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ÜO ELA, POR FERDINAND (CONTINUACIÓN) OSSENDOWSKI Llegaron por fin al fuerte de Polignac, donde tenían que detenerse varios días. E n aquel tiempo funcionó el telégrafo de la posición militar de un modo casi continuo, transmitiendo telegramas y más telegramas a París, Valencia, Roma, Londres, Berlín, Liverpool y Nueva York. Fueron telegrafiados los pormenores del rapto de las muchachas y del heroísmo del Halcón del Desierto; pidieran dinero ellas y solicitaron que fueran enviados a Argel los mejores abogados para que se encargaran de defender a su libertador. E l capitán Ramencourt envió al comandante en jefe de Rabat un informe detallado de su expedición, y a su padre, general influyente en París, un telegrama muy extenso, y E l único que no telegrafió a nadie fué el Halcón del Desierto. -M i padre ha muerto- -decía, para explicarlo- y a mi hermano tal vez no le agrade mucho tener en la familia un halcón como yo... E l señor del Sahara no sospechaba que iban a ser publicados en la Prensa de todo el mundo los telegramas de las muchachas a quienes salvó, ni que los periódicos insertarían artículos extensos acerca de él, repletos a veces de detalles inventados desde el principio al fin por redactores poco escrupulosos, y hasta... con retratos y todo. Se convirtió en el hombre más popular, en el héroe del día en Europa y en América. Varias Sociedades celebraron sesiones especiales para acordar la manera de tributar un homenaje al. hombre que había salvado a sus compatriotas, prisioneras de los bandidos. Entre tanto Romáti inspeccionaba los caballos y los camellos con sus monturas, comprobaba la clase y cantidad de las provisiones y conferenciaba con Nabba y con Fagit acerca de la elección de camino. Por la noche paseaba con Irene, le refería la historia de su vida y escuchaba las confidencias de su prometida y sus proyectos de existencia común. Cada vez se acercaban más. L a culta y seria estudiante no descifraba ya el ignoto alfabeto de las piedras sepulcrales, sino los elementos del alma humana, y hallaba en el carácter salvaje del señor del Sallara los rasgos familiares del carácter polaco. Cada día le quería más. En Ghadamés le esperaba una sorpresa. E l Gobierno francés había puesto a su disposición varios automóviles para llevarlos al oasis de Tuggurt, desde donde continuarían en ferrocarril hasta Argel. Román repartió sus camellos y los de Basilis entre Mosul y los tuaregs, y recompensó regiamente a todos sus hombres. A Djani le dio una cantidad respetable de dinero, que, con la caravana que conquistó a Litis, constituía un capital importante. Djani pensaba ir con su caravana hacia Tripolitania y de allí al puerto italiano más próximo para embarcar con rumbo a Norteamérica, donde tenía parientes. -Pues entonces, en América nos volveremos a ver, míster Djani- -dijo Margaret. -Mucho me gustaría que así fuera, miss Margaret- -contestó galantemente el ex bandido- A menos que aparezca otro Basilis que la rapte para llevarla al altar. Muy pobre idea me harían formar de ellos los caballeros de Nueva York si no lo hicieran así. Pero la aconsejo que no los reciba a tiros, pues eso no estaría bien en una señorita tan bella y tan bien educada. Realizando el viaje en automóvil primero y luego en tren, llegaron a Argel rápidamente. En la estación les esperaba enorme muchedumbre. Cuando saltó al andén el Halcón del Desierto con sus compañeros resonó un estruendo de bravos, de burras y de gritos de satisfacción, y cayó sobre los viajeros un regimiento de pei- ipdistas en solicitud de interviús o enfocando hacia el Halcón del Desierto los aparatos fotográficos. Sonaban los obturadores, caían flores sobre él, se le tendían numerosas manos y le presentaban, álbumes en solicitud de autógrafos. Luego les llegó él turno a los abogados de distintas nacionalidades. Los más impacientes, presintiendo un proceso sensacional, no pudieron contenerse sin pronunciar en la estación discursos muy fogosos. Pero lo que mayor alegría proporcionó a Román fué la presencia de su hermano, empleado muy princi- pal del ministerio de Colonias, que fué con su mujer y su hijo a darle la bienvenida. L a entrevista de los. dos hermanos fué conmovedora. Los parientes de las muchachas salvadas por el Halcón del Desierto le manifestaban su gratitud expresivamente, colmándole de regalos y dándole seguridades de su amistad y de su ayuda. A nuestro héroe le costó muchísimo trabajo encontrar a Irene, a quien rodeaban los profesores de la Universidad, y presentar luego su prometida a su hermano y familia. Las autoridades francesas no quisieron hacer esperar mucho tiempo a Román y acordaron, muy amablemente, que celebrara el Tribunal al día siguiente su primera sesión. L a sala estaba repleta de público. L a falange de abogados se disponía a competir en un torneo de elocuencia solemne, confiando en su triunfo sobre el fiscal, hombre de rostro serio y de severa mirada. Abierta la sesión, presentóse el gobernador general de Argelia, y en nombre del Gobierno expresó al acusado el agradecimiento de Francia, al mismo tiempo que le imponía la cruz de la Legión de Honor. Inmediatamente después los cónsules de diversos países manifestaron que sus Gobiernos habían coneedido condecoraciones al salvador de sus compatriotas y que numerosas Asociaciones habían enviado para él medallas y diplomas. Hasta que hubo pasado. todo esto no se levantó el fiscal, que, en medio del general silencio y con voz en la cual se transparentaba una emoción reprimida, habló así: ¡Acusado Román Zawisza, llamado el Halcón del Desierto! Con verdadera satisfacción obedezco a la voz de mi conciencia y de mi profunda convicción, y declaro que renuncio a acusarle. Es usted, Román Zawisza, un representante de la raza blanca que ha hecho palpable para los hombres de otras razas la feliz influencia de un buen cristiano y de un europeo sobre los pueblos del Islam. Convertido en jefe suyo, supo reprimir sin efusión de sangre los sangrientos manejos de los madMes fanáticos y guió a los nómadas hacia el fin perseguido por Francia: hacia el derecho, la civilización y la libertad de los pueblos. E l público tributó una ovación ruidosa al fi scal y cubrió, de flores al acusado, a quien sacó en hombros triunfalmente. Todos estaban contentos, menos los abogados, que habían perdido una ocasión magnífica para poner de manifiesto su talento. Por la noche se desquitaron en el restaurante de la Pescadería, donde se sirven pescados y langostas suculentos, y el vino Kebri imperial, brillante y dorado como el espléndido cabello de Betty Crawford. L a salida, más próxima para Europa estaba anunciada para den tro de una semana. E l Halcón del Desierto envió a Nabba a su casa. E l descendiente de los reyes negros de Ghana (i) se prosternó y pronunció una larga despedida. (1) Ghana, poderoso, imperio negro, ya extinguido, que comprendía la Guinea, el Sudán, las costas y el golfo de Guinea y otras regiones del África occidental. (Concluirá.
 // Cambio Nodo4-Sevilla