Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
HONRAS FÚNEBRES TUPIS! EXPUESTO E L CADÁVER HASTA EMPEZADA S U DESCOMPOSICIÓN E N U N A HAMACA Q U E H A D E SERVIRLE D E S U D A R I O R O D E A N L E L A S M U J E R E S Y L O S H I J O S D E L D I F U N T O E N E X T R A Ñ A S POSTURAS Y P R O F I R I E N D O E N T R E G E M I D O S Y A G R I T O S P R E G U N T A S D E S E S P E R A D A S- -Q U E R A Z O N E S L E H A B Í A N I N D U C I D O A A B A N D O N A R L A V I D A C O M O SI P U D I E R A C O N T E S T A R D A D O Q U E L A S S U P I E R A- -Y C A N T A N D O SUS A L A B A N Z A S N E C R O L Ó G I C A S M I E N T R A S L O S H O M B R E S L E C O L O C A B A N A L L A D O D E S D E E L S A G R A D O M A C A R A H A S T A GRATAS O F R E N D A S S I N O L V I D A R E L A G U A Y L A P I P A D E H O J A S SECAS D E P A L M E R A B I E N C A R G A D A D E TABACO PARA Q U E E L A L M A PUDIERA REALIZAR S U TRANSITO A LAS REGIONES BIENAVENTURADAS crustada de piedras de colores, con caprichosos dibujos formados con cascaras de huevo de variado teñido y decorada con largos penachos de plumas brillantes en uno de sus extremos, el que servía de mango, y se llamaba la embagadura. Cuando estaba listo, sus parientes y sus amigos iban a buscarle con gran pompa, y al son de los instrumentos músicos lo llevaban al lugar de la ejecución. Se amontonaban piedras, ante la víctima y se le entregaba otra maza igualmente de madera- hierro, y durante un rato se le con cedía derecho a vengarse del tormento al cual estaba condenado; arrojando piedras a la multitud o sirviéndose de la maza. Podía, pues, retrasar su muerte con su defensa. Y efectivamente, procurando vengarse, el prisionero continuaba sus bravas arengas, invitaba a su tribu a una guerra de exterminio, y, de- pronto, cuando hacía el último esfuerzo para lanzarse sobre el sacrificador, un poderoso tirón de la musaraña o cuerda que le tenía atado le derribaba y un solo golpe de maza de sü verdugo le aplastaba el cráneo. Cumplida su misión, el verdugo se retiraba a su cabana, se despojaba de sus ornamentos y se tendía en su hamaca. L e estaba vedado comparecer en la horrible fiesta que se preparaba. Tenía que pasar muchos días n recogimiento y en ayuno, después de todo lo cual había de adoptar nuevo, nombre y abrirse hondas incisiones en el pecho y en las piernas, no sin grandes sufrimientos y hasta con peligro de su vida propia. Estas muestras de distinción, a cuyo uso tenían también derecho sus hermanos y sus parientes más próximos, indicaban el número de sacrificios por él realizados. Retirado el sacrificador, seis viejas consagradas al oficio de desolladuras acudían, danzando al son de los vasos que debían recoger la sangre de la víctima. Se apoderaban del cadáver... Hago gracia de los demás horribles preparativos del macabro festín. Los miembros de la víctima eran asados en las enormes parrillas de madera que los indios llamaban bucán. E l cerebro era la única porción que se exceptuaba, y la cabeza se entregaba a los chiquillos para que, después de jugar con ella, sirviese de trofeo ante cualquiera de las puertas principales de la aldea. Era tanta la muchedumbre de invitados y tal el ansia de que ÍSUS parientes participasen de aquel manjar, que no tocaban más que a un pellizco de carne para sí y otro para sus familiares. Y con aquella leve porción, se sazonaban durante bastante tiempo los alimentos de una familia. A tal antropofagia no les impulsaba un gusto depravado de preferir aquella carne a otra animal, sino un espíritu de venganza, que se transmitía de generación en generación. Hay m á s algunos tupinambas confesaron a viajeros europeos que su propio estómago repugnaba y á menudo rechazaba aquel alimento. Este odio vengativo llegaba a apagar hasta los sentimientos a los cuales se atribuye más poderosa e irresistible energía: los maternales. Cuando la mujer de un prisionero tenía un hijo, al llegar a la edad de tres años se lo entregaba a sus hermanos, que lo asesinaban con las ceremonias consagradas, y ofrecían a la misma madre su parte en el festín. Las madres, pues, debían devorar a sus hijos, y habrían sido deshonradas a los, ojos de la tribu si se hubieran negado a tan abominable costumbre. Cuando el prisionero era asesinado, su viuda se colocaba cerca del cadáver mientras lo descuartizaban, y tras unas leves muestras de dolor y de lanzar unas cuantas 1. a- grímitas, era la primera que lo cataba, después de asado... No se piense por eso que en su vida familiar su crueldad alcanzase igual grado. Nada de eso. No conocían casi el egoísmo. Ningún jefe habría osado apoderarse de los bienes de un individuo de su tribu. E n las miserias, tan a menudo reriovada, s, de la vida salvaje, el débil nunca era abandonado, y el fuerte se resignaba a sufrir el primero las privaciones. Él propio esclavo era servido antes que el jefe (claro es que nd se puede discernir si por piedad o para que no se retrasara el cebo) Y es proverbial la buena fe con que cumplieron siempre los tupinambas pactos y tratados. Cuidaban sus enfermos mientras tenían esperanzas de sü curación, pero no les abreviaban el fin; al revés que los tapuyas, de quienes ya he dicho que practicaban la eutanasia. Para enterrar sus muertos, abrían una fosa en el- mismo lugar en que habían expirado, doblaban el cadáver y, envuelto, en una hamaca, lo suspendían de ésta en la sepultura mediante dos pies derechos. Junto a la red mortuoria colocaban el arco, las flechas y la maza; del difunto, sin olvidar el Maraca sagrado, y se hacía constantemente fuego para alejar a Anjangá, el genio del mal, cuya presa eran solamente los traidores, los débiles y los cobardes. Hasta que se convencían de que el alma había emprendido el vuelo, le llevaban a diario caza y frutas en una calabaza, agua en án cacharro de barro, y se le colocaba en la manó la pipa de hoja de palmera bien cargada de tabaco. Algunas tribus les llevaban también a sus muertos buenas provisiones de caxún, a emborracharse con el cual tan aficionados eran todos los tupinambas. ENRIQUE G O N Z Á L E Z F I O L
 // Cambio Nodo4-Sevilla