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Comisión de armeros de Eibar, a Madrid. La industriosa y muy ejemplar ciudad de Eibar pasa en estos momentos por una crítica situación de agobio. La última disposición del Gobierno acerca de las armas la ha puesto en esa situación. Pero los eibarreses, celosos defensores de su industria, han comenzado a actuar, y una comisión acaba de salir para Madrid, donde recabará del Gobierno que se suspenda la aplicación de la nueva ley. Al frente de los comisionados figura el alcalde, D. Alejandro Tellería. (Fotos Ojanguren. MED 1 TACIO POLÍTICAS ¿Quién es el asesino? ES E l v i l asesinato de dos sacerdotes, con todo género de agravantes legales y morales, causa de general indignación y sacudimiento de la conciencia nacional tan violento que sus repercusiones lian llegado hasta lo m á s alto, no es, por desgracia, suceso aislado en estos tiempos. S i en su ejecución se ha llegado a un grado de bestialidad inconcebible, acércansele otros muchos atentados, cuyo relato a diario nos ofende, y a ú n le superan en. maldad refinada no pocos. Y débense a la irritación producida, m á s a ú n que a la indignación causada, las bascas de asco que por doquiera ha levantado. Dejar pasar a dos hombres indefensos que a desconocidos saludan con toda coriesia; aprovechar para la impunidad la noche que les encubre; volverse rápidamente, cuando nadie podía sorprender el gesto c r i minal; disparar por la espalda sobre víctimas que ningún daño han causado y huir a seguida cobardemente, encierra tanta bajeza, degradación tanta, que al echar mano para calificar el suceso de dicterios tomados de la animalidad, vacilamos en hacerlo, por temor a rebajar a ias bestias. P r o duce vértigo asomarse tan sólo a ese abismo de repugnante perversión. Los autores del hecho- -cuando esto se escribe- -no han sido habidos. Tampoco lo fueron los de otros repetidamente calificados de vandálicos y que actuaron, a diferencia de los anteriores, a plena luz. T a m poco lo han sido- -salvo excepción contada- -los de la serie que se desgrana a diario e las columnas de los periódicos. Todo n ello es, ciertamente, lamentable; pero no es ¡o que m á s pueda interesar al nombre político. L o s que, presa de excitación morbosa, asesinaron a los dos pobres sacerdotes, que ningún daño les habían hecho y ni habían encendido siquiera su codicia; los que con la frialdad y la desgana del que recibe una merced por ejecutar labor que no les place incendiaron conventos y destruyeron obra s artísticas sin par; los que, como posesos, aquí y allí, abaten a quienes no han sido enemigos suyos n i pueden beneficiarles materialmente con su muerte, no proceden- -dicho sea en honor de la H u manidad- -como seres racionales, aun malvados, sino como dementes a quienes se ha sugerido la idea perversa. H a y en efecto, demasiada generalidad en la actuación c r i minal para que no obedezca a un centro motor. H a y demasiada armonía en lo discordante para que no exista- -no se sabe dónde- -un director de orquesta. ¿Q u i é n es ese director de orquesta- -claro está que colectivo, porque tanta maldad no cabe en un solo corazón humano- cuyo propósito es anegar a España en un mar asqueroso de pus y de sangre? ¿Quién es, por lo tanto, el verdadero autor de los crímenes que a diario nos estremecen con escalofríos de indignación? ¿Q u i é n es, en definitiva, el asesino? Todo lo demás se empequeñece ante esta pregunta. Porque si. como se columbra, los que clan muestras de su bestialidad no la desatan por sí mismos, sino por acción ajena, no son- -sin disminuir en un ápice su responsabilidad criminal- -más que brazes ejecutores de designios que otros forjan. Y mientras a los últimos no se sorprenda con las manos en la masa, poco se conseguirá, no digo en el adecentamiento de E s paña, sino en su mera habitabilidad. X claro que no está reservada a los simples ciudadanos obra de tan vasta envergadura. A nosotros nos tocará colaborar, prestar auxilios, informar a las autoridades en los aspectos que nos conciernan; pero a éstas compete íntegramente frustrar maquinaciones y castigar inducciones. Cosa bastante más importante que los cabildeos políticos, las componendas urdidas para sostener artificiales situaciones j las murmuraciones de los mentideros políticos, que tanto abundan, en daño de la verdadera acción política. Pero en la nuestra, tan limitada, ¿no hay nada que pueda ser indicación segura para los gobernantes? H a y algo, en efecto. L o malo es que eso que nosotros podemos proporcionarles está ya a su alcance y no constituye novedad. Con- abrir los ojos han de vislumbrarlo necesariamente. ¿N o lo han percibido todavía, distraída su atención por acaso en otros menesteres, aunque merlos importantes m á s acuciaderes? Pues la acción cívica está con ello perfectamente i n dicada. L o s ciudadanos venimos obligados a atraer la atención gubernamental, si otros sucesos la hubiesen embargado, a lo que la realidad social apunta a todas horas. Y a esa obligación obedece el presente articulo. Con una persistencia hasta ahora desconocida, y con pretexto de fines políticos, se ha empeñado una ardiente campaña de descrédito contra los ciudadanos que lleven l a veste eclesiástica. Son inútiles cuantos esfuerzos en pro del servicio público hayan prodigado; cuantos actos de abnegación realizaran; cuantos trabajos en favor de la cultura patria ostenten con gloria. U n a ola de cieno mancha lo mas limpio, lo más glorioso, lo m á s sagrado. Y en la campaña no se prescinde de n i n g ú n medio. L a palabra, la escritura, el dibujo, concurren a porfía a denigrar cuanto tenga carácter religioso. N o i- -n- -tT
 // Cambio Nodo4-Sevilla