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ción pública de sus ideas políticas, porque vivía absolutamente entregado a su cónsul- ta, a la enseñanza y d estudio; peto todos los que le trataban conocían su manera de pensar, y en Palacio mismo no se: ignoraba que era hombre profundamente liberal. C o m o jamás asistió, ni por mera curiosidad, que hubiera sido explicable en días en que la efervescencia política apasionaba todos los ánimos, a l a Fontana de O r o L a C r u z de Malta, el café L o r e n c m i v el. G r a n de Oriente, donde Alcalá Gahano, con su arrebafadora elocuencia, prevenía al pueblo de las t r a i c i o n e s de Fernando, y. R o m e r o Alpuente con sus arengas sectarias e x c i t a ba al exterminio v a la destrucción, el Rey le toleraba porque no quería privarse de. tener a su servicio al mejor médico de E s paña. ejecutor de acuerdos vergonzosos adoptados en el Congreso de V e r o n a a petición del propio Rey, atrepellaron vilmente nuestra independencia política, implantando por la fuerza el absolutismo y abriendo las puertas de la época más luctuosa, más sangrienta y más cruel que registra nuestra h i s toria. Investido el tirano de los que él llamaba poderes emanados de la divinidad, d i o rienda suelta a sus instintos feroces, satisfaciendo todo linaje de venganzas. L a s delaciones se admitían sin pruebas, y se re- niendo y encarcelando al sabio d o c t o r C a s telló por considerarle enemigo encubierto del régimen absoluto, M a d r i d entero sintió la más profunda indignación ante tamaño ultraje, n o faltando algún amigo íntimo del Rey que se atreviera a insinuarle que l a prisión de hombre tan insigne, que, además, era totalmente inocente, había producido pésimo efecto en toda l a Corte, extensivo a numerosísimas personas allegadas y afectas a Palacio. E l M o n a r c a que n u n ca albergó en su corazón sentimiento alguno de clemencia ni de justicia, no solamente desatendió la p r u dente indicación d e l oficioso cortesano, s i no que fe hizo saber que incurriría en su real desagrado si per sistía en interesarse por el preso. Pero una feliz c a sualidad, que casi pudiera calificarse de hecho providencial, p u so término a la angustiosa situación de Castelló. Fernando V I I que desde hacía bastante tiempo venía sintiendo minada su salud por fuertes ataques de gota, cayó gravemente enfermo el 26 de enero de 1825. Asistido por los médicos de l a Facultad de la Real Cámara, no encontró alivio, a pesar de ser algunos de ellos repu- tadísimos clínicos. L l e gó l a noche del 1. de febrero, y el Rey se hallaba en trance de muerte. L a gota, q u e y a le castigaba cruelmente, tomó el gravísimo carácter de visceral, y los facultativos perdieron toda esperanza de saivar al doliente. L a R e i n a María Josefa A m a l i a que fué modelo de esposas, s i n c e r a m e n t e religiosa, dulce, afable y buena, era presa de la más honda amargura. Rendidamente i m ploraba de los doctores remedios heroicos p a r a salvar al M o n a r c a pero éstos j u z g a D E SU MAJESTAD ban el caso desesperado e irremediable. E n tan grave c o n f l i c t o D Agustín José de Mestre, boticario mavor de S u Majestad y de sus Reales Ejércitos, de tan grata memoria para la F a r m a c i a militar española e íntimo amigo personal de Fernando V I I hasta el extremo de haber inclinado con su influencia cerca del Rey l a voluntad de éste para que nombrase ministro a Calomarde y lo mantuviera nueve años en el Poder, tuvo la inspiración de manifestar a l a Reina que acaso p u diera salvar l a vida del Soberano la intervención del doctor Castelló. Aceptada en el acto la. propuesta, Mestre la hubo de contestar que para que acudiera a Palacio aquél habría jue sacarlo de la cárcel. L a Sobera. na, que vivió siempre entregada a sus devociones piadosas y a sus instintos caritativos y humanitarios, ignoraba cuanto o c u rría en la vida política. P o r eso no había llegado a sus noticias la prisión del célebre D O C T O R E l alzamiento de Riego en las Cabezas de San Juan en 1820 operó en la sociedad española u n c a m b i o radical, que trajo a la vida pública elementos valiosos que durante la reacción habían permanecido en actitud pasiva. U n o de los que con más entusiasmo recibió el nuevo régimen fué Castelló, que, a pesar de no ser elegido diputado, porque sus a f i c i o n e s y gustos no le llevaban a la política- militante, se mostró, sin embargo, partidario de. lá Constitución y alentaba con s u aplauso, y algunas veces h a s t a con su consejo, a M a r tínez de l a Rosa, C a latrava y Arguelles, que en aquellos días personificaban las doctrinas constituc i 011 a les. E l Rey, que estaba perfectamente, i n formado de ello por la turba de serviles que integraban la camarilla, comenzó a odiarlo, y si no hizo nada contra él fué porque no le convenía d a r motivo para que se D. PEDRO CASTEIAO, PRIMER MEDICO CIRUJANO D E CÁMARA conocieran, las i n t r i gas y los perversos (FOTOS MORENO) manejos que durante compensaban dándoles la calidad de s e r v i los tres años que él bautizó como mal llacios a la Patria. L a s cárceles se llenaban mados no cesó de poner en práctica, traide víctimas, y el patíbulo ofrecía diariacionando a las Cortes y a los Gobiernos. mente en toda España espectáculos repugIT nantes. Transcurrió el período constitucional con todo su acompañamiento de perturbaciones y revueltas, pero tranquilamente para C a s telló, que, alejado de aquel torbellino político que tan furiosamente azotaba la vida de M a d r i d no tomaba parte activa en tan ardiente hervidero de pasiones, de intrigas y de deslealtades. S u autoridad científica y profesional había llegado a su mayor apogeo durante el trienio, hasta el punto de que para visitar a su numerosísima clientela y acudir a las consultas para las cuales era demandado a toda hora le faltaba tiempo. Pero, para desgracia de la nación, llegaron los días aciagos de octubre de 1823, y con ellos la derrota del régimen constitucional. Cíen mil soldados franceses, m a n dados por el duque de Angulema, que era L a general persecución alcanzó, lio solamente a los que habían actuado en la vida política como liberales exaltados, sino también a los que románticamente y sin intervenciones directas de ninguna clase habían demostrado su amor a la libertad. Y entre éstos se contaban el doctor C a s telló y la casi totalidad de loa profesores de los Colegios de Cirugía Médica y Real Estudio de Medicina práctica que constituían el Colegio de San Carlos. U n o de los muchos esbirros que ejercían el más despreciable espionaje acusó a aquellos hombres de ciencia como conspiradores, y el i- 3 dé marzo de 1824 fueron destituidos todos por orden del Rey. L a a r b i trariedad no se detuvo en el despojo de las cátedras, sino que llegó hasta el ensañamiento en diciembre del mismo año, dete- NATALIO publicaremos upisuiüo RIVAS el relato EI próximo d o m i n g o de este interesantísimo histórico.
 // Cambio Nodo4-Sevilla