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CRÓNICA DE PARÍS (Dibujos de Carlos S. de Tejada. EL S TR A o necesito poner los puntos sobre las íes; ya saben ustedes de qué clase de vestido quiero hablar. Desde que el traje- camisa entró en nuestro guardarropa, no ha vuelto a salir; ha seguido los impulsos de la moda, se ha modificado, pero sigue siendo el traje- camisa el tatarabuelo del simpático trajecillo de hoy. Los de esta estación son más complicados que sus hermanos del año pasado, conservando la sencillez, que es su mayor encanto. Empezaré por dar a ustedes una idea de su aire en general: los hombros, más an chos y bien modelados; el busto, con. cierta libertad, pero sin la menor incorrección, nada de aparente desnudez ni de descuido; ias costuras, visibles, porque deben dibujar la línea y lo hacen concienzudamente. Tiene primordial importancia que el aire del ves tido sea perfecto. E l busto se adivina, nada de naturalismos de mal tono; el taiie, en su sitio, rodeado por el ciirturón, y las caderas se dibujan vagamente. Si hay grandes Casas que encaraman el talle fuera de su sitio, yo estoy resuelta a no tomarlo en consideraciói. porque deforma la figura de la mujer. Resul- taba encantador en la época de la Emperatriz Josefina, porque los vestidos eran i i gerísimos y amplios; pero con 1 a silueta moderna y los tejidos gordos, la mujer con talle corto no es tolerable. No se asombren ustedes si después de este discursillo yo les aconsejo de manera definitiva que en este terreno entren en lucha con la Naturaleza. Los cinturones de cuero pespunteado son n: -uy anchos este año. Las incrustaciones no son admisibles, reemplazan según la necesidad por largas líneas diagonales entre líneas rectas, en jornia o plegados. E l cuerpo debe recordar la idea dominante en la falda: los mismos pliegues, de igual ancho e idénticos botones. L a austeridad, a mi Juicio, es el principal atractivo de esos trajecitos. Reconozco que todas no están de acuerdo conmigo y que es prev ciso pensar en las que no piensan como yo. A esas personas les aconsejo una vtieltecita de piel alrededor del cuello, y la bufanda anudada con cierta fantasía. E l terciopelo aporta su valeroso concurso; se. ofrece para cubrir solapas armadas o flexibles y largas hasta la cintura; crea una serie interminable de cinturones; el más nuevo se arrolla formando cordón y se ata detrás, haciendo una escarapela, que será postiza, pues, de lo contrario, se ajaría mucho el cinturón. Están indicados los puños de terciopelo; pero yo prefiero la media manga, de terciopelo unida a la otra mitad de tela igual a la del vestido. Para realzar estos adornos de terciopelo advierto a ustedes que se impone perfecta armonía de colorido. SÍ N TRAJE PRINCKSA, 1 H 5 LANA N E GRA; MANGUITO, SOMBRERO Y CUELLO m. ASTRACÁN. M O D E L O MIRANDE