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a Roséndez. Roséndez era el oficinista- tipo, el oficinista más oficinista del mundo, de esos que usan las viseras de celuloide, que la civilización ha traído para uniformar a los oficinistas, en substitución de los manguitos... S i n darme tiempo a respirar, sin aviso previo, Roséndez empezó a hablarme de. la oficina. Fué u n atraco, una estafa, una defraudación... A q u e l rostro pálido, en la playa, parecía un ente de otro planeta. Chocaba, extrañaba, era algo exótico. ¡E r a la oficina en la p l a y a! Y mientras me hablaba, yo pensaba: ¿E s posible, Señor; es posible? ¿Pero de verdad existe aquello, de verdad soy yo también un rostro pálido sin redención? Y Roséndez seguía... E l director le había echado una bronca tremenda a l contable- jefe; en el último balance había un aumento de dos millones de pesetas con siete céntimos en relación con igual época del año anterior; las acciones se cotizaban en a l z a se había recibido un pedido importantísimo; a l cajero le habían faltado tres pesetas en. el último arqueo; se iban a hacer ahora unas nuevas relaciones de clientes, muy interesantes, con muchos datos, números, fechas... Y a mí, poco a poco, se me obscurecía todo... el mar era ya un inmenso tintero de tinta verdosa; el sol, la gran bombilla eléctrica de m i lámpara reversible; la arena de la playa, el aserrín que echaban en los almacenes cuando llovía; las lindas bañistas en maiüots se transformaron en unas cuantas mecanógrafas, que danzaban con la máquina sobre la cabeza, mientras se arrojaban unas a otras cajas de papel carbón, gomas de b o r r a r los bañeros eran los ordenanzas que me traían la correspondencia; la brisa sé me transformó en el aire aceitoso de un ventilador... C o n sus palabras, Roséndez había envenenado el sol, el aire, la brisa, el ambiente. M e dio l a sensación de que yo y a nunca, nunca, podría tostarme... E n t r e el sol y yo estaba y estaría siempre la oficina... Sería inútil cuanto intentara... H a s t a la playa me había perseguido... Entonces estrangulé a Roséndez. Cuando aún respiraba dijo unas palabras. M e incliné para oírlas. D e c í a M u y señores nuestros: Recibimos su atenta del 5 del corriente... E n tonces le puse un pie en l a boca y le maté definitivamente. GABRIEL GREINER tenía en la ciudad n i playa n i monte. Pero tenía sol. U n sol urbano y bien educado que apenas quema. Claro que había que someterse a la acción de sus rayos durante largo tiempo, y yo no podía hacerlo más que los domingos. Entonces fué cuando tuve la idea que creí genial y eficacísima: tomar el sol con lupa. Así, en un día, podría, en jornada intensiva, avanzar mucho en el camino de m i tostamiento. Y un buen domingo me fui a las afueras con una lupa de veinte centímetros de diámetro. M e tumbé en el suelo y entre el sol y m i cara coloqué el cristal bombeado. Resistía hasta que y a no podía más y empezaba m i rostro a echar humo. Entonces corría la lupa hacia otro sitio... Estuve así muchas horas. Cuando me levanté me miré a u n espejo. N o se notaba nada. ¡B a h! -me d i j e- N o se nota en el momento; pero mañana, lunes, será ella... E l lunes tenía toda la cara llena de puntitos rojos. E n l a oficina sospecharon que fueran las viruelas y me ordenaron que fuera a ver al médico... Pero luego fué otra cosa! U n a buena mañana, gracias a mis ahorrillos, me encontré en la playa, en una auténtica playa, cara al sol tremendo de uno de aquellos treinta días escogidos por m í cara a la brisa, cara al mar... M a r brisa, sol; horas enteras en traje de baño, bajo aquella acción conjunta y mancomuna. da... N o había ido a divertirme, n i a engordar, n i a bañarme, n i á descansar... ¡Había ido a tostarme! Y y a lo conseguía. Llevaba ya c i n co días de torrefacción. M i rostro, al principio, se puso rojo y luego se peló por completo. Aquello me desorientó un tanto. P e r o perseveré, sufrí, padecí, sudé, y ya empezaba a recoger el fruto en aquel color dorado que se extendía por la piel nueva de m i nueva cara. ¡Pero u n d í a L o recordaré siempre. Estaba tumbado sobre la arenilla de la playa, mirando al cielo, dejando que el sol continuara la labor comenzada. Cerca de mí, unas muchachas leves, ágiles, bonitas, en unos maiüots espectaculares y cinemáticos, jugaban lanzándose unas a otras un gran balón de colores... Bruscamente oí mi nombre. M e incorporé. Y ahte mí encontré