Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
CUENTOS DEHUMOR AMORES DE PUEBLO a su padre metldito en un puna Hijo I único, escurriendo sin picardía- -que e i peor- -d trabajar, y poniendo en peligro los últimos miles de pesetas de la malograda fortuna que venia dando tumbos, de negocio en negocio y de fracaso en fracaso, por loa descendientes de no sabemos que acaudalado bisabuelo. -Pero, hijo mío, hijo mío- -decía con pena el buen padre- ¡es posib que tampoco pienses hacer nada este curso... -No, p a p á si pienso trabajar... Pero como no se todavía qué libros piden para esas oposiciones del Catastro... Entonces el padre meneaba la cabera tristemente y sentía un escaJofrio agobiaior desde su testa, canosa como una piel de conejo, hasta las arrugas de abajo de sus pantalones vencidos. Pero Pepe Luis cog- a su bicicleta, se echaba la visera al cogote, se afianzaba en un pedal, caminaba unos metros a impulsos del otro pie como para una patinete, y luego, curvada su espina dorsal, recorría los siete kilómetros de Castilla que unían N a Fuente; carretera monótona, derechita, derechita, sin m i s amenidad que la de que unos surcos iban hacia alia y otro hacia acá, y su perspectiva, con la marcha de la bicicleta, los hacía girar como radios de una inmensa rueda. ¿A que iba Pepe Luis a Navazarzal del Rey... A ver a Remedios Caños, la hija del medico; sefiorita con señorito; es lo suya A la espalda de la casa del Sr. Canos habla una ven u n oca del gallinero. Cerca, por laa callejas, un carro con las varas hincadas en el suelo, gallinas pintas, tapias viejas, una tulipa verde para la borab lia callejera, y alguna yunta de muías que volvía del trabajo, envolviendo la fina emoción cotidiana en el violeta del atardecer. A la ventanuca, la señorita y el señorito. vaz- i- xAl de Rey con JWBWUlAo d? la T IDO hemos de decirlo. Pepe Luis tenia y m i s alia la bicicleta, indinada la rueda de alante como de hocico a ta tapia. L a señorita y el señorito; es lo suyo. S i no fuera que e señor médico supo pron to las interioridades del pajaro que se ponía la visera atrás cuando se lanzaba a cosquillear las carreteras, y una noche, comiendo judias colorada -no lo olvidarla d í a porque, ademas, era plato que no la gustaba apenas- dijo a Remedios: -Tus padres no deben quitarte tus caprichos, en lo que ello sea factible por nuestros posibles; pero tienen la obligación ineludible de mirar por tu porvenir. Y a seque andas jugando con ese mequetrefe de Juan sancho. Pero esas relaciones cesan ahora mismo, hasta que el tal niño te presente una vida futura aceptable. Y nada mis. Remedios se puso muy colorada al principio de la plática, porque en el tono de voz adivinó inmediatamente adonde iban a parar. Pero luego se confio, y rompió a llorar para ver de ablandar y mover las almas. -Ea lo mismo Me apena verte llorar, pero es lo mismo- -exclamó el médico- Tus padres tienen una obligación primordiallsima: mirar hacia tu por ven r. Por tanto, desde este instante se acabó ese noviazgo. Y yo me encargaré de arrancarlo de una oieja, si e! ciclista ése se vuelve a acercar a la ventana del gallinero. ¿H a s oído... ¿l i a s oído... -Sí... -dijo ella, entre congoja -Pues basta. L a cena siguió en el silencio de todos y en los gemidos a sorbo de Remedios. Y ct señorito se volvió una tarde en su bici a Juansancbo. sin mirar al paisaje, sin mirar la ruta; como si la bicicleta por sí sola, ya se hubiera aprendido el camino. Y pasó, pasó que Pepe Luis, corno en los cuentos de moral, dijo una mañana de sol a su padre. n el banco de piedra de la puerta de su casa: -Oye una cosa, p a p á Cómprame esas tierras que venden los herederos del tío t i f a a V s j j y cómprame la yunta de Juan, el de Casas u, que, al no te parece mal. voy a dedicarme a la labranza. t Tuuúf -Y o y a Digo, sí es que tu eres gustoso en dio... El padre se rascó la piel de conejo de su testa, miró al chico, y le pareció oportuno contestar, en momento tan trascendente, con alto tono de sentencia. Y fué y d i j o -L a tierra es buena madre, si la trabaja un buen hijo. S i no, adiós tierra, yuntas, dinero, honra... y la vida de los padres que te dieron el ser. Que eso de la tierra e como todas las cosas: que a la constancia y buena voluntad entregan su virtud y tu tesoro... N o supo sacar más jugo a su castellana lengua; pero consiguió que el hijo contestara como un muchacho nuevo: -P a p á reconozco lo graves y profundas que son tus palabras; pero lo be pensado mucho, y con base y fundamenta Y allá va Pepe Luis montado en una muía, aún con su traje de sastrería, pero sin chaqueta ya, y con la mirada, sin querer, atraída por la torre lejana, que no es la de su bautizo, pero si la de sus esperanzas de matrimonio. Castilla inmensa; pueblecitos salteados, con su torre en medio: plaga total de nxrcos; filas de chopos en las riberas lejanas... Pepe L u n va por Castilla en una nrula, y otra mansa le completa la yunta. ¿Q u é sabe de Remedios? Nada, o apenas ruda. No sabe de ella más que lo que él sueña para el porvenir. Pero entre tanto... entre tanto, Julián Cabc- a descendiente de lus ricos Cabriola s de Nava zarzal del Rey, abre también los surcos, y en la timidez de su pueblerinl smo se va forjando su matrimonio con la hija del tenor médico. Surcos y surcos, que parecen doblarse en sus extremos por culpa del titubeo de i r a