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las Maravillas. T a n ejemplar y público castigo dio logar a que en adelante en tocias las obras no se omitieran las precauciones debidas para prevenir desgracias que antes eran tan (recuentes. Pocos días después de o c u r r i r el siniestro hablaba con el Rey íra Dionisio de la Cámara, religioso descalzo, sabio y virtuoso confesor de la Reina, y comentando lo acontecido elogiaba la conducta del Soberano dirigiéndole estas palabras: L o s funerales han sido dignos de V u e s tra Majestad. Q u é lastima que hayan muerto Sm confesión I Carlos 111 contestó al f r a i l e N o ac afii: a su paternidad; son dos mártires del trabajo y están en el Cielo II Asistía y o como diputado a ta sesión celebrada por el C o n g r e so el día I. Í de noviembre de igo. v Se discutía el presupuesto del ministerio de la G u e r r a y estaba en el uso de la palabra don Nicolás Salmerón. Y o le escuchaba c o n la atención y el respeto que todas sus oraciones despertaban siempre en la C á m a r a A q u e l gran orador, encarnación v i v a de la elocuencia, severo, a u gusto, verdaderamente majestuoso, hablaba de tal suerte, que l a sota eficacia de su hermosa palab r a imponía tonos de solemnidad a los debates parlamentarios F l timbre sonoro y limpio de su taz, su ademán nobilísimo y austero, su figura respetable, su m i r a d a que parecía abarcar touo los horizontes, y cuyas luminosidades no acierto a describir, unido a lo clásico de su dicción, impecable y segura, tenían cautivo y admirado a l a u d i t o r i a L o s que recuerden aquellos días solemnes, que pasaron acaso para no volver, me harán ta justicia de que no exagero en m i r e l a t a ComDaUa el elocuente tribuno el presupuesto de la G u e r r a y mantenía vigorosamente l a supresión del C l e r o castrense. R a zonaba su tesis afirmando que el, b r tolerante, no era ni podía ser enemito de que los soldados prolesascn la religión c a tólica, pero que para asistir al sanio sacrificio de l a misa y frecuentar lo sacramentos el Estado sostenía el culto, tenia templos y pagaba sacerdotes, eme lo mismo ponían utilizar e l militar que el hombre c i v i l Y cuando desarrollaba esta proposición fué interrumpido por el S r G i l y Robles, diputado carlista, docto catedrático y también orador elocuente, con las siguiente palabras, que proiranció con el calor y ta firmeza que ic prestaban sus convicciones de vici o t r a d i d o n a l i s t a ¿Y no hay auxilio p i r a los moribundos en el campo de batalla? Salmerón, siempre sereno, contestó inmediata, rápidamente, como s ¡la respuesta h u biera sido meditada: D e c í a yo a esc propósito, S r G i l y Robles, que cuando un i n dividuo rinde la vida en el cumplimiento de su deber y a inspiración de un alto sentimiento, como el amor de la Patria, llevn la más alta, la más suprema absolución EL CARDENAL SAXCUA dido aún al- público. T o d o el mundo conocía la enfermedad, pero no la importancia Je ella. S li piesuroso del teatro, llegué a mí casa, cambie de traje y al poco rato me encontraba al lado de mi amigo, a quien hallé profundamente afectado. M e cb jo que el ilustre enfermo se había agravado tan considerablemente, que su estado no daba lugar a esperanza alguna, y que, temiendo de un momento a otro el fallecimiento, deseaba estar rodeado en aquellos instantes de amargura de sus más íntimos amigos. e encontraban allí, que yo recuerde, don M i g u e l V i l l a n u e v a D Leopoldo Cortinas y ct afamado doctor H u e r t a E s t e último e retiró a descansar en las primeras horas de la madrugada. S e r i a n las cuatro, a p r o x i m a damente, cuando l a señora de M e r i n o aquella inolvidable Esperanza Sagasta, tan buena, tan simpática, tan ejemplar, que fué mouelo de esposas, de madres y de bijas, v que estaba apenadísima, porque profesaba a su padre verdadera adoración, rogíí a Cortinas que fuese a casa del marqués de L u b a s donde se hospedaba el cardenal S a n cha, a comunicarle a éste la gravedad del enfermo y la súplica de que fuese sin tardar. A q u e l l a excelente dama, que a todas sus extraordinarias cualidades unía la de ser profundamente religiosa, sentía sin duda inouieto y anhelante su espíritu, aunque l o recató, ante la idea de que muriese su p a dre sin recibir los auxilios espirituales. H a y que advertir que a D Tráxedes y al cardenal Sancha les unía una íntima y cordial amistad. N o había transcurrido una hora seguramente cuando llegó el prelado. N o había y o tenido nunca ocasión de verle de cerca ni de escucharle, pero las breves palabras que le oi en aquellos momento i ue nunca o l vidare, conquistaron mi simpatía y mí respeto de por vida. E r a de poca estatura, menudo, de semblante simpático y atrayente, de mirada viva c inteligentísima y de a f a bilidad y llanera tales, que denunciaban un Cbpíritu distinguido y selecto. Se mostró alarmado en gran manera, porque no ten- a noticia alguna del estado del enfermo, y seguidamente, después de prodigar frases de consuelo a Esperanza, en tono paternal y cariñoso, penetró en la alcoba de Sagasta. Cada uno de los allí presentes sintieron, en la medida de su afecto, verdadero dolor. Y o rjue era et menos antiguo amigo de la casa, declaro que experimenté una gran amargura. A q u e l h o m bre insigne que agonízala, y c u i muerte presentía yo que haia de ser una pérdida irreparable para España, me había h o n rado con atenciones que obligaban mi gratitud, y, sobre todo, conservaba un recuerdo tan i m borrable de las cinco tardes que en el mes de ulio anterior le di conversación para distraerle mientras jiotaha en el estudio del gran M a r i a n o Rcntlíurc. h e r m a no para mí más que amigo, que pensar en su muerte llenaba mis ojos de lagrimas. Bien sabe D i o s ue le lloré con todas las ansias e mi alma. Y se explica que todo el que tratara a Sagasta le uisiese bien, porque, contraston 0 con su talento incomparable, que imponía respeto, poseía una tan misteriosa atracción y u n a simpatía tan irresistible y decisiva, que jamás la encontré en n i n gún h o m b r e Salió el cardenal, transcurrida una media hora, emocionado y triste. B i e n se adivinaba su convencimiento de que la muerte era Irremediable, naulú a Esperanza como hubiera hablado a una hija, invitándola a que adquiriese la evidencia de que perdía a su padre y que había que resignarse ante ia voluntad de Dios. E l l a casi sollozando, le preguntó: Señor cardenal, ha indicado usted a padre tclla siempre le llamaba así) que confiese? Y el respetable purpurado contestó; N a d a le he dicho. H e deducido de mí conversación con él que no j u z g a próximo su fin. y hubiera sido cruel a m a r garle su optimismo. P e r o tranquiliza tu espíritu, que yo tengo fe en l a salvación de su alma, porque ha sufrido mucho d u r a n te su vida Í J a 1 IV L o s tres episodio relatados, tan distantes c u el tiempo v tan distintos por las personas, pero tan idénticos en el fondo, encierran una profunda y consoladora enseñanza. U n Rey, cuya fe religiosa pura y sincera no superó nadie; un eminente filósofo k r a u ista, honrado v au tero, y un esclarecido principe de la Iglesia, doctísimo y de v i r tudes ejemplares, re. meWen con criterio unánime el mismo problema, i N o es verdad que es un fenómeno extraño e Inexplicable ara muchos? Y es que las almas grandes, enteros y las conciencias l i m pias, cuando se elevan y agitan en alturas augustas, que no alcanzan ni comprenden los que viven en el llano, coinciden misteriosamente en esos generosos y humanos impulsos que sólo son capaces de sentir los seres privilegiados que. por voluntad de Dios, nacieron para volar en las regiones serenas y elevadas del pensamiento. E l sectarismo político v la maldita intolerancia doctrinal y religiosa, que tantas conciencias han pertnrhado y tanta nangre han hecho verter, son sistemas igualmente funestos y criminales, lo mismo cuando los impone la espada que cuando se cobijan baio el poder de la tiara, de ta corona o del gorro frigio. NATALIO RIVAS 1: Moreno) (os caracteres III E n l a noche del 4 de enero de 1903 me hallaba yo en el teatro Real y recibí un recado de mi fraternal, queridísimo y llorado amigo Fernando M r n n o rogándome que me per o; -ara tantdUlanKOte en su casa y que fuese dispuesto a p- ar la noche en su compañía. N o me produjo ex tr añera la m i siva, porque y o sabía que Sagasta, su padre político, cataba gravemente enfermo, aunque tan triste noticia no había trasecn-