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JNOVELA, P O R FÉRDINAND (CONCLUSIÓN) SSEMO 0 WSKI ¡G r a n hacK y jefe! S i vuelves al desierto Lámame con voz fuerte y dime: ¡T e espero, N a b b a! T u perro fiel te oirá y acud i r á a tu lado. V o y a llevar tu palabra y tu ley a las orillas del N í g e r y a propagarla de recinto en recinto, de bled en bled, de pueblo en pueblo, ¡hasta que todos los negros conozcan y glorifiquen el nombre del H a l c ó n del Desierto, hach y gran jefe justiciero! E n vísperas del embarco de Irene y de sus compañeras dio un banquete espléndido el padre de Margaret Irving, millonario norteamericano. Aquella fué l a oportunidad que esperaban los abogados, que pudieron dar rienda suelta a los torrentes de su elocuencia exaltando las cualidades y el heroísmo del H a l c ó n del Desierto. T a m b i é n éste tuvo que hablar, a petición de todos Con voz tranquila, aunque algo severa, tributó un homenaje a l a intrepidez, la sangre fría y la noble perseverancia de Irene y de las muchachas raptadas por Basilis, y agradeció a todos los concurrentes las pruebas de amistad que le habían dado. No tenían traza de terminar las felicitaciones ni los brindis. 3? or fin todas las muchachas prometieron solemnemente, en medio de la general alegría, que asistirían a la boda de Irene y Román. ¿C u á n d o se casan? -preguntó jovialmente el banquero Cortés dando golpecitos en l a espalda a l Halcón del Desierto. -E l año que viene, amable caballero- -contestó Román- M i novia tiene que examinarse antes del doctorado, y yo también quiero hacer el mío- ¿Usted? ¡S í un doctorado en ciencias de la vida europea! -explicó, riéndose- Hasta ahora he vivido en los aduares, he luchado contra los mercaderes de esclavos, he perseguido a los bandoleros que agreden a los infelices nómadas, he asistido a los hombres y a los animales, he cogido caballos y camellos, he comentado el Corán a m i manera, he discutido con diversos madhíes, marabutos y fingidos profetas, a los cuales he desenmascarado; he frecuentado el trato de mis amigos Jps ulemas y los ualíes y ahora tengo que em pezar por aprender a vestir de. americana, a llevar cuello y cor bata... E n una palabra, a hacer vida nueva. -T a l vez necesite usted dinero, y en este caso me tiene a stí disposición- -intervino el padre de Betty Crawford. -Muchas gracias. Soy rico y tengo lo suficiente para comprar una buena finca aquí, pues nos proponemos seguir viviendo en África. H a y en esta parte del continente un extenso campo para las actividades de los que quieran captarse l a estimación de los indígenas y convertirlos en. khuanes fieles hasta morir. U n hermoso buque blanco se llevó a l día siguiente a l a prometida de R o m á n y a sus nuevos amigos. E l permaneció mucho tiempo a orillas del mar contemplando las olas que se estrellaban furiosamente contra la escollera. E l cielo estaba cubierto de pesadas nubes, por entre las cuales asomaba de vez en cuando la pálida luz de la luna. E n la obscura extensión del mar se destacaban las espumosas crestas de las olas grandes y negras, que rompían con estrépito contra los bloques de cemento del puerto. E r a grandioso el espectáculo de los elementos desencadenados; pero no alarmaba al varonil espíritu de R o m á n Zawisza. Toda su vida había sido tempestad, inquietud, lucha. Y a pesa de ello, llegaba al puerto con la conciencia limpia, sin haber traficado con su honra ni haberse desanimado. ¡Y como no dudó nunca de que había de lograr este fin, empezaba lleno de fe y de esperanza su nueva existencia en l a región m á s desheredada de África, la que poblaban tribus pobres y sin amparo, de las cuales era señor. ¡V e n fiel khuan! -dijo, dirigiéndose al triste Fagit- ¡V e n t Esperaremos juntos el regreso de nuestro sol, de nuestra dama blanca para no separarnos ya nunca de ella. -Tus palabras, hach y jefe, son órdenes para mí- -dijo el guía. Y devotamente se llevó una mano a a frente, a l a k J X J í í ¡gecho. FIN