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A B C. S Á B A D O a i D E N O V I E M B R E D E 1931. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. PAG. 34. pública en España. Termina pidiendo la pública confesión de fe y de confianza en los destinos de l a República. E l P R E S I D E N T E pregunta si la Cámara aprueba el fallo propuesto por la Comisión como condena del ex Rey de España D Alfonso de Borbón y Hapsburgo L o rena. L a Cámara responde en una aclamación: i S í! y prorrumpe en aplausos y vivas a la República. L a sesión se levantó a las cuatro menoscinco de l a madrugada. las bajas sensibles. L a Comisión- -anótelo la Historia- -no tiene aspecto terrible. Termina la lectura. U n a pequeña y previa cuestión. D o n Leandro Pita Romero hace aclarar que no quedará prejuzgada la responsabilidad dev su defendido el general D. Federico Berenguer. E l calor aumenta. E n l a lucerna se abre un gajo, por el que el aire ardiente del hemiciclo debe de salir con eficacia bastante para templar la lluviosa noche madrileña y derretir alguna nieve en la sierra vecina. E l conde de Romanones se ha erguido. L a defensa de D Alfonso va a hablar. Silencio. U n a vaga simpatía, difundida por todo el salón. E l conde es un político hacia el que nadie siente rencores. H a y algo en él de chusco, de malicioso, de... no se sabe exactamente qué, que prende a las muchedumbres españolas. Su voz, un poco cascada y chillona, no se reviste de un tono de solemnidad excepcional. E s l a voz de siempre, de tantas otras sesiones... Y es el conde de siempre. A poco de comenzar su discurso, las primeras risas corren por el salón. -Nadie- -dice- -puede ser condenado sin ser oído... ¡Que venga, que venga! -claman muchos diputados con alborozo. -E s verdad que D Alfonso está fuera de España. Pero está fuera de España contra su voluntad. Nuevas risas mariposean. -L e acusáis de haber atraído el Ejército. Recordad el 14 de abril. S i es eso lo que intentó en treita años de reinado, bien puede decirse que no lo ha conseguido... E n los rostros no hay bocas apretadas ni ceños fruncidos. Se escucha a D A l v a r o de Figueroa con una atención jovial que se torna grave cuando lee el telegrama, conminatorio par- a el Rey, que Primo de Rivera envió a Muñoz Cobos desde Barcelona. Los catalanes se encrespan cuando Romanones afirma que al lado del dictador estaha toda Cataluña cuando el golpe de Estado. Pero después de este brevísimo alboroto se oye en silencio cuanto dice acerca de que la opinión era hostil al viejo régimen y no tenía empeño en resucitar las antiguas Cortes, y de que acaso D Alfonso- -que, según el orador, nunca pudo ejercer menos su poder que durante la Dictadura- -no hubiese conseguido, si lo pretendiese, prescindir de P r i mo de Rivera en los primeros tiempos de su imposición, cuando contaba, no sólo con el Ejército, sino con parte del pueblo. Las risas renacen cuando el conde comenta la pena impuesta. Bruscamente, entre estas carcajadas, aparece visible la banalidad de una condena que no ha de cumplirse marica, porque, aunque D Alfonso de Borbón viniese a España, a la República no le convendría nada tenerlo años y años encerrado en una prisión. -Entonces apeláis a una multa- -grita el conde- como en los juicios de faltas de un. Juzgado municipal. Y esto, que es para mí lo más grave de toda la pena... Más risas; risas impregnadas de sencilla malicia burguesa, que quieren decir: -Y a entendemos. ¡Ahí duele... claro está! Como que el dinero es el dinero. ¡Oh, esto no es la Convención; todo va ocurriendo t a i sonriente, tan plácidamente... ¿Qué podremos contar nosotros que sea interesante para l a Historia, ávida de gestos magníficos y de palabras crueles? E n el banco de la Comisión, los dos metros de estatura de D Ángel Galarza se han desenvuelto vsrticalmente. Hubiésemos preferido oír al Sr. Cordero, un trabajador manual. E n el hombre que ha estado frente a un horno encendido hay algo de literatura revolucionaria. Pero, ¿cómo acogerá l a Plistoria que el acusador del ex Rey sea un abogado que se especializó en el cemento de las apacibles y casi domésticas cuestiones municipales? S i n embargo, la Historia habrá de contentarse con los personajes que le servimos, porque no los estamos inventando. L o s pulgares en los bolsillos del chaleco, entre los que una cadenita de oro raya el negro fondo del paño, el Sr. Galarza habla y habla, con su vocalización meticulosa, que a veces parece i r a parodiar l a de ese cómico tan conocido que, para decir decreto o tropezó pronuncia toropezó y dequeretó Muchos diputados abandonan el salón. E l Sr. Galarza evoca todos los hechos conocidos de la. Dictadura, en un tono igual, monótono, sin variaciones. L o s periódicos han vuelto a desplegarse. E n los bancos falta casi la mitad de los diputados. E l orador acude a veces con su pañuelo a recoger la gota de sudor que corre por su frente o por, su pescuezo... L o s lápices de los periodistas se han detenido ya. E n las tribunas hay claros. D o n Ramón del Valle- Inclán, el primer novelista español, se ha dormido serenamente detrás de nosotros. E l Sr. Besteiro ha cedido la presidencia al S r Castrillo... Cuando el Sr. Galarza termina de narrar todos los sucesos reales pasa a examinar lo que hubiese ocurrido si no hubiese ocurrido lo que ha ocurrido... Son las dos de la madrugada. E n este momento lo doy todo: los bienes reales, la persona de D Alfonso y cinco duros que llevo en el bolsillo por no continuar escuchando más. Afortunadamente, el deber de escribir estas notas me autoriza a abandonar la Cámara. ¿Qué ha ocurrido a partir de esa hora? N o lo sé. ¿Habla todavía el S r Galarza? E n el afán de cortar a cualquier precio su inacabable y pesado discurso, ¿habrán pedido los enloquecidos diputados que vuelva el Borbón? Está, perorante aún, ante el despayado Sr. Castrillo, solos los dos en el salón át sesiones? N o lo sé. Siento únicamente el place egoísta del hombre que se pudo salvaCt IV. Fernández Flores, Acotaciones oyente de un Cuando me asomo a la tribuna de la Prensa a las diez y media de la noche v contemplo el hemiciclo aún vacío, sin un solo diputado en los escaños, tengo l a alegría y el orgullo de un hombre que v a a ser espectador de un hecho histórico. Y algo más que espectador: cronista del hecho. N o todos los días se juzga a un Rey. P o r otra parte, casi no quedan Reyes para ser juzgados. Pasado el tiempo- -abrigo esta esperanza vanidosa- -los historiadores pasarán sus ojos por las líneas que yo he de escribir y mis párrafos vivirán todavía cuando mi nombre ya haya sido olvidado. E n las tribunas, en todas las tribunas, se aglomera, se oprime, se amontona un público que participa de este mismo afán de hechos históricos. Todos estos hombres, todas estas mujeres que aguardan, como yo, el momento formidable, han cenado, apresuradamente. Están hasta tal punto próximos los unos a los otros que cada cual puede notar los movimientos peristálticos del estómago de sus vecinos. Esperamos. Y a han dado las once. Casi repentinamente negrean los bancos cubiertos por los diputados. E n su elevada plataforma, el S r Besteiro otea el salón. E l discreto gris de su cabeza es como un poco de humo en la atmósfera cálida, llena ya por el vaho de tantos pulmones. E l abanico de la lucerna está cerrado. ¿Quién podría contar las gotitas de sudor que salen por los poros de tanta gente acumulada en las tribunas? Se oye claramente de pronto la voz del presidente fría y suave, que anuncia: -V a a comenzar el debate del acia de acusación contra D Alfonso de Borbón. ARTÍCULOS D U n secretario juvenil, el S r Vidarle, comienza l a lectura del acta. Viste de negro. Su cara grande y alargada se inclina sobre los pliegos de papel, y muestra todo el compacto pelo cortado en cepillo. Como una mariposa negra, una corbata maniiene las alas abiertas debajo de su mentón. Lee monótonamente. Toses, rumores. Nadie presta atención, porque el acta ha sido ya publiA u t o m ó v i l e s S E V I L I Í A- B A B A J O Z por F R E cada y leída. Muchos diputados han despleG E Í Í A I J B E l S I E R R A Salidas: De Sevigado periódicos y se enfrascan cu el conolla, Adriano, 14, 7 m a ñ a n a De Badajoz, cimiento de noticias, caricaturas y comenArco A g ü e r o 2 1 7 m a ñ a n a T e l é f o n o 25.820. Sevilla. tarios. D e vez en vez corre un largo siseo, y entonces se oye alguna frase del secreE M P R E S A B E AUTOMÓVILES tario: E l extraño discurso de D A l fonso... L a sublevación militar del general Primo de R i v e r a Después, los r u mores triunfan de nuevo. SERVICIO D E VIAJEROS Desde Sevilla a Arahal, Paradas y M a r Casi todos los socialistas tienen un pechena, con salida de Sevilla a las cinco y riódico abierto ante los ojos. E n el banco media de la tarde. azul hay nueve ministros. E n el de la CoBesde Sevilla a Arahal, Puebla de C a misión, entre el paréntesis que abre el sezalla, Osuna, Aguadulce y Estepa, con sañor Cordero- -brava cabeza mosquetera de lida de Sevilla a las cinpo de la tarde y siete de la m a ñ a n a E l coche de la marecios mostachos y gris melena revolucioñ a n a t e n d r á c o n t i n u a c i ó n a Herrera, Puennaria- -y que cierra el Sr. Simó- -hosca y te Genil, Lucena y Cabra. resuelta cabeza, con barbita de pionner norOficina y parada en Sevilla: Cano y Cueteamericano- dos o tres jovencitos, alguto, 4 (Puerta de la Carne) T e n é f o n o 25989. nos hombres de encarnación burguesa y tranquila, el director de Seguridad y tres o cuatro diputados de calva en emparrado, protegida por pelos traídos ora de la orej a izquierda, ora de la derecha, para cubrir Descuentos de 20, SO y 50 sobre los precios fijos marcados. 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