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DEL NOVELA, P O R FERDINAND (CONTINUACIÓN) OSSiNDOWSKL CAPITULO X V V i d a nueva. L caravana del Halcón del Desierto atravesaba el Sahara siguiendo las huellas del automóvil donde iban las muchachas. Nábba, Fagit y Mosul dirigían un destacamento de tuareg- tibbos consagrados en cuerpo y alma al jefe, y que se distinguían por su extraordinaria habilidad para coger, ensillar y cargar los camellos, levantar las tiendas, preparar la comida y encontrar los oasis y los aduares de los nómadas. i L a caravana no caminaba, sin embargo, con suficiente rapidez, por lo cual el conde de Rarnencourt envió al fuerte de Poiignac unos espahíes para anunciar la llegada de los viajeros y pedir que enviaran patrullas en busca del capitán Motylinsky. j Pasaron la primera noche en el oasis de El- Urit, que era pe queño. A la orilla de. un manantial de agua fresca crecían en él algunas datileras y a poca distancia se hallaba la kubba dé un santón desconocido. Constituían todo el aduar tres tiendas grandes de bereberes. Así y todo, aún pudieron comprar, los viajeros un carnero bien cebado y un cesto de dátiles. A l ver el carnero, Mosul chascó la lengua como hombre entendido y se dispuso a enseñar a los tuaregs la manera de prepararlo para que el banquete fuese digno de sultanes. Habló extensamente de pimientos, de hojas de laurel, de almendras, de pasas y de tomates; llamó la atención a sus oyentes acerca de la necesidad de dosificar bien la cantidad de aceite y de vinagre tinto que se debía añadir a la salsa, y los inició, por último, en el supremo arte de sazonar aquel manjar. Los tuaregs le escucharon atentamente y luego degollaron al carnero, le cortaron en pedazos y, después de salarlo un poco, lo. asaron en las brasas. ¡Ya a muy altas horas de la noche, cuando las hogueras lan ¿aban sus últimos resplandores y se habían acostado camellos y caballos en previsión de una jornada larga, el Halcón del Desierto, prudente siempre, salió calladamente de su tienda, dio una vuelta al campamento y se dirigió a la kubba, donde se habían echado, los camellos sobre una colina con escasa hierba. A l ver al centinela targuí dormido, se disponía a despertarle, cuando salió de la kubba repentinamente un bulto, que se precipitó hacia Román puñal en mano. Poco después el agresor yacía en el suelo. E l agredido le quitó el lienzo que cubría su rostro y no pudo contener una exclamación de asombro: ¡Imnetanit! ¿Eres tú quien quería matarme? -Buscaba mi venganza. Los verdes ojos de Tanit me lo han revelado t do. No es a mí a quien quieres, sino a la mujer blanca de E l Ghilali. Para vengarme denuncié tu religión a los rnarabutos de Kufra, y ahora quería matarte. E l Halcón del Desierto permanecía callado. Conocía- perfectamente las almas salvajes y apasionadas de los nómadas... Por último, dijo, bajando tristemente la cabeza: ¡Tanit, 3 a diosa cruel, es quien te ha- inspirado ese mal pensamiento! Yo he sido un hermano para t i os salvé, de la muerte a ti y a tu madre, os oculté donde no pudieran encontraros vuestros enemigos y os di p te de los tesoros que había reunido. ¿Poiqué, pues, quieres herirme con tu puñal, Imnetanit? -Porque no quieres ser mío, y no he de tolerar que seas de. otra- -murmuró con apasionada voz, ¡Pero es que si me matas tampoco seré tuyo! ¡Moriré contigo! ói jo ella fieramente. -Óyeme, Imnetanit Tú eres sacerdotisa de la antigua Tanit y yo soy un hombre blanco un giaur. Nuestros caminos no pueden encontrarse nunca. Vuélvete a tus montañas y renuncia a vengarte. Conserva buen recuerdo de mí como de un amigo, ¡como de un hermano, pobrecita Imnetanit! Aún recuerdo aquella época en que te llevaba en brazos y tú me tirabas del pelo soririéndote, como lo hubieras hecho con un hermano mayor. ¿Será posible que aquella misma Imnetanit quiera matar a su hermano? Siguió hablando mucho tiempo. L a sacerdotisa de la cruel Astarté rompió a llorar dulcemente y le besó las manos. Por útimo subió a un. camello que estaba escondido en la kubba, y todavía le cedió el Halcón del Desierto otro que estaba rumiando ruidosamente por allí cerca. Se marchó Imnetanit. Su puñal, abandonado, brillaba en- la obscuridad. ¡Qué cosa más extraña es el amor! -pensaba (Román: ¡De él al crimen no hay más que un paso! Cuaudo amanecía despertó al jefe un ruido insólito. Salió de la tienda y vio a Mosul qué juraba y maldecía a voces. ¡Me han quitado mi mejor amigo, mi camello! ¿Quién seri el burro que ha estado de guardia esta noche? Hay que ser un leño para no oír a. los ladrones cuando se acercan. ¡Y todavía si el que me. ha robado hubiese venido a pie... Pero el bribón montaba otro camello, estuvo escondido en la kubba y luego corrió... -gritaba Mosul examinando las recientes huellas- Y luego. luego... Callóse de pronto y se quedó estupefacto mirando al suelo. ¿Qué pasó luego, Mosul es Kel? -preguntó el Halcón del Desierto en tono burlón y acercándose al mofletudo protestante. Este callaba. ¡Vamos, hombre, habla! -Que no ha sido un ladrón el que me ha quitado mi camello... Las huellas son de otro hombre... de un gran hombre... -balbució. Mosul. ¿De qué hombre? -insistió el jefe, riéndose. -Son de tus ilustres pasos, que se posaron en el suelo aquí, ¡oh, jefe! -Entonces, ¿he sido yo quien te ha robado el camello? -Sí... no... -mascullaba el pobre hombre tan desconcertado, que empezó a sudar. -Antes de que nos separemos te daré dos camellos y. diea libras de plata como indemnización dé esa pérdida; pero no maldigas al ladrón ni te desesperes- -acabó Román, riéndose. Mosul se quedó aún un buen rato observando las huellas y moviendo la cabeza con asombro. Parecía que comprendiera y no comprendiera al mismo tiempo, Por último escupió y dijo: ¡Dbs camellos y diez libras de plata! ¡je, je! ¿Para qué me he de devanar los sesos haciendo conjeturas? Dos camellos y diez libras de plata son tanto como un cercado en el bled y la esperanza de casarse... ¡Basta ya de vagabundeo! Sin. embargo... aquellos candelabros tan venerables que dejé abandonados en Fides... bien valen la pena de volver... Durante la marcha, los. habitantes de los bleds y los nómadas, de los aduares salían al encuentro del Halcón del Desierto para rendirle homenaje y ofrecerle presentes. Sobre todo 3 as mujeres le saludaban con júbilo y se le enseñaban a sus hijos para que quedase grabada para siempre en la imaginación de éstos la. noble cara del jefe. e (Se. contiiimrá.
 // Cambio Nodo4-Sevilla