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FERNANDO VII Y EL DOCTOR CASTELLO L reinado de F e r nando V I I de tan triste y abo- rninable recuerdo, es, sin embargo, campo muy f e c u n d o donde recoger e n s e ñanzas que ponen de relieve todas las complejidades del espíritu humano. D e entre los episodios que más han solicitado m i atención durante el minucioso y prolijo estudio que con la más serena imparcialidad he llevado a cabo de la- vida de tan odioso personaje, n i n guno tan aleccionador como el que se relaciona con el afamadísimo doctor Castelló, cumbre de la ciencia médica durante la p r i mera mitad del siglo pasado. Antes de entrar de lleno en el relato de suceso histórico t a n curioso bueno es con- signar con lá posible rapidez cómo el célebre profesor l l e g o a la cima y a l apogeo de su merecido prestigio. Nació D P e d r o Castelló y Ginesta en (a v i l l a de Guisona (de la provincia ele Lérida) el 4 de marzo de 1770. S u padre, que llevaba su mismo nombre, fué modesto c i rujano de la referida población, y su madre, doña Teresa Ginesta, prima carnal del. sabio D A g u s t í n G i nesta, c a t e d r á t i c o i n signe del Colegio de San Fernando, de B a r celona, donde figuraba en primer término, y más tarde del de San C a r l o s de M a d r i d d o n d e también gozó excelente r e p u t a c i ó n S u primera educación, que fué esmeradísima, la recibió en l a antigua U n i v e r s i dad de Cervera. terminándola con gran aprovechamiento. Obedeciendo los dictados de su decidida vocación, que coincidieron con los consejos de su tío, que ya adivinaba en él aptitudes soberanas nara el sacerdocio de la M e d i c i n a emprendió los estudios de C i rugía médica en la Facultad de Barcelona. Desde los primeros días se destacó de modo singular entre sus compañeros, siendo tan prodigiosos sus adelantos que mereció seguidamente la distinción, entonces muy codiciada, de ser nombrado alumno interno. Quiso la fatalidad que cuando con más afán conquistaba premios y aplausos de sus maestros falleció su padre, dejando a su madre viuda y casi sin recursos para hacer frente, no sólo á las primeras necesidades, sino también a los gastos que ocasionaba su carrera. Pero como su v ó r era tan firme como esclarecido su entendi; M E de Alcántara, de guar- nicióñ en el Puerto de Santa María. Esto acontecía el año 1796. Desempeñó el cargo poco tiempo, po v que el doctor Ginesta, que le quería entrañablemente y f u n d a b a en, él esperanzas que ía realidad colmó con exceso, h i z o q u e le n o m b r a s e n en 1799 catedrático substituto del recién f u n d a d o Colegio de. Cirugía de Santiago, y d e s p u é s trasladado con i g u a l cargo al dé Barcelona, que era de mayor categoría. S u i l u s t r e pariente no estaba satisfecho, porque su anhelo c o n s i s t í a en situar al joven Castelló en la Facultad de M a drid, que era el único campo donde podía encontrar desarrollo, espléndido y magnífico un g e n i o que tanto prometía. Y al fin logró su deseo, consiguiendo que le nombrasen para una plaza de cirujano el año de 1801 en la F acul- tad de Medicina de la Real Cámara y para una cátedra en e l C o legio de San Carlos. Sus progresos fueron rápidos, asombrosos, y su clientela creció de modo incomparable. Pero como no hay d i c h a completa, vino la. invasión francesa el 1808, a entorpecer y desviar su car m i n o t a n l l e n o de prosperidadi y de gloria. Enemigo irreconciliable, a pesar de su acendrado liberalismo, del poder extraño que atentaba contra nuestra independencia, desatendió y rechazó los seductores ofrecimientos que le h i c i e r a el general Murat, que, cautivado por su fama, quiso retenerle a su lado. Enojado el mariscal francés por la repulsa comenzó a perseguirle, obligándole a huir a las Baleares disfrazado de sirviente de un gran amigo suyo. S u ca- rácter íntegro, su patriotismo y sus honradas convicciones pesaron más en. su espíritu que las solicitudes de la codicia. Seis años duró su ausencia, que le oca sionó graves perjuicios económicos, porque. como su estancia en Baleares era clandesti- na no pudo allí tampoco dedicarse al ejercicio de la profesión. Llegó el año 1814, y con él el regreso de Fernando V I I qué inmediatamente repuso en sus cargos al famoso doctor, el cual desde el primer día vio restablecida su clientela y elevado su prestigio al mismo nivel de que gozara cuando abandonó M a drid. N o había hecho nunca Castelló ostenta- v 5. -t. i VII FERNANDO miento, afrontó con serenidad y con valor su situación desvalida, y dando lecciones particulares, que multiplicaron extraordinariamente su trabajo, ayudó a los escasos medios de que su madre disponía, terminando brillantemente su empresa y obteniendo el título profesional que tanto ambicionaba, F i j ó su residencia en su pueblo natal, y comenzó a ejercer dentro del limitado círculo que le trazaba una localidad de reducido vecindario y falta de los elementos precisos para ampliar sus conocimientos. S i n biblioteca n i hospitales, hubiera concluido tari preclara talento por esterilizar por completo todas las grapdes condiciones que atesoraba si uno de sus profesores, de digna recordación, el doctor V i d a l y su tío, el gran clínico D Agustín Ginesta, no le h u- biéran conseguido el nombramiento de c i r u jano castrense del regimiento de Caballería 1 ili iiwiw. Tinr