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hacia ella... y arrepentirse... y decidir de nuevo volver camino de hablarla... Y ya los han visto juntos un domingo, con otras; muchachas y muchachos endomingados, paseando por la carretera después de misa. Y más timidez llevaba el mozo que blancura en su camisa, con ser mucha. Eu. a, obediente, como mujer, a los mandatos do la vida- -que esta vez iban de acuerdo con el médico- respondía, sonreía... y levantaba el optimismo. Nada con el ventanuco del gallinero. E n el portalón había un viejo sofá de paja, debajo de las colgadas escopetas, y allí se sentó en los atardeceres largos y calmosos Julián Cabezota, lejos de la luz mortecina donde se adormilaba la médica; pero al lado de Remedios, que llevó a media voz, y a golpes y atrancos, todo aquel sosísimo noviazgo que acabó en boda de rumbo. La tierra notó, la fecha, y casi estuvo a punto de quejarse, porque Pepe Luis hincaba el rejo con ira, sabiendo Ja fiesta que en Navazarzal del Rey se estaba desarrollando. También el médico de Juansancho asistió al enlace de la hija de su compañero, muy puesto de alfiler de corbata, que era una hermosa, herradura. Y en un momento en que se quedó a solas con la novia, y sin más intención que un blanco elogio, la dijo: -Remedios: veo que tienes tina virtud de la que debes sentirte orgullosa: la de hacer buenos trabajadores a ios hombres. ASlá, en mi pueblo, hay un muchacho qué dicen que por ti, y sólo por ti, se agarró a las faenas del campo, y con qué ímpetu, chica. Y de tu Julián se dice que tiene una ambición, pero ambición sana, que se ha visto en pocos mozos de su edad. ¡Que sea en- rabuena, muchacha; que sea enhorabuena... Remedios bajó los ojos sonriendo, v, ya apartada del médico aquel, los fuá levantando en un envanecimiento casi feliz, en un alba de sí misma; pero no por la virtud del trabajo, sino por el orgullo de que an 1 duviera en bocas de qué modo se habían enamorado de ella. dos muchachos. Pasaron, dos años, y si ésto fuerá cuento acaso tocara a su fin con cierta irónica metamorfosis que en Pepe Luis verificaron las pasiones. Mientras Remedios, en la sala de baldosines azules y blancos, huyendo un poco de la suegra, que estaba en el comedor, recibía a sü íntima amiga, y ambas hablaban de cómo los dos hombres trabajaban por ella con tantas ansias, de manera que erí dos años habían conseguido, con modernos procedimientos de labor y de empréstitos, abarcar fanegas y fanegas de sus respectivos pueblos, hasta que se tocaban los surcos; mientras Remedios sentía en su alma el placer- -sin amor, pero con novelería- -de que Pepe Luis quisiera demostrarla, sin palabras, que él también la hubiera llegado a hacer feliz, y Julián la hacia reina de su pueblo, con muchos codos sobre cualquiera otra... Mientras ella. en fin, se miraba al espejo y sonreía, Pepe Luis tenía. un cuaderno y un lápiz, que le enteraba, ya. con pasión de avaricia, de cómo crecía su capital, y había cambiado sus preocupaciones de amor por esta de que Julián- -Julián, el rico, ya no el marido- por esta de que Ju ián pudiera tener más tierras que él... Y a sería esto bastante para Una historia de humor. Y más al ir comprendiendo- -el lector, sí; pero, la esposa, -no- -que Julián Cubcsola, que se llenaba de celos al princi- p iq cuando veía, a Pene Luis correr las carreteras en un automovilucho de pueblo, ahora sentía celos y más ira por las yuntas del enemigo que por el enemigo mismo: celos de avaricia... Entre tanto, Remedios, colocada frente á í espejo para verse feliz con lo que la con- taran, escuchaba de labios de su íntima amiga: -Pero, chica, es que parece como cosa de dos príncipes que tuvieran sus castillos, y por una princesa se lanzaran a conquistar tierras y vasallos; ¿no. te parece? Remedios miraba a otro lado, sonreía sin hablar, y; en aquella hora de siesta cerraba el abanico y con él se daba golpecitos en la páhna de la otra mano... Una noche tardaba Julián, aunque no para preocuparse, y su madre y su esposa le esperaban devanando madejas; la vieja era la que tocaba el organillo y la esposa ia que bailaba la jota lenta. De pronto llegó el rico. A la puerta se sacudió las bocas del pantalón, por quitarlas el polvo del verano. Venía preocupado... y parecía contento, y, sentado a la mesa, acarició el cuello de Remedios. Luego hizo leves gestos de soliloquio. Se interesó su mujer: ¿Qué te pasa? -Estoy satisfecho. Creo que ahora vamos a resolver un problema que nos estaba ha- ciendo mucha falta. ¿A quién? -preguntó la madre, a la que chocaba aquel plural que Julián no solía usar. Y él, sin contestar, aunque satisfacía la interrogación, siguió: -Entre Pepe Luis, el de Juansancho, y yo, vamos a levantar un molino eléctrico moderno, que se Va a quedar con toda. la región... Un negocio limpio y estupendo... Siguió la cena, Y otra vez la misma pregunta, pero ahora, inversamente: del marido a la mujer: ¿Qué te pasa? -No lo sé... Nada... Pero que no tengo apetito esta noche... A los pocos momentos el espejo inclinado de la sala azul. y- blanca la vio llorar... Lloraba en un desmayo de muñeco dé goma, pinchado para siempre... E l pañuelo la taponaba los nerviosos gemidos. ANTONIORUOBLES (Dibujos de Esplandiu.
 // Cambio Nodo4-Sevilla