial, un arqueo de caja... Y sin embargo, en mi había nacido una ambición. No se cómo. No me explico cómo. Y o siempre he sido modesto, ordenado y de costumbreN honestas. Hace ya años tuve otra ambición, que no consegui ver nunca realizada: hacerme corbatas de laio. Renuncié a ello v la llevo de nudo, en la seguridad ab- olnta de que nunca aprendería a hacerme con una telita mariposas alrededor del cuello... Aquella fué una época mala, lo reconozco: fui demasiado lejos. Y crci que nunca ma i verían a asaltarme ambiciones desmedir nías. Mas he aquí que. de repente, había n i n d o en mi. avasalladora, palpitante, imperiosa, exigente, aquella ambición nueva: la de tener el rostro tostado. 1 A h yo no sé si es que era la moda; yo no sé sí es que la gente se pintaba; yo no sé si era una epidemia! Pero empezaron a verse por la ralles ciudadanas unos rostros algo asi como de ictericia mezclaos con chocolate que en seguida se captaron mi admiración. Rostros broncíneos, dorados, nef gruzcos, rojizos. L o mismo en las damas que en los rahallern E s cierto que uno envidia, apetece y busca siempre aquello de que carece. Y o comparé en seguida mi rostro pálido con aquellos rostros nuevos que veía. E l mundo se dividió para mi en algo ya conocida por los lectores de Dicfc Navarro: en rostros pálidos y rostros coloreados. Los oficinistas eran todos rostros pálidos. Los felices que no trabajaban eran todos algo así como alegres y superiores indios comanclies. Los niños, cuando juegan, prefieren siempre ser los indios a ser los blancos, como prefieren siempre ser los ladrones a ser los policías. Hntrr los hombres pasa lo mismo... I Tener el rostro tostado ¡D o r a d o! Aparecer m día en la u cina y ser COCBQ la repn tntación de la vida, del aire, del sol, de la salud, entre todo aquello; cadáveres que itcribian a máquina... 1 ¡Suscitar la admiración de las gentes por las calles... ¡Parecer un marino, un alpiniMa, un bandido... Indagué. Pregunté. Ex, el sol de la playa. Era el sol del monte. Era la brisa del mar... Y yo no r
 // Cambio Nodo4-Sevilla