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HALCÓN DEL NOVELA, POR FERDINAND (CONTINUACIÓN) OSSENDOWSKí ¡ñti í ¡Iluá! ¡Hah! (i) -asentía la gente de Abd- el- Krim. Adelántese entonces el Halcón del Desierto y en el acto se pusieron a sus lados Nabba, Fagit, Djani, el principe Ibrahim y numerosos ruaregs. ¿No es extraño- -empezó diciendo el jefe- -que nos traiga esas importantes noticias de los acontecimientos que se preparan en Kufra y en el Rif un sidi como éste, sospechoso más que otra cosa, puesto que ni siquiera conoce las buenas costumbres musulmanas? Mo glorifica a Alá cuando saluda, no se presenta como mensajero leal, sino como enemigo; habla en nombre de un madhi desconocido en todo el Sahara y exhorta a actitudes que producirán derramamiento de sangre de mumenos, devastaciones de bleds y aduares, aniquilamiento de rebaños y de campos fértiles. Mirad nada más, mumenos, a esos soldados de Abd- el- Krim; ved sus fusiles y sus lanzas. ¿Creéis que podrán luchar contra las ametralladoras y los cañones de los europeos, contra ejércitos regulares ele franceses y españoles y contra máquinas más veloces que las aves que más rápidamente vuelen? ¡Mirad! E l motor del automóvil del capitán rugió en aquel momento con un estrépito terrible, levantando nubes de polvo y lanzando torbellinos de humo blanco. Aterrados los caballos de los indígenas, mordían y se encabritaban y, por último, rompiendo sus bridas, huían hacia las montañas. Todo había sido previsto y preparado por el Halcón del Desierto. ¿Qué diríais si vierais a esas máquinas, vomitando fuego y balas? Os lo repito, hombres del desierto. No es con amenazas, sino con el saber, la discreción y la justicia como lograréis la in dependencia, el respeto, el reconocimiento de vuestros derechos por los demás pueblos. L a guerra destinará a las tribus ignorantes y pobres del Sahara, y no quedará uno solo para proclamar su derecho a la libertad. Os lo he dicho muchas veces, y los que habéis escuchado mis palabras vivís con tranquilidad y bienestar. Vuestros hijos, que han bebido en las fuentes del saber, están ya de regreso a vuestro lado y luchan contra las enfermedades de los hombres y de los animales. Otros os enseñarán a convertir las rocas y el polvo en terreno fértil, a buscar agua fresca en el Tanezruft, a explorar las áridas montañas para hallar en ellas hierro, cobre y plomo, y a cambiar por la vida dichosa de los ricos el infortunio de los pobres. Así será si seguís el camino tan felizmente trazado! ¡Hak, hak! -confirmaron los jinetes del Halcón del Desierto. ¡No hace falta hablar tanto de eso! -exclamó Djani, furioso- Da una orden nada más, jefe, y daremos una buena paliza a esta canalla, que te creerá en seguida. Pero Abd- el- Krim no se desanimó y prosiguió su arenga. ¡Mumenos! ¡Las palabras de este hombre son como la arena que el viento lanza a los ojos! No os dice el momento en que llegará esa felicidad que os promete. ¡Mientras tanto los hombres se pudren en las cárceles o mueren fusilados o ahorcados! Tenemos que conquistar nuestra independencia, pues tal es la voluntad del Profeta y de su apóstol el madhi. E l Halcón del Desierto quiere hacerme pasar por un individuo sospechoso... Pues bien, leed este documento del Consejo de notables de Kufra y de Murzuk, confirmado por los sellos de los ilustres y venerables marabutos sidi Ahmed es Alam, sidi Bessiva ben Hach Yebel, sidi Solimán Hafid Bu Dar, de la Meca, de Medina, de Fez, de Estambul... y con la insignia del mismo madhi, que conservan todos los talebs, los alera o mámenos enterados de nuestras crónicas antiguas. Aquellos nombres de grandes, marahuios conocidos en toda el África impresionaron a los presentes, circunstancia que aprovechó Abd- el- Krim para asestar un golpe más a su adversario. -A mi vez pregunto al Halcón del Desierto si es el mismo por quien le tomáis hace tiempo. ¿Es mumeno? ¿Es hach? ¿Puede ser jefe de mumenos? ¿Tiene derecho a tomar la palabra en un Consejo de notables? ¿No sería justo que le matase cualquier mttmeno por sus sacrilegios y sus piensas al templo del Profeta? ¡Contesta, Halcón del Desierto! -Sigue tú, ya que me acusas- -dijo el jefe, cuyo rostro se ensombreció. ¡Acuso al Halcón del Desierto de no ser mumeno, sino nesrani que profesa la religión del profeta Aissa; de que aunque tiene derecho al título de hach por haber ido en peregrinación a la Meca y a Medina, donde sus ojos contemplaron la Caba, la piedra negra del Profeta y su santo sepulcro, no tiene derecho, porque es cristiano, a ser jefe de mumenos ni puede tomar parte en los Consejos de fieles notables. Como nesrani ha ofendido a nuestros templos al introducirse, en los santuarios más escondidos de nuestra fe, y, con arreglo a la ley, cualquier hombre fiel a la doctrina del Islam puede y debe matar al blasfemo. ¡No creáis, mumenos, que doy a vuestro jefe, sin fundamento, el calificativo de infiel giaur! ¡Juro, por Alá eterno, que os digo la verdad! ¡Halcón del Desierto, si no eres cobarde, enséñanos lo que llevas al pecho debajo de- tu albornoz de mumeno! Hubo unos momentos de silencio abrumador. Todas las miradas se concentraron en el severo rostro del Halcón del Desierto. E l poderoso dueño del Sahara entreabrió su albornoz con ademán tranquilo. Sobre su ancho pecho saliente se vio una cruz grande, de plata, colocada sobre una chapita de oro, triangular, y pendiente de un cordón negro de crin. ¡Vedlo! ¡Una cruz, emblema de los infieles -exclamó Abdel- Krim, dirigiendo a los presentes miradas de triunfo. ¡Muera el giaur blasfemo! -vociferó el magullado profeta con voz chillona- ¡H a deshonrado la Santa Caba, ha mancillado la sepultura del profeta Mahoma! ¡Alá, juez severo, mata a este criminal, aniquílale como a una víbora venenosa, como a una araña dañina! ¡Muera! í Muera! Empuñaron muchas manos sables y yataganes. Aterrorizados los hombres del Halcón del Desierto, bajaron la vista; el príncipe Ibrahim y los notables de Tibbo se separaron del jefe. Únicamente permanecieron a su lado el negro Nabba, descendiente de la familia real de los Malinkis; el leal khuan Fagit y el bigotudo Djani, que estaba furioso como un toro y, como los demás, presentía un motín. De la muchedumbre alborotada salió un rugido sordo; pero el Halcón del Desierto alzó una mano y todo quedó en silencio. ¡Mumenos! -empezó a decir, muy despacio y recalcando las palabras- ¡Abd- el- Krim ha vencido al Halcón del Desierto... Eso, por lo menos, creéis vosotros, hombres de mala voluntad, y vosotros, hombres de poca fe en este instante! Sin embargo, yo, giaur y blasfemo, que he deshonrado los templos de Alá y de M a homa, quiero hablaros como en otro tiempo hablé en la Meca a los discretos marabutos Muléy Abd- es- Selam Ibn Tumert, y en Kufra a los sabios ualíes Masmoud y sidi Hanari ben Yacub, mumenos respetados por todas las tribus. Voy a hablaros como hablé al substituto del jeque de Islam, al Consejero del. Califa, el sirdar Alí Mahomet Igdad cuando este ilustre y santo varón estuvo en Kufra, adonde vino para enterarse del proceso del madhi del Sudán. n m YerásA, XSs conimtaré.
 // Cambio Nodo4-Sevilla