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Informaciones y reportajes. ueño puerto de ¡o s paralifesulo temporales, Los L a magnífica industria vizcaína se muere a chorros. Toda la dársena de A x p e aparece llena de barcos amarrados, de barcos fantasmas, con un solo guarda y un solo perro a bordo. Los tranvías del aire de las minas de hierro, ofrecen sus pentagramas y sus baldes de mineral- -sus corcheas activas y alegres de los buenos tiempos- -en la inmovilidad y en el silencio. L a hierba parece que se ha echado a crecer, bien verde, por todas partes: entre las vías de los muelles, sobre los depósitos de tierra roja, en los mismos senderos de las fábricas. Bilbao se clarifica por falta de penachos miiriles del Arsenal, sin trabajo. pecialista en Accidentes del trabajo -y en el bronce accesorio del monumento a don Víctor Cliavarri. L o s bilbaínos han apaleado los millones de una manera tan relativa, que hay bilbaínos que no. han visto nunca un billete de cien pesetas. N i todos ellos han nacido con sed de trabajo, por fortuna; en Bilbao ha habido siempre magníficos arlotes cara al sol o a la lluvia, para quienes la vida no ha sido otra cosa que una siesta vertical en el más dinámico de los casos, y de Bilbao salió a l a circulación esta sentencia admirable: Q u i e n ama el trabajo, perecerá en él. N i un pueblo de virtudes excepcionales ni de defectos extraordinarios: un pueblo, sencillamente. Y más que un pueblo, una ría. Esos 14 kilómetros de Nervión- -la alcantarilla navegable, que dijo M a u r a- con sus buques de todas las naciones, con sus astilleros, con sus Altos Hornos, con sus remolcadores, y también con sus pintorescas tascas de puerto, sus chipichandles sus gabarreros y el recuerdo de los barcos más famosos en la historia de sus muelles: el Luchanita, el Rhenania, el Caruso, el Donata... U n pueblo que arrancaba su mineral de hierro y hacía lingote, y planchas, y hojalata, y locomotoras, y vagones, y tubos, y raíles. Que mandaba su flota a traficar por el mundo. Que ganaba dinero y lo perdía. Que tenía una cocina honrada y el gusto por el orfeón y por el buen rioja. Trabajaba, usaba gabardina, cantaba mucho, no salía de noche, sabía un poco de fútbol y otro poco de Bolsa, y era feliz. de humo. Se hace silencioso, porque ha cesado el estrépito. P o r las calles, pobres que piden para comer, lo que no se veía nunca. Y obreros desorientados. Todo el azul proletario sin rumbo. Bilbao no era l a vorágine que algunos han dicho y que muchos han creído. Se ha exagerado el ruido infernal de sus talleres y la atmósfera densa y- negra de su febril actividad. L o s obreros de boina y barba, con su potente torso desnudo, su mandil de cuero y sus grandes tenazas, se han visto exclusivamente en los lienzos de Cutanda- -el es- Mus mucllé s vacíos.
 // Cambio Nodo4-Sevilla