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N U M E R O EXTRAORDINARIO 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMO SÉPTIMO. ABC movibles y se levantan para guardar las hostias que habían de cobijarse en aquél hueco. Esta paloma, casi contemporánea de la que en Monsalvato pudo ver el ingenuo Parsifal, pasó al través de los siglos conservando su integridad corpórea y sin que alas, patas y pico se hayan deteriorado en NUMEROEXTRAOR DIN ARIO 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMO ¡jg. SÉPTIMO. IMPRESIONES DE ARTE ALGUNAS PIEZAS DE ORFEBRERÍA EN EL MUSEO CLUNY E L antiguo hotel de Cluny es el cuadro más apropiado para la exhibición de antiguas obras de arte. Tal vez se encuentren un poco hacinadas y estrechas en las salas y cámaras del Museo; tal vez sea éste no muy abundante en luz y en algunos parajes conviniese ver más claramente los objetos expuestos; pero en la mayoría de los cuartos se armonizan tan a maravilla contenido y continente, que es PALOMA EUCARISTICA D E BRONCE Y ESMALTES a posible si perdiera la sensación artística ac, tual si se cambiaran las condiciones del Museo. En él, como es sabido, enciérrahse maravillas. Allí están las célebres coronas votivas visigóticas de Guarrazar, halladas junto a Toledo y perdidas: para el patrimonio nacional, que no supo adquirirlas, aunque sesrún parece se vendieron en una. suína irrisoria. Allí, también, una espléndida colección de platos hispanoárabes de admirables reflejos, luminosos y calientes; allí los ornamentos y mantos de la desaparecida Orden del Espíritu Santo; allí muebles her incisísimos; las tapicerías del Unicornio; el cuerno de narval, que envió el Sultán Harem el Raschild al Emperador Carlomagno y mil y mil cosas bellas, casi en mayoría interesantes todas. La orfebrería de los siglos pasados guarda allí preciosas i muestras de su saber y su suntuosidad. En vitrinas y escaparates se muestran innumerables objetos de oro, plata, marfil, esmaltes y piedras; copas, cálices, relicarios, brinquillos, alhajas mil, y entre ellas- descuellan algunas que, destacadas entre centenares de otras, serán objeto de este artículo. Con la ingenuidad tosca, que es la esencial característica de las obras románicas, se nos muestra una paloma eucarística, de bronce y esmaltes. E l pájaro litúrgico es un grueso volátil, cuyas patas, rectos y robustos trozos de metal, se incrustan sólidamente en una chapa metálica y circular, ornada de arabescos. El buche de la paloma se infla rotundamente, luciendo las múltiples plumas cinceladas con minucia en el bronce, en tanto que la cabeza, cráneo pequeño, ojos graneles e inexpresivos y pico deforme, avanza un poco sobre el cuello, largo y delgado. Toda esta parte del volátil es tan sólo de bronce, y el metal únicamente ha recibido adorno de esmaltes y riqueza de gemas (hoy ausentes) en las alas y en la cola, que, al igual del dorso, son el transcurso de las centurias destru c toras. Tan sólo las preciosas piedras, que siempre tientan tanto la rapacidad de los hombres, faltan en sus. alvéolos. Dentro del cuerpo de la paloma tampoco se esconden ya las hos ¿r sitias pttrí simas donde Cristo redentor ocultó su divinidad, y después de haber llevado durante tiempos y tiempos la consolación a las almas fervientes, la paloma litúrgica del Museo Cluny está hoy yacía y como sin vida tras los cristales de un escaparate. En un rico sitial ornado de delicadísimas labores góticas, Santa Ana, sostiene contra su pecho lá minúscula urna donde se guarda una reliquia. Al lado de la arqueta, también sujetos en el mismo abrazo, la Virgen María y Jesús Infante se muestran a la devoc ón de! os fieles. La Madre de Dios es como una linda doncella, grácil, menuda, que- alza la mano en un ademán fle. bendición, mientras con la diestra prende un alto, elegante cetro. Una corona; rematada con perlas, ciñe la cabeza de María, de la que fluye, undosamente, la cabellera rizosa. Frente a la Inmaculada, el divino Náño aparece solo, vestido el cuerpo desnudo con una rígida capa de metal, que m al le cubre con sus tiesos pliegues. La cabeza parece copia á natural, pues los rasgos no tienen la impersonalidad de los trabajos de manera, y Jesús es como retrató de algún mortal chiquillo que conociera el orfebre. Santa Ana, en cambio, tiene un rostro inexpresivo y soso, de apariencia monjil y sin substancia. Bajo los pliegues del manto, que se sujeta al cráneo por un grueso clavo, los ojos de la Santa miran indiferentemente, la nariz es pesada y sin gracia, la Sal RELICARIO D E SANTA ANA T